El mal no está en equivocarse, sino en no empezar

(José María Fernández Lucio, en La Civiltà Cattolica Iberoamericana). Rocco d’Ambrosio, sacerdote, es profesor de Filosofía y Ética política en la Pontificia Universidad Gregoriana, en la cual se doctoró en Ciencias sociales en 1995. Da clases de Ética para la Administración pública en la Escuela de Administración de Roma y se distingue por su creciente preocupación por la formación en el compromiso social y político; ha publicado diversas obras sobre estos temas. Ahora nos presenta este libro sobre la reforma eclesial y lógicas institucionales llevada a cabo por el papa Francisco.

Ha pasado un cierto tiempo desde que Jorge Mario Bergoglio fuera elegido obispo de Roma. Desde ese momento han surgido muchas preguntas y, tal vez, la que más se repite es la siguiente: ¿Lo conseguirá Francisco? No cabe duda de que todo pontificado, de ayer y de hoy, siempre se ha encontrado con problemas más o menos graves, pero el momento actual se caracteriza por ciertos problemas que se hacen patentes a todos aquellos que siguen el devenir de la historia eclesial actual.

Como siempre, caben dos posturas: los escépticos, que piensan que a pesar de la buena voluntad del Papa, todo seguirá igual. Y los que piensan de forma positiva y confían en que inspirará a la Iglesia católica universal energías y sabiduría para afrontar los desafíos actuales. Cada uno responde con lo que es, piensa y hace.

En este breve ensayo, dice el autor: «trataré de hacer la pregunta y buscar la respuesta a la luz de cuanto he estudiado y entendido hasta ahora… El escrito que propongo aquí se basa en mis estudios e intenta hacer un análisis institucional de la Iglesia católica en el pontificado de Bergoglio. Cosa ciertamente nada sencilla en sí misma y, sobre todo, limitada, dados los escasos recursos. La dificultad aumenta si se tiene presente que hay poca disponibilidad para investigar y discutir sobre los aspectos antropológicos e institucionales de la comunidad cristiana».

A menudo el mismo Francisco hace referencia a sí mismo para invitarnos a mirar sus gestos y a escuchar sus enseñanzas con mucho más equilibrio, para evitar los fanatismos y mitificaciones dañinos. Lo conseguirá en la medida en que se eviten estos fanatismos y mitificaciones y nos concentremos más sobre aquello que dice y menos sobre aquello que es.

No ha cerrado los ojos ante la corrupción, que la ve como «la tentación de todos los días» en la cual puede caer «un político, un empresario o un prelado». El Papa considera esta corrupción como «quitar algo al pueblo», impide mirar al futuro con esperanza, porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres (MV 19).

Tampoco cierra los ojos ante los escándalos de la pederastia y la pedofilia. Los divorciados vueltos a casar; los documentos reservados de la Santa Sede que circularon durante algún tiempo. Los escándalos son inevitables, los culpables son castigados y la reforma sigue adelante con el apoyo de muchos.

No se trata de estrategias; han de evidenciarse los contenidos maestros que sustentan la reforma y que se expresan en la Evangelii gaudium (221-237), que parece ser, hasta ahora, el programa pastoral de este pontificado. Son estos principios: 1) El tiempo es superior al espacio; 2) La unidad prevalece sobre el conflicto; 3) la realidad es más importante que la idea; 4) el todo es superior a la parte.

La pregunta queda sin respuesta: solo Dios lo sabe. El mal no está en equivocarse, sino en no empezar.

José María Fernández Lucio

La Civiltà Cattolica Iberoamericana 5 (junio de 2017) 112-113.