Itinerarios que educan la mirada para orientarla hacia el encuentro con Dios

(Víctor Fernández, en Revista Agustiniana). El libro que aquí presentamos lleva por título La herida esencial. Fue escrito por el conocido teólogo español de la Universidad Pontificia Comillas, Pedro Rodríguez Panizo, y recoge el esfuerzo de pensar la raíz que constituye la existencia religiosa, a la vez que algunas de sus más importantes formas de realización; todo ello, en el contexto sociocultural posmoderno. Se trata, por tanto, de presentar y desarrollar algunos caminos e itinerarios que eduquen nuestra “mirada” para orientarla al Misterio {mista-gogía) o, lo que es lo mismo, al encuentro con Dios. Y realizarlo en nuestro tiempo, un clima espiritual caracterizado por el eclipse de Dios. Ayudado de los diagnósticos de nuestra época, realizados por Michel Henry y Mario Vargas Llosa, dos grandes de la filosofía y de la literatura respectivamente, muestra un panorama bastante oscuro para las humanidades en general, y para la religión y la filosofía en particular. El desprestigio de la universidad actual y el pernicioso influjo de los m.c.s., hacen que vivamos como “narcotizados” en una sociedad donde la superficialidad, el divertimento y el entretenimiento han tomado la delantera al Bien, la Belleza y la Verdad, como valores supremos. En este contexto cultural, es condición necesaria, si la religión quiere tener algún futuro digno, que los cristianos tomemos conciencia de que no hay fe sin hacer la experiencia personal de la fe; y no se dará una experiencia de este tipo, si no se entra – existencialmente– en el núcleo esencial de lo religioso: la experiencia religiosa y su culminación, la experiencia mística. El autor quiere exponer la necesidad de descubrir unos preámbulos existenciales antes de asistir a esa apoteosis biográfica que constituye la relación religiosa. Sin profundizar en las fuentes de sentido auténtico que anidan en nuestro interior, no hay aprovechamiento verdadero de nuestras posibilidades de realización. Especial mención merece la relevancia dada a la experiencia estética –la belleza en la naturaleza y en el arte poético– como un modo privilegiado de ensanchar los pulmones o dimensiones de lo humano. De los muchos aspectos positivos que tiene esta obra, queremos destacar uno: el autor, en sintonía con la forma de hacer filosofía y teología de los profesores Miguel García-Baró y Juan Martín Velasco, piensa los problemas antropológicos básicos –mejor aún– la cuestión del hombre, al modo socrático, es decir, en primera persona. No como alguien que es un mero transmisor aséptico de conocimientos, sino como alguien que los pasa por el tamiz de su experiencia humana. El modo fenomenológico de acceso a la realidad o actitud fenomenológica, le ha permitido plegar la propia vida al modo de manifestación de las diferentes esferas de lo real o regiones ontológicas. Quizá, como el propio autor reconoce implícitamente, el hecho de haber sido una re-unión de ensayos le hace perder un claro hilo argumental. Re-hacerlo, es decir, re-vivirlo es ahora tarea del lector.

Víctor Fernández, OSA

Revista Agustiniana 55 (2014) 492.