Camino hacia la interiorización

(Ildefonso Murillo, en Diálogo Filosófico). La cultura cambia y, con ella, el lenguaje. El autor de Coaching espiritual parte de la constatación de que actualmente estamos sometidos a vertiginosos cambios culturales. Y no escapa de esos cambios la manera como habría que orientar hoy la vida interior o espiritual de las personas. Pondera la importancia de la historia de las palabras en esos cambios. Todas sus reflexiones se dirigen a la sustitución, que él considera deseable y hasta necesaria, de la expresión «dirección espiritual» por la de «coaching espiritual». Organiza los contenidos en una presentación introductoria y en cuatro capítulos.

En la introducción o presentación, hace varias aclaraciones. Prefiere «coaching», para designar la ayuda orientadora a otra persona, porque la palabra «dirección» connota una cultura autoritaria y relaciones asimétricas. Nos dice que el «coaching espiritual» pretende ayudar a identificar y destronar al «contrincante interior» (que se manifiesta en los sentimientos de culpa neurótica, la inseguridad personal y la baja autoestima; sentimientos que bloquean el desarrollo integral de la persona), y a liberar el potencial espiritual y creativo de la persona. Informa que las fuentes en que bebe, para su propuesta, son la Sagrada Escritura, la filosofía de Sócrates (mayéutica), el monacato, los místicos santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, la psicología profunda, humanista y transpersonal (Freud, Jung, Maslow, Rogers, Wilber y Viktor Frankl), la psicología y espiritualidad oriental. Reconoce que el ministerio del coaching espiritual o dirección espiritual es una constante en todas las tradiciones espirituales. Tony de Mello sería una buena referencia de lo que entiende por coach o director espiritual.

Los cuatro capítulos abordan varios presupuestos y aspectos del coaching espiritual. El primero trata de los cambios que constituyen un reto ineludible para las organizaciones y las personas. El segundo se centra en el origen y desarrollo del coaching espiritual. El tercero despliega tres temas relacionados con el concepto de coaching: los diferentes tipos de modelos relacionales, un modelo de desarrollo espiritual y lo referente a la comunicación. Por último, el capítulo cuarto versa sobre el perfil del buen coach, apoyándose principalmente en la doctrina espiritual de santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y el maestro Miguel de Molinos, y el perfil y problemática del coachee. Esas tres palabras inglesas, «coaching», «coach» y «coachee», vienen a sustituir a las tres palabras que se han solido utilizar en la tradición espiritual católica, «dirección», «director» y «dirigido». La razón de tal sustitución parece ser que Cesáreo Amezcua no ha encontrado palabras adecuadas en español para expresar el significado que quiere oponer al de las palabras utilizadas tradicionalmente. Elimina de su vocabulario la palabra «dirección» a fin de liberar la ayuda u orientación espiritual de todo mecanismo que connote control, dominación, manipulación, adoctrinamiento y paternalismo.

Este libro ha sido concebido y desarrollado desde una perspectiva interdisciplinar, de la que no está ausente la reflexión filosófica. Presupone una concepción personalista del hombre abierta a la fe cristiana. Con frecuencia aparecen alusiones a textos de la Biblia (Antiguo Testamento y Nuevo Testamento). En sus páginas se respira un extraordinario optimismo antropológico. Podemos oponernos a lo que nos destruye y acoger o fomentar lo que nos edifica. Nuestro destino está dentro de nosotros mismos. Se nos invita a conocernos mejor a nosotros mismos y a perfeccionarnos.

Recuerdo que la tradición filosófica está llena, en algunos momentos, de orientaciones prácticas para la vida, hasta el punto de que la teoría se limitaba a indicar los mejores caminos hacia una vida buena o feliz. Ahí tenemos, por ejemplo, las filosofías epicúrea y estoica. Al mismo Sócrates, lo que más le interesa es ayudar a sus discípulos a perfeccionarse en la virtud.

Cesáreo Amezcua critica la relación asimétrica en la manera tradicional de concebir la orientación espiritual. ·¿No existe necesariamente una cierta asimetría entre. un entrenador y los atletas a los que entrena, entre el profesor y los alumnos, entre el coacb (el orientador) y el coacbee (el orientado)? Si los ponemos al mismo nivel, peligraría la eficacia de su función. Es lo que sucedería también en el caso de los padres que se consideran simples amigos de sus hijos. En cuanto personas, nadie es más que nadie. Pero algunos son más sabios o experimentados y maduros que otros, ocupan un nivel distinto. En el ámbito de la ciencia, por ejemplo, algunos científicos son más geniales o preparados que otros. Y conviene que los investigadores que se están iniciando reconozcan esa superioridad, que les habilita para ejercer el magisterio. El camino de la sabiduría tiene distintas etapas y los que han llegado a metas más altas pueden orientar a los que aún están en los comienzos o en las primeras etapas.

Algunas expresiones, por tanto, pueden prestarse, quizás, a malentendidos. Asimetría no tiene por qué implicar dominación, manipulación y paternalismo o autoritarismo; es simplemente una condición imprescindible para que la función magisterial u orientadora funcione eficazmente. Ni Sócrates, ni Platón son equiparables a sus discípulos. Entre maestros y discípulos difícilmente puede evitarse que se den relaciones asimétricas. Recordemos el respeto por los ancianos, por su sabiduría, en las sociedades tradicionales. En el entrenamiento, lo mismo que en la docencia y en la educación, conviene que no se igualen los papeles. El entrenador, el educador y el profesor no se identifican con aquellos a los que entrenan, educan o enseñan. De lo contrario, perderían su razón de ser.

¿Colaboración y no dirección? A veces las palabras nos traicionan. Santa Teresa aconseja a sus monjas que prefieran como orientadores a los más «letrados». La ignorancia no suele ser buena consejera. Es posible que la «dirección espiritual», en el sentido tradicional, mientras no se ejerza en sentido manipulador y dominante o controlador, no haya perdido totalmente su razón de ser.

No se interpreten estas observaciones como menosprecio. Encuentro en la invitación a fomentar la interioridad y, por ese procedimiento, buscar el sentido de la vida una llamada a la colaboración de los filósofos. A través de nuestra interioridad podemos remontarnos hasta la interioridad absoluta del Universo. Porque sólo desde nuestra interioridad nos podemos situar en el nivel de la interioridad o Espíritu absoluto: en Dios. El diálogo filosófico bien dirigido por un filósofo que ya ha realizado el viaje hacia esa interioridad puede ponernos en camino hacia la verdad última de la naturaleza, de la que formamos parte y a la que podemos trascender desde nuestra interioridad. Los grandes místicos han sabido realizar ese viaje.

San Agustín invitaba a recorrer ese camino de interiorización, en el que convergen la filosofía, la teología y la mística, con unas palabras iluminadoras del camino y de la meta en la búsqueda del sentido de la vida: «Noli foras ire, in teipsum reddi; in interiore homine hábitat veritas –No vayas fuera, vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad–». Una de las mejores logoterapias, orientadas a la búsqueda del sentido de la vida, puede ser ejercitar una filosofía que nos lleve a trascender el mundo sensible y nuestra interioridad limitada, hasta aventurarnos en el nivel del Espíritu infinito, que nos trasciende absolutamente. Mucho de lo que Cesáreo Amezcua expone sobre el coacbing espiritual puede ser utilizado en el camino hacia esa interiorización, que es el mejor camino para lograr el acceso al sentido de la vida.

Ildefonso Murillo

Diálogo Filosófico (año 33, vol II/17, mayo-agosto de 2017) 301-303.