Javier Villalba: «El corazón y la razón de ser del diácono es el servicio a los más necesitados»

«Si Dios te llama en un momento determinado de tu vida, en el que ya tienes un proyecto de vida con otra persona y con una familia, es porque realmente Dios te quiere así».
De esta forma justifica Javier Villalba su condición de pediatra, hombre de familia y diácono permanente. Ministerio éste último sobre el que acaba de publicar un libro: Diaconado permanente. Signos de una Iglesia servidora (San Pablo).

(Jesús Bastante, en Religión Digital). Estamos con Javier Villalba, que viene a presentarnos un libro sobre un tema muy actual en la Iglesia hoy. Se titula Diaconado permanente. Signos de una Iglesia servidora” y ha sido editado por San Pablo.
Comenzamos por el título.

¿Cuáles son esos signos a los que te refieres en el enunciado de tu libro?

Creo que la Iglesia hoy trata de renovarse en el sentido de ser servidora: de cambiar un poco la imagen de mirar hacia adentro y mirar hacia afuera para lograr esa propuesta que tenemos encima de la mesa y que probablemente provenga también de nuestro Papa Francisco.

Se trata de salir, dialogar y proponer una forma de vivir un poco diferente. Porque lo que tenemos que contar es buena noticia y merece la pena difundirlo de una manera activa.

El diaconado permanente es una figura poco conocida porque siempre se ha hablado de diácono como de alguien que es seminarista. Como un paso más, antes de ordenarse sacerdote. Pero sin embargo hay otras figuras; ahora se ha empezado a hablar de las diaconisas, tema para el que se ha formado una comisión de estudio. Y quedan los grandes olvidados: los diáconos permanentes, que no son aspirantes a sacerdote, que son personas vinculadas y comprometidas con su comunidad y con la Iglesia que dan un paso más, para poder ejercer determinadas funciones que la gente pensaría más propias de los sacerdotes.

Primero, quiero decir que me encanta que hayas empezado por el subtítulo, porque yo creo que la idea de servicio es la que tratamos de resaltar. Pienso que la figura del diácono es la figura del servidor y es una figura que existe desde siempre. Es el grado primero del sacramento del orden.

Sí es verdad que hace un tiempo el diaconado era un grado permanente que, probablemente, perdió su función principal: el servicio a los pobres y la caridad. Entonces dejó de ser un grado permanente y pasó a ser un grado transitorio hacia el presbiterado. Más tarde, el Concilio Vaticano II lo renueva.

El libro en sí no es importante, lo importante es poner el ministerio en la calle; dar a conocer esta figura que, como digo, cuando el Concilio Vaticano II lo renueva, lo hace con un matiz muy curioso, y es que puede ser administrado a varones que están casados.

Uno de lo puntos del libro precisamente es eso: qué movió el Espíritu a los padres conciliares para dar ese paso. Trento ya lo intenta rehabilitar, pero con la idea de que tenga los tres grados; diaconado, presbiterado y episcopado. Los tres grados del orden, un poco en reacción a los reformistas. Pero el Vaticano II lo renueva, y le da un giro incluyendo a las personas casadas.

Reacciona a la Reforma luterana.

Claro, y en el libro hay una reflexión de por qué el Vaticano II lo mueve así. Yo creo que parte de lo que hacemos en el libro es dar vueltas a qué movió al Espíritu a aquello. Eso que trató de hacer el Concilio fue, precisamente, adaptar la Iglesia a los tiempos, ponerlo en la calle, renovarlo.

Yo creo que la idea del diaconado permanente, que en ese momento se renueva como grado permanente dentro de la Iglesia, tiende a trabajar en esa misma línea. Salir a la calle, vivir entre la gente y con sus mismos problemas pero siendo ministro, siendo una persona ordenada. Es decir, una persona que ha sido llamada y enviada a una misión.

Es muy bonito; es un ministerio que se debe reconocer porque es un enriquecimiento para la Iglesia.

Javier es pediatra y diácono permanente. Y está casado; hay que decirlo porque el diaconado permanente no solo es una cuestión de la persona que elige, sino que implica a toda la familia de algún modo.

Claro. El camino que se hace, se hace con tu mujer, que es con la que has hecho el proyecto de vida. Y con tu familia. Yo he dado muchas vueltas en este camino con ella. Queríamos resumir en un libro todas las ideas que había por ahí, dispersas pero no recogidas en ningún escrito.

Y en ese camino hemos dado muchas vueltas a la idea de que si Dios te llama en un momento determinado de tu vida, en el que ya tienes un proyecto de vida con otra persona y con una familia, es porque realmente Dios te quiere así. Y que si hubiera querido otra cosa, te hubiera llamado en otro momento.

Armonizar esos dos sacramentos, ya que se da una doble sacramentalidad en la figura del diácono permanente casado, es importante. Porque además, yo creo que la belleza del diaconado permanente en personas casadas está en que tiene un sacramento previo, que se revitaliza y se renueva. Y también tu mujer, que está ahí en el libro -ella ha escrito un capítulo pero está presente en todo el libro-, es la persona con la que has hecho tu proyecto de vida.

Pero ¿cómo surge la vocación? Y luego, ¿cómo lo cuentas? Porque aunque haya una vida familiar, entiendo que al comienzo es una cosa muy personal y muy íntima que tienes que compartir con tu pareja.

Monseñor Blázquez tiene un estudio de la vocación en el diaconado permanente. Dice que, efectivamente hay una llamada a la que respondes. Y esto, aunque sea algo íntimo, lo compartes con otra persona. Y es una vocación, una preparación y una misión.

Y, naturalmente, lo compartes con las personas con las haces tu vida. En mi caso con mi mujer, con la que comparto el día a día; la familia, la hipoteca, la compra…

¿Cómo fue en tu caso? ¿Cómo se siente la llamada y cómo es el proceso de maduración? Porque, como tú dices, a diferencia del sacerdocio este es un proceso que no puede ser solo personal, sino que necesariamente implica que sea compartido.

Mi mujer y yo nos conocimos en los grupos juveniles de la parroquia. Trabajando haciendo campamentos, confirmación…

Nos casamos, y yo siento la necesidad de formarme más. Habías tirado de tu formación de chaval, pero quieres formarte para poder dar más.

Hablé con el sacerdote y me mandó a cursos de agentes de pastoral. Allí me encontré con un tríptico que hablaba del diaconado permanente, de lo que yo nunca había oído hablar. Me interesé e indagué qué era y qué significaba. De ahí que una de las intenciones del libro sea poner este ministerio en la calle, porque hay muchas personas que pueden ser llamadas pero que no lo conocen.

Y esa fue la historia: empiezas a conocer personas que se están formando y a personas ya ordenadas, y te cuentan su experiencia. Poco a poco, va surgiendo una plantita ahí.

Yo, al principio fui un poco rebelde al Espíritu. Nuestro camino ha durado años; diez y siete de preparación y discernimiento, y ahora llevo siete años de ordenado. Ha sido un camino de lucha interior de buscar, prepararse y decir: Señor, pero si yo soy médico… Pero como decimos, Jesús se empeña y tienes que dar una respuesta.

¿Cómo vivís el día a día? ¿Qué supone, en tu vida familiar, que tú seas diácono permanente?

Realmente supone un enriquecimiento, no solo personal sino familiar. Y significa dar un matiz a toda tu vida. Una de las ideas que también tratamos de trasmitir es que la fe hay que involucrarla con la vida diaria.

Hablamos del ministerio de lo cotidiano, pero nos vale para todos. La fe no es el cajoncito de la misa de los domingos o el día que voy a la parroquia a hacer algo. Es algo que impregna toda tu vida. Y en nuestro caso el signo de servicio, porque, a través del sacramento, lo que hacemos es representar a Cristo servidor.

Ese servicio se lleva al día a día, a tu trabajo. Yo como pediatra, lo vivo como todos los pediatras pero con esa idea de servicio. Lo mismo que en la familia y en la vida social.

Lo decíamos al principio pero ha estado presente en toda la conversación; el diaconado es el signo evidente del servicio dentro de la Iglesia ministerial. Es con lo que se le identifica.

Claro. El subtítulo es “Signos de una Iglesia servidora” porque, realmente, el signo del servicio, la diaconía, la tenemos todos los bautizados; vivimos ese servicio porque Jesús es el diácono servidor del Padre y de los hermanos.

Ese signo lo vivimos todos, y también los ministros ordenados de la Iglesia: diáconos presbíteros y obispos, que es lo primero que son: servidores, es decir, diáconos todos. Incluso el Papa lo es. Porque no se pierde esa identidad aunque se acceda a diferentes grados.

Lo importante en la Iglesia es que hay una persona ordenada que nos muestra a todos ese servicio; que todos tenemos que ser servidores, unos de los otros, como dimensión fundamental del ser cristiano. Porque es una de las dimensiones de Jesús. Es importante.

¿Cuáles son las funciones concretas de un diácono permanente en la vida parroquial? En tu parroquia y en tu caso, ¿cómo te organizas? ¿Cuáles son tus funciones?

Hace unos días presentamos el libro en la parroquia a la comunidad. Me hacían esa misma pregunta.

El diaconado permanente no se restablece porque haya funciones que hacer, sino por la persona en sí. Hablamos de que el ser precede al hacer, aunque haya funciones. Pero lo que lo importante no es lo que se hace, sino que esa persona que lo hace quién es o qué significa, en este caso un servidor de la Iglesia.

Lo que pasa es que en estos debates siempre se habla más de lo que no puede hacer.

El inicio del grado en forma permanente de diaconado no es porque se pueda hacer esto o lo otro; es la persona ordenada, lo que significa y lo que simboliza. Y cosas que puede hacer un presbítero o un laico, las hace una persona que por estar ordenada representa a toda la Iglesia. Es decir, se hace igual pero no de la misma forma.

Esto es muy importante porque lo que tenemos que ver, es que esta persona no está ahí para hacer esto o lo otro; está ahí con un significado que nos da a todos.

Se establecen, por lo menos, tres ámbitos fundamentales de trabajo: la liturgia, el servicio a la mesa de la eucaristía, y se puede administrar el bautismo, bendecir los matrimonios, presidir exequias, etc.

En la parte de la mesa de la palabra no solamente se lee y se proclama el Evangelio, sino que se puede predicar como parte de la liturgia, catequesis, etc. Pero lo fundamental es la mesa de la caridad.

O sea, que sí que es verdad que la liturgia y la palabra son fundamentales para tu vida, pero el corazón y la razón de ser del diácono, como fue en sus inicios, es el servicio a los más necesitados; a los pobres, a los alejados de la comunidad.

Como dice el Papa Francisco: en las periferias existenciales, allá donde están ellos, salir. Y en ese sentido el diácono, que tiene una vida social, familiar y profesional, es un ministro que hace de puente, de barandilla entre un sitio y otro. Y esa idea del servicio, precisamente a los que no están, es fundamental en una Iglesia que se abre.

Cuando se debate este tema y se habla la posibilidad de que el diaconado, sea casado o no, pueda dar un paso más hacia el sacerdocio, también en el caso de las mujeres: ¿esos temas son reales o estamos hablando de una escalera que no existe como tal? ¿El diaconado permanente es un paso en este sentido, o no tendría por qué serlo?

No es un paso y no tiene por qué serlo. En algún caso puede ser, pero son vocaciones diferentes. Hemos hablado antes de que Dios llama en un momento determinado. Y en mi caso -y en la mayoría de los que están en mi situación, es decir casados- te administran, en un momento determinado, un sacramento vigente como lo es el del matrimonio.

Pero como te digo, son vocaciones diferentes. Una es la vocación a configurarse con Cristo-servidor, y la otra es configurarse con Cristo-pastor, que sería el sacerdocio junto con los obispos. Son vocaciones diferentes, unidas en la vocación hacia el laicado.

Pero los caminos no tienen por qué coincidir.

¿Pero no te encuentras, a veces, que como laico estás entremedias? De que alguien en la parroquia te pueda decir que, al final el que manda es el cura. Que a los laicos nos dicen que tenemos que tener más responsabilidad, pero la decisión la tomáis entre vosotros. Y que tú, ahora, como diácono estás en una escala superior.

No es una escala superior.

Pero esto que digo son cosas que he escuchado desde el laicado en más de una ocasión.

Con esto nos dirigimos a la idea de poder y de mandar, no de servir. Yo estoy encantado con que mi párroco mande, porque es su función. La mía es otra, como acercar a los laicos al altar, estar pendiente.

Son funciones distintas; una es la de presidente de la comunidad, que es el sacerdote, y otra es el diácono permanente y otra el laico, que también es una vocación específica y propia.

A eso me refería. Estamos hablando de esta Iglesia de cambios, de dar más responsabilidad a laicos, a mujeres -que se separa por esa terminología-. Pero luego, con tanta separación, un laico se pregunta cuál puede ser su responsabilidad.

Pues mira, una de las funciones del diaconado permanente -y por eso lo comparo a una barandilla- es tratar de estimular los ministerios laicales. Potenciar la corresponsabilidad del laico dentro de la Iglesia en las funciones. La Iglesia somos todos y somos responsables del rostro de Jesús allá donde estemos. Hoy, la sociedad secularizada.

El rostro de Jesús, en determinados sitios solo lo puede manifestar el laico con su forma de pensar, sus valores, su servicio en el trabajo, en la política, en la economía, etc. Solo lo puede mostrar el laico porque ahí no llegan los ministros ordenados, y hay que tomar conciencia de nuestra responsabilidad.

¿Y qué pasa con la mujer en este debate?

Ahora el Papa ha convocado una comisión para ver cómo se vivía el diaconado en la Iglesia de los primeros siglos. Si había o no diaconisas y en qué consistía.

¿Cuál es tu opinión respecto a este tema? Porque volviendo a la mirada que se nos hace a la Iglesia desde fuera, eso es de una Iglesia piramidal y muy machista. Es una percepción real que existe desde fuera.

Lo de la Iglesia piramidal es algo que ha cambiado. Ahora es una Iglesia redonda y con Jesús en el medio. Esa idea hay que mostrarla; todos somos hermanos unidos por el bautismo. Luego, y previamente a eso, que es la dignidad común de todos, cada uno tiene sus ministerios, sus funciones y sus carismas.

Me hablas de la mujer: tuve la suerte de ir con mi familia hace dos años a Guatemala a un campo de trabajo y ves que la mujer lleva el peso de muchas cosas; sociales, familiares y en la Iglesia. Probablemente igual que pasa aquí.

Nosotros pensamos que existió el diaconado femenino en los primeros siglos de la Iglesia porque así nos lo ha trasmitido el Nuevo Testamento. En la Iglesia de san Pablo había diaconisas, habrá que ver en qué consistía y para eso está esa comisión.

Yo creo que, independientemente de que la mujer acceda al ministerio ordenado -que me parece que debería hacerlo-, habría que ver qué había de social y de cultural en aquel momento para la elección de esa mujer, y qué había de teológico. Lo teológico es inamovible, es así.

Pero me parece que había mucha carga cultural y social y ahora estamos en otro momento, en este sentido, en el que el acceso de la mujer a la sociedad y al trabajo está normalizado, y en la Iglesia estamos perdiendo, en esta cuestión, el cincuenta por ciento de nuestras fuerzas. Que la mujer lleva un peso en las parroquias y en la vida eclesial, y que habrá que reconocerlo.

Fíjate en que cuando se restituye el diaconado permanente, dice el Concilio que los que ya están haciendo funciones diaconales sean fortalecidos con la gracia del sacramento. Y eso es aplicable en muchos casos. Habrá que dejar que la comisión trabaje, que el Espíritu sople todo lo que pueda, que le dejemos soplar y ver por dónde van. Pero creo que es una alegría para la Iglesia y un signo de esperanza.

¿Crees que lo veremos?

Sí. Soy optimista.

El prólogo te lo ha hecho el cardenal de Madrid, el cardenal Osoro. ¿Cuál es la sensibilidad de don Carlos hacia el diaconado y hacia esa Iglesia, que va dejando la pirámide y se va convirtiendo en algo más circular con Cristo en el centro? Esto que, desgraciadamente, se nos ha olvidado en algunas ocasiones de nuestra historia.

Don Carlos es genial. No tengo más palabras para definirlo; es una persona muy cercana. Desde su llegada y desde la primera homilía que hizo en la toma de posesión, habla del diaconado permanente como algo que él valora positivamente por llegar a lugares donde no se puede llegar de otra forma. Y en el prólogo también da varias pinceladas importantes. Habla sobre todo de recuperar esa función samaritana, de servicio y de cercanía a los pobres.

En los primeros momentos del diaconado, los diáconos eran las manos del obispo allí donde el obispo no podía llegar. Y sus oídos para conocer las necesidades de la población. Esa función es importante y nosotros estamos vinculados totalmente al ministerio episcopal. La vinculación es primordial para llegar adonde él también intuye que hace falta llegar, y para ese servicio están los diáconos.

Siempre se respeta un poco tener familia y tener trabajo, la territorialidad, los tiempos, etc. Pero don Carlos es muy sensible a esa apertura de la que hablábamos antes.

Muchas gracias, Javier. Ha sido un descubrimiento. ¿Tiene futuro el diaconado permanente, o es una cosa de unos pocos?

En Madrid somos treinta y dos. Y en España unos cuatrocientos. Es verdad que es un ministerio que inicialmente se pensó para territorios de misión como África, Asia… Pero ha crecido enormemente en los territorios más avanzados socialmente. Estados Unidos tiene el cincuenta por ciento aproximadamente. Y entre Estados Unidos y Europa, el ochenta por ciento de los diáconos.

Es un ministerio que ha crecido desde que se estableció, al contrario que los demás. Pienso que socialmente la Iglesia necesita esa vitalidad y, un poco, el Espíritu es el que tiene que tirar. Es importante para la Iglesia poner un rostro cercano en la calle.

Un rostro samaritano. Un rostro de servicio.

Gracias Javier, un placer. Y mucha suerte con el libro y con el diaconado.

Gracias.