¿Conviene callar o hablar sobre Dios?

(José Mª Martinez, en Sinite). D. Felicísimo nos presenta en Palabra y silencio de Dios y sobre Dios un tema apasionante en cuatro apartados: los lenguajes de Dios; los silencios de Dios; el lenguaje sobre Dios y el silencio sobre Dios. Un tratado magnífico por su estructura, documentación y porque está escrito desde la fe. Libro para todo creyente que quiera penetrar en el misterio de Dios, en el sentido de su Palabra y de su silencio.

A Dios nadie lo ha oído, todo es metafórico cuando decimos «Palabra de Dios», lenguaje, silencio, etc.

Todo comienza dando aclaraciones sobre el ntisterio y sus significados en el lenguaje especializado y en el ordinario. Los creyentes usamos con frecuencia la palabra misterio para decir que algo sorprende, que establece una asimetría entre el creyente y su interlocutor. No es adivinanza ni enigma, pues éstos van cayendo con el avance de la ciencia: los abonos minerales han reemplazado a las rogativas. «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Ps 8). El ser humano tiene algo de enigma y algo de misterio: interrogantes para la ciencia y ntisterio en su dignidad y vocación trascendente. El secreto mesiánico, los designios de Dios… son misterio, así como el designio salvífico de Dios; permanecen como misterio sin buscar solución. La misma contemplación estética nos abre posibilidades de aproximación al misterio.

¿Cómo hablar de lo inefable e incognoscible? Se entiende el misterio de Dios revelado en Jesucristo, como inaprehensible por la inteligencia humana, así como los artículos del credo cristiano. «Misterio mantenido en secreto durante siglos», «dispensado el misterio escondido desde siglos»… (S. Pablo) y cuyo acercantiento se hace desde la fe del iniciado con sus palabras y silencios. El misterio del mal plantea dramáticos problemas del silencio de Dios y de la palabra sobre Dios, pero es inevitable que haga aparecer el misterio de Dios. El campo de la fe no es la evídencia científica sino la opción existencial ante lo trascendente e indemostrable. La razón invíta a la humildad ante el misterio que supone un  desafío a la fe, la cual crece y se fortalece creyendo (Benedicto XVI). Tomás creyó porque deseaba creer.

La palabra y el silencio tienen sus propias funciones: comunicación, verdad, mentira, y su función se amplía enormemente cuando nos referimos al lenguaje referido a Dios, ya que por él podemos expresar nuestras concepciones del mismo: ideas, imágenes, emociones, experiencias, de nuestra religiosidad. Lenguaje que se escapa a las propuestas de algunos lingüistas, especialmente la de Popper sobre la falsabilidad. No es posible someterlo a la demostración o refutación empíricas. Es un error medir las proposiciones del lenguaje religioso con las del lenguaje científico, pues el religioso tiene un carácter específico: es un lenguaje auto-implicativo que afecta directamente a la vida del creyente; hay que liberarlo del lenguaje científico positivo, cosa necesaria para hablar de «Palabra de Dios» y para la correcta interpretación del lenguaje bíblico: hay que considerarlo dentro de los límites del lenguaje narrativo, evocativo, analógico y místico.

Y junto a la palabra, hay que estudiar el silencio, que puede ser misterio fascinante, tremendo y aterrador, ya que vivimos en un mundo adicto al ruido y al rumor. El silencio precede y sigue a la palabra; lo que requiere promover la cultura y hábito del silencio interior, sin ruidos e interferencias; para ello se requiere entrenamiento y valentía para encontrarnos con nosotros mismos. Hay silencios mudos, otros son de vergüenza, silencios cuando la palabra sobra y silencios de pura comunicación. El silencio es para «vívírme» (Neruda). Todas sus formas pueden ayudarnos a interpretar el silencio de Dios.

Todo lo anterior nos lleva al tema de la Palabra de Dios con la pregunta: ¿Dios habla o se mantiene en silencio? El lenguaje de Dios es muy íntimo y espiritual (SJ de la Cruz). La Escritura invita: «Escucha Israel». Todo lo que se diga sobre Dios es antropomorfismo; proyectamos nuestra experiencia de la palabra y concebimos el lenguaje de Dios como lenguaje humano. A Dios nadie le ha escuchado nunca; el Hijo es quien nos lo ha contado, y si no habla tampoco guarda silencio. Hay muchas cuestiones en torno a las expresiones «Palabra de Dios», «Dios dijo», «Dios me ha dicho»; en realidad la Palabra es más bien el mensaje emitido a través del texto y del lenguaje humano. Es un lenguaje que nos viene siempre por mediadores y mediaciones: el Ángel anuncia, el Profeta, el evangelista, todos utilizarán el lenguaje bíblico, o sea simbólico y alegórico.  Son autores que trascienden el lenguaje de la experiencia ordinaria y llegan a la experiencia mística. Al leer los textos hay que superar el literalismo, colocar el texto en su contexto literario e histórico e interpretarlo teniendo en cuenta la intención del autor. El lector debe dejarse llevar por el Espíritu, para hacer una lectura creyente de la Palabra de Dios.

El NT presenta a Jesús como la Palabra definitiva de Dios, su lenguaje (Jn 1,18). A Dios no lo ha visto nadie; el Hijo único que está en el seno del Padre lo ha contado; el Logos tiene un sentido nuevo: la Palabra se hizo carne… (Mt 17,5). Este es mi Hijo… escuchadle. Jesús es la Palabra de Dios hecha Historia, hecha persona, hecha carne. Cita a SJ de la Cruz. «…Su hijo, una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo dio junto en esta sola palabra. Y no tiene más que hablar». Para comprender la Palabra hay que mirar hacia atrás y ver la tradición que ha conservado el tesoro de la fe; también mirar al presente y al futuro para saber qué dice Dios hoy, aquí y ahora, a través de la Palabra encarnada. Y todo contando con la inspiración del Espíritu Santo. Nadie puede decir «Jesús es el Señor» sino por influjo del Espíritu Santo (1Cor 12,3).

La Escritura nos sirve también para leer los signos de los tiempos, su modo de discernimiento; así el lenguaje de Dios puede ser todo lo que existe: los grandes logros y las pequeñas conquistas en el ámbito de la justicia, la paz, los derechos humanos… todo es revelador, todo es lenguaje de Dios en directo o por contraste. El gran signo de los tiempos son los pobres, el grito de Dios a toda la humanidad, el gran signo evangélico de los tiempos.

Nos adentramos en nuestra propia interioridad: El Señor, Yahvé, me ha abierto el oído; necesitamos un oído agudo y espiritual para escuchar los asuntos de Dios. Es la celda interior; el huerto del alma, lo contrario de lo que procura hoy, pues hay miedo al silencio y la interioridad; en ella es donde conocemos a Dios. Sta. Catalina: «Conóceme a mi dentro de ti». Imprescindible la ayuda del Espíritu, pero también el auxilio de una comunidad que ayude a interpretar los rumores de nuestra interioridad. El Espíritu nos da un instinto espirirual que nos hace expertos en los asuntos de Dios. En el místico hay una ruptura existencial que marca el antes y el después de su vida: la presencia inefable con necesidad de expresarla y comunicarla a los demás. La experiencia mística es un don gratulto que se da en un estado paradójico en la relación con Dios, «a oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada» (SJ de la Cruz); la experiencia es lo sustantivo, los fenómenos extraordinarios son lo adjetivo. Los mensajes de Dios resuenan en la interioridad del alma en el más profundo centro.

El silencio de Dios es un tema que preocupa a creyentes y no creyentes; a veces se percibe como ausencia, lejanía, desinterés, pasividad divina. En los textos bíblicos: silencio de la muerte, el de la música y los cantos, en las relaciones humanas y el silencio de Dios como ausencia. Yahvé, no te estés mudo, despierta (Ps 35). Job grita y no tiene respuesta, Jesús grita en la cruz «¿por qué me has abandonado?». A veces los enemigos se burlan, «¿dónde está tu Dios?» (Ps 42). Ante la calamidad surgen las preguntas sobre el silencio de Dios: tropiezo para la fe de unos; otros se sumergen en el profundo misterio de Dios; la purificación de la fe para otros. A la pregunta sobre el silencio de Dios no hay respuesta lógica satisfactoria para el misterio del mal, sólo cabe el silencio meditativo y respetuoso. En lugar de pedir cuentas a Dios sobre el mal, nos toca a nosotros eliminarlo de modo responsable para hacer un mundo más justo y humano. Silencio no es ausencia o pasividad sino presencia en otra clave, como invitación a luchar contra el mal. ¿Es mutismo de Dios?, no quiere evitarnos pensar, discernir, ejercitar nuestra libertad. La fe se mueve en la «tiniebla luminosa». Abundan las citas bíblicas en las que Dios calla, está lejos, dormido, oculta su rostro, etc. «Llamé al Señor y me escuchó; atento a mi oración; llámame y te responderé… El silencio supone un ejercicio de escucha atenta tanto a Dios como al otro. A Sta. Teresa: «No me das oportunidad a contestar, porque todo lo dices tú». El silencio de Dios nos remite a Jesucristo, quien nos ha dicho ya todo lo que tenía que decirnos. Dios es gratuito y su silencio es un desafío para el creyente; el silencio de Dios es lugar de la fe.

Otro tema es el lenguaje sobre Dios; para comenzar, darle un nombre: Dijo Dios a Moisés: yo soy el que soy. Hoy el lenguaje más claro sobre Dios es el de la acción social de la Iglesia. No se trata de un Dios inefable, inalcanzable, sino cercano, al que Jesús llama Abba. Es el lenguaje humano que expresa conceptos y experiencias para nombrar a Dios. Padre es un antropomorfismo. Un lenguaje que no es verificable ni falsable; es lenguaje evocativo simbólico que abre a la trascendencia. La Teología negativa nos dice qué no es Dios; pero el lenguaje positivo nos dice con lenguaje humano quién es Dios; es un lenguaje analógíco (Sto. Tomás). S. Pablo es claro, no quiso saber sino a Jesucristo y éste crucificado.

¿Conviene callar o hablar sobre Dios? Hay un silencio vacío y otro que surge de la experiencia intensa de Dios: las mujeres callan al ver la piedra del sepulcro removida; y un tercero que es el silencio orante ante Dios, que precede y fecunda la palabra. No podemos librarnos de seguir anunciando; no se trata de callar sino de la Palabra, el anuncio, la predicación del Evangelio. El silencio fundamental llega al final, después de intentar conocer y penetrar el misterio de Dios. Al final (Sto. Tomás) fenecerá todo lenguaje científico, incluida la hermenéutica y sólo quedará la contemplación.

José Mª Martinez

Sinite 177 (enero-abril de 2018) 164-168.