El potencial de la misión

(Jesús Martínez Gordo, en Vida Nueva). Partiendo de la evangelización como tarea prioritaria de la Iglesia, Juan Pablo García Maestro nos ofrece en La opción misionera renovará la Iglesia una somera evaluación de su estado actual, para recordar luego los núcleos fundamentales de la misma. Cuenta para ello con las recepciones consignadas al respecto en dos de los lugares más clásicos y significativos del quehacer teológico: la Escritura y la Tradición viva de la Iglesia, teniendo una particular referencia al magisterio del Concilio Vaticano II.

La misión evangelizadora, que, desde Jesús, se aloja en el corazón mismo de toda comunidad cristiana y de cualquier seguidor del Nazareno, ha sido presentada, a lo largo de la historia, de muchas –y no siempre complementarias– maneras. En nuestros días ha
cuajado en el “modelo evangelizador” propuesto por el papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium. Explicitado este punto de partida, aunque someramente, el libro se adentra en un análisis pormenorizado de las potencialidades misioneras que anidan en algunas de las mediaciones (organizativas, sacramentales, pastorales y doctrinales) que han venido siendo tradicionales en la vida cristiana.

La parroquia es la primera de ellas. Su estudio está presidido por la firme voluntad de propiciar su tránsito de una fase de “mantenimiento” a otra de “misión”. A la parroquia sucede el análisis (reivindicativo, en algunos momentos) de la capacidad evangelizadora que sigue presentando la religiosidad popular. Arrinconada estos últimos decenios, sobre todo en Europa, se asiste a una sorprendente toma en consideración de la misma no solo por razones de urgencia pastoral, sino también por la centralidad que la misma presenta en la propuesta del papa Francisco: la fe del “pueblo fiel y pobre” es una de las referencias capitales y determinantes en su magisterio, gobierno y modo de proceder, entre otras razones, porque canaliza una experiencia de fe con una fuerza evangelizadora inédita y no tenida debidamente en cuenta por la teología hasta el presente.

A continuación, es analizada la liturgia contando con las aportaciones del Vaticano II al respecto y deteniéndose en la revisión que el papa Benedicto XVI primó al decantarse por una recepción de la misma –empleando una expresión acuñada por el Papa alemán– más en clave de “hermenéutica de la continuidad” que de “ruptura”. Cuando aborda la catequesis, busca mostrar que su importancia y centralidad no radican en el adoctrinamiento, sino en la iniciación práctica de la fe, es decir, en la urgencia de ser cristiano en el mundo, como el fermento en la masa. Y más, como trata en el siguiente capítulo, en una sociedad marcadamente secularizada y laica, de la que brotan indudables retos a todo bautizado.

La cuestión de la familia, a la que entiende como la primera mensajera del Evangelio, cierra el libro. El autor tiene muy presente el magisterio reciente del papa Francisco en la exhortación postsinodal Amoris laetitia. En una sociedad que se va haciendo progresivamente “líquida”, recuerda que lo evangélico pasa por acoger y prolongar lo que hay de germinalmente positivo, bueno, bello y unitario en las llamadas situaciones irregulares. Urge clausurar el tiempo de la condena sistemática y abrir el de la acogida, con el fin de favorecer el acompañamiento y, a partir de él, activar todo aquello que permita culminar lo que late de bueno y verdadero en toda relación, aunque moralmente siga siendo tipificada como irregular.

Ausencias y riesgos

Es posible que haya quien eche de menos a lo largo de estas páginas una mayor presencia del marco secularista y, en ocasiones, laicista, y, por ello, algunas aportaciones y sugerencias sobre lo que supone a corto y largo plazo para la misión evangelizadora de la Iglesia. Y también es posible que haya quien, sin dejar de reconocer la importancia de las mediaciones tipificables como “eclesiales”, eche de menos igualmente un poco más de luz sobre cómo evangelizar en el mundo en el que vivimos, ya sea “líquido” o “gaseoso”. Está bien, recuerdan estos últimos, enfatizar la importancia de una presencia fundada en una experiencia de encuentro con Dios, auxiliada por una mínima capacitación teológica y acompañada eclesialmente, pero hubiera resultado interesante haber prestado una mayor atención al potencial evangelizador que sigue encerrando la presencia en los movimientos populares, en los partidos políticos, en las organizaciones económicas, culturales y sociales o en los medios de comunicación. Solo así se sale al paso del riesgo de autoreferencialidad al que a menudo alude el papa Francisco y que nos corteja a todos en estos tiempos que, ni mejores ni peores que otros, son indudablemente los nuestros.

Jesús Martínez Gordo

Vida Nueva 3.090 (7 de julio de 2018) 42.