Hambre de trascendencia

(Felisa Elizondo, en Vida Nueva). Con una amplia bibliografía y en caracteres de buen tamaño, la autora de El Misterio y el Mundo, conocida por la docencia en la Universidad Católica de Río de Janeiro y sus numerosos artículos publicados, desarrolla en cuatro capítulos lo que enuncia el subtítulo. Ya en la introducción, anota que se han dado cambios de envergadura que consienten hablar de un «cambio de época» y de una crisis generalizada que afecta a las religiones. Adelanta que las páginas sucesivas atenderán a esa interpelación y se interesarán por el perfil de la mística cristiana hoy. Por entender que «en el siglo XX puede verse la presencia de hombres y mujeres, místicos, que reivindican para sí la vinculación a la fe cristiana y al Evangelio de Jesucristo, pero se sitúan fuera de la Iglesia al no aceptar muchas de sus orientaciones…». Y a continuación encontramos el intento de decantar el contenido del término «mística» que, como es bien sabido, ha padecido distorsiones y devaluaciones pero que, en versión cristiana, «designa a aquel que, en su tiempo, tiene una experiencia profunda de unión amorosa con Dios y vive en su realidad, a partir de la cual se ve impulsado a transformar la realidad de injusticia en la que se encuentra» (p. 30).

El primer capítulo señala hechos y marcas de la modernidad que impactan a lo religioso: la caída de la utopía socialista con el advenimiento del neoliberalismo; la formación de una sociedad de consumo; la fragmentación, el refugio en lo privado y cierto vacío de sentido, muy advertibles en el ambiente actual, aunque no falten ciertas «utopías críticas» que muestran otra faceta de la misma postmodernidad. El final de las certezas, de las hegemonías y la multiplicidad social y cultural son una y otra vez mencionados siguiendo las observaciones de De Certeau, Bauman y Lipovetsky sobre la secularización, el individualismo hipermodemo y la pluralidad presentes en nuestro mundo. Un epígrafe habla de la «nueva geografía» que se configura por obra de las migraciones, un espacio en el que las sociedades han de construirse aceptando el hecho palmario de la diferencia y una notable dosis de incertidumbre.

A propósito de la situación que atravesamos, la autora se detiene en la abundancia de medios y escasez de fines, en la globalización en sus diversas facetas y en la crisis de la memoria y las tradiciones. Para concluir en una «crisis de la ética y volatilización de la moral». Los nombres de Levinas y Ricoeur son traídos al hilo del diagnóstico de este tiempo atravesado por búsquedas que no son ajenas a la dimensión religiosa.

El segundo capítulo se centra en la crisis de la religión cristiana que, «transustanciada en múltiples y diferentes formas no compatibles con las formas premodemas, sigue siendo interpelada ferozmente» (p. 60). Pero apela también al anhelo de sentido, a la «desproporción» y la «sed de absoluto» inherentes al ser humano en su originalidad. Que son a la vez, tal como advierten los estudiosos de la religión, aperturas a lo que nos trasciende y que el cristianismo no puede dejar desatendidas.

En una tercera parte, el libro trata de la experiencia religiosa o mística (tomando este término en el uso amplio) Sigue la historia de la discusión hasta hoy, en la que se inscriben nombres conocidos en la teología y espiritualidad del siglo XX. Este tema continúa con algunas «biografías místicas»: Dorothy Day, Etty Hillesum y Egide van Broeckhoven son recordadas como ejemplos de testimonios de un Dios que se deja encontrar. Y como ensayo de una teología narrativa.

Historia de la misericordia

En esta «narrativa biográfica» hay menciones de otros místicos/as de tiempos recientes. De más nombres que han hecho llegar, con su escritura, a nuestro siglo XXI el testimonio de «aquello en lo que hay que insistir en la doctrina y lo que no se puede dejar a un lado, en frase de un sostenedor del alcance teológico de las biografías: Mc Glendon. Un estudioso del tema que está convencido de que, si no existieran estas vidas, tendríamos que reconocer que lo que afirmamos creer habría perdido su poder. Y ese testimonio –añade la autora– llega, además, en formas concretas de amor a los hermanos que siguen escribiendo la historia de la misericordia» (p. 424).

Así esta amplia reflexión de Maria Clara Bingemer concluye abriendo una puerta a la crisis, pues entiende que «dentro y fuera de la Iglesia y de las instituciones religiosas, comprometidos radicalmente en ella o al margen de sus fronteras, los místicos nos enseñan que, experimentar el misterio de Dios en medio del mundo, conduce a una pasión ardiente por este mismo mundo y a trabajar sin cesar por su redención y transformación».

Felisa Elizondo

Vida Nueva 3.074 (10 de marzo de 2018) 44.