«Así es como se escribe y como hay que escribir en la Iglesia»

(Antonio Aradillas, en Religión Digital). Por lo de la forma impersonal del verbo, su adverbialidad y hasta por su misma fonética, personalmente no soy partidario del uso de los «gerundios», definidos en los diccionarios «por lo que se debe llevar a cabo» o «está en proyecto».

Esto no obstante, y como título del nuevo libro de la Editorial SAN PABLO –Decir haciendo. Crónicas de periferias, firmado por Pepa Torres Pérez–, el gerundio me parece adecuado, aun echando de menos que el de La teología del grito también les hubiera resultado a muchos más provocador, convincente, ascético y atractivo. Dado que «sobre los gustos, con inclusión de los bibliográficos, está de más cualquier discusión», tengo prisas en relatar que las 312 páginas del texto reclaman atenta, provechosa y comprometida lectura.

«Pepa Torres habla con una voz propia y franca del día a día en su madrileño barrio de Lavapiés y de todos los “Lavapieses” que en el mundo son y han sido, y nos cuenta el sufrimiento de los migrantes, de los manteros, de las mujeres… en una sociedad –la española en este caso–, que no es tan inclusiva, ni tan justa como nos gusta creer. Una lectura que anima a unirse a un grito global que clame por la equidad, la libertad y la justicia».

Sí. Así es como se escribe y como hay que escribir en la Iglesia. Tal y como lo hace esta «religiosa apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, que vive en Lavapiés, un mundo donde caben muchos mundos». «Teóloga, educadora social y militante de muchas causas vinculadas a las luchas de las mujeres y a los movimientos sociales», es tarjeta de presentación de la autora del libro que reseño.

Escribir «desde» y «de» la periferia, es escribir en cristiano. Es decir, con el evangelio en la mano. Desde el pueblo, y no solo para el pueblo, sino para quienes ni pertenecen a él –clérigos, obispos y laicos–, ni por ahora tienen en sus programas de ascesis, de mística y pastorales, encarnarse en el mismo. Sus crónicas se las dedica emocionadamente Pepa, la autora, «a mis abuelas Araminta y Saturnina, mujeres de periferias y resistencia, y por cuyos sueños de libertad y emancipación hoy soy, en parte, lo que soy».

Confío en que, con el tiempo, y dado que el listado de teólogas –religiosas o seglares– ya comienza a ser tan activo como competente en la Iglesia, empresas editoriales, y aún las «oficiales» eclesiásticas, les encarguen a estas autoras la temática, redacción y presentación de libros de piedad, de educación religiosa, devocionarios, hojas parroquias, canciones y hasta les echen una mano, o las dos, a los obispos para los temas y la redacción de sus Cartas Pastorales.

A los manuales de educación cristiana, además de Sagrada Escritura, –y sobre todo, evangelio–, les faltan crónicas vividas por cristianos, o no, pero no clericales, con testimonios encarnados en las periferias, con referencias a las mujeres, tan teólogas o más que los de toda la vida profesoral o académica en los seminarios diocesanos o en las facultades universitarias eclesiásticas.

El conocimiento de los textos bíblicos que manifiesta tener la nieta de Araminta y de Saturnina, y su aplicación a los problemas tanto personales como colectivos, de la ciudadanía y de la Iglesia «en salida “franciscana”», es ciertamente ejemplar y constructiva.

Con cuanto se relaciona con el trato –maltrato– del que la mujer en general es sujeto y objeto en las periferias, es obligatorio tomar conciencia, con la lectura y relectura del libro, haciéndolo además de rodillas. «La violencia contra las mujeres es un grito ante el que, como Iglesia, no podemos quedarnos impasibles, porque hacerlo es entrar en complicidad con ella». «Despatriarcalizar» el lenguaje y las imágenes de Dios, sería el primer paso que debería dar la Iglesia contra la violencia de género.

Antonio Aradillas

Religión Digital (27 de enero de 2018).