El triángulo del deshielo

(Ignacio Uría, en Vida Nueva). El 17 de diciembre de 2014, cumpleaños del papa Francisco, el mundo se sorprendió con el anuncio de que Estados Unidos y Cuba recuperaban. sus relaciones diplomáticas. Tras casi 60 años de confrontación, comenzaba una nueva etapa que, si bien no ha producido los frutos esperados, puede considerarse esperanzadora.

En las ruedas de prensa de aquel miércoles de diciembre, Barack Obama y Raúl Castro agradecieron a Francisco su intervención en las negociaciones, proceso para el que el Papa eligió al cardenal cubano Jaime Ortega como mediador. Ambos se conocían desde tiempo atrás, amistad fraguada en 2007 en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en Aparecida (Brasil) y consolidada durante el cónclave que eligió a Bergoglio.

Encuentro, diálogo y acuerdo es un texto breve y ameno sobre la intervención de la Santa Sede en el acercamiento entre ambos países y, sobre todo, un homenaje a Francisco. El prólogo lo escribe Angelo Becciu, número tres de la Secretaria de Estado y exnuncio en Cuba. Su colaboración equivale a un visto bueno vaticano al libro.

El relato, de indudable valor histórico, no es un ensayo ni una crónica. Sus siete capítulos discurren a toda velocidad, en especial, cuando se centran en los acontecimientos y evitan reflexiones personales que distraen del núcleo del libro: exponer el pensamiento de Francisco “sobre lo imprescindible del encuentro entre las personas para que se produzca entre ellas el diálogo como único modo de resolver el distanciamiento”, en palabras de Ortega.

Una de las partes más valiosas la encontramos en la relación de antecedentes del acuerdo de 2014. El principal, el viaje de Juan Pablo II a la Isla, hará en enero veinte años, que el cardenal de La Habana califica como “un antes y un después (…) en la Iglesia de Cuba”. En especial, porque supuso un nuevo despertar de la Iglesia y un descubrimiento de la fe católica para la mayoría de los cubanos. Interesante resulta también la publicación del texto sobre la intervención de Bergoglio en el precónclave que le eligió. Menos sentido tiene, sin embargo, la afirmación de que nadie apostaba por él, cuando en 2005 había sido el más votado después del entonces cardenal Ratzinger.

Sutileza del emisario

Entre las objeciones, podemos citar la sutileza del arzobispo emérito de La Habana, también por escrito. Por ejemplo, habla de emigrantes en vez de exiliados, no menciona nunca la palabra comunismo (meritorio si se habla de Cuba) o califica a los presos políticos como “prisioneros relacionados con causas políticas”. Quizá por esta habilidad Francisco le nombró emisario, como confirma la respuesta que Ortega dio a Espacio Laical-la revista del Arzobispado de La Habana- al solicitarle una copia de las cartas para publicarlas: “Solo eran unas notas de presentación. Yo era la carta”.

Asimismo, se evita contar la actuación del principal negociador cubano, Alejandro Castro –hijo de Raúl y candidato a presidir Cuba a partir de febrero de 2018–, y el papel del cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington e introductor de Ortega en la Casa Blanca. ¿Acaso Francisco desconfiaba de los obispos estadounidenses? ¿O se debió quizás a un acuerdo que no puede ser revelado?

Por último, se echa en falta una pequeña reflexión final sobre los frutos del acuerdo. Casi cuatro años después del deshielo, Washington no ha nombrado embajador en Cuba (e incluso valora clausurar la sede diplomática por un supuesto espionaje masivo), mientras que Castro sigue paralizado entre la quiebra económica, la devastación del huracán Irma y su jubilación presidencial en febrero de 2018. A los 86 años, Raúl Castro se centrará en sus responsabilidades como primer secretario del Partido Comunista y comandante en jefe de las FAR.

Al hilo de esto último, cabe señalar una laguna quizá subsanable en futuras ediciones, que sin duda las habrá: soslayar el contexto político en el que se desarrolló todo. Conocer el trasfondo se antoja esencial para comprender por qué pasó lo que pasó. Sin ese referente, el relato pierde profundidad.

Más allá de los reparos anteriores, algo menor en el conjunto del libro, Ortega escribe con estilo ágil y aportando información desconocida, y resume la cooperación de Francisco en tres aspectos: favoreció el contacto epistolar de ambos presidentes, respaldó expresamente el acuerdo y ofreció el Vaticano como escenario para rubricar el pacto. En todo este proceso, Ortega desempeñó un papel esencial tanto por su flexibilidad como por su discreción, hasta el punto de poder afirmar que su disposición al diálogo propició el encuentro y ayudó a alcanzar el acuerdo.

Ignacio Uría

Vida Nueva 3.062 (9 de diciembre de 2017) 42.