La conversión de Óscar Romero… y de san Juan Pablo II

(Ricardo Benjumea, en Alfa y Omega). El gobierno salvadoreño le tenía por un obispo más bien de «sacristía», en absoluto dado a la crítica política. Pero los acontecimientos le llevaron a Óscar Romero a convertirse en un icono de la defensa de los derechos humanos en América Latina. Se le «cayó la venda», diría él mismo, con las matanzas de campesinos y asesinatos de sacerdotes perpetrados por la dictadura militar.

También a Juan Pablo II, en cierto modo, se le caería una venda con Romero. Tras la frialdad con la que le recibió en 1979, convencido de la veracidad de los informes que presentaban al arzobispo de San Salvador como simpatizante de la rama marxista de la teología de la liberación, mientras ponían en valor el supuesto carácter católico de la cúpula del régimen, el Pontífice llegaría a admirar profundamente la labor del obispo salvadoreño. Años después, daría la vuelta al mundo la imagen de san Juan Pablo II arrodillado ante la tumba del obispo asesinado.

Beatificado por el Papa Francisco, Romero se ha convertido en un modelo de pastor cercano para la Iglesia latinoamericana y universal. «La Iglesia necesita testigos del evangelio en medio de la crisis de nuestro tiempo… Esto significa que la mirada compasiva de Romero y su trabajo en defensa de las víctimas de su país, puede ser universalizable hoy al pie de las vallas de Ceuta y Melilla, en los lugares del olvido donde colaboran tantas personas voluntarias, en las reivindicaciones de los pensionistas o de los parados o de aquellos que trabajan en condiciones indignas».

Lo dice en esta entrevista Luis Aranguren, que presenta este jueves en el salón de actos Alfa y Omega su nuevo libro San Romero de los derechos humanos. Junto a él intervendrán el vicario de Pastoral Social e Innovación de la archidiócesis de Madrid, José Luis Segovia, y la teóloga Pepa Torres, colaboradora de este semanario. El acto, a las 19 horas, es de entrada libre hasta completar aforo.

San Romero de los derechos humanos se titula tu libro. A Óscar Romero le han llamado de muchas maneras, pero de esta, no…

En efecto, con este título he querido vincular la experiencia de Dios de Romero, que le conduce a un estilo de vida profético y evangélico, con los rasgos donde tantas personas alejadas o no creyentes pueden identificarse en la defensa de la dignidad de toda persona, y en el trabajo en favor de los derechos humanos. Es un acercamiento desde la ética que mueve a la compasión, al cuidado y a la justicia sin ocultar la motivación creyente y la experiencia mística de este cristiano ejemplar de nuestro tiempo.

Del Romero recién nombrado arzobispo de San Salvador, pocos hubieran imaginado que se convertiría en todo un icono de la justicia social en el continente y en el mundo. ¿Qué ocurrió?

Pasó lo que en realidad debiera pasar en cualquiera de nosotros. Solemos decir que la fe precisa de conversión. La fe no es algo solo heredado, sino una orientación vital desde Dios hoy en mi vida. Recién nombrado arzobispo de San Salvador, y en la primavera de 1977, suceden diversos acontecimientos (asesinatos de sacerdotes, ocupaciones de ciudades por parte de ejército, matanzas de campesinos…). Estas realidades abren los ojos de Romero y él dirá más tarde: «se me cayó la venda». Desde entonces se hizo realmente pastor de su pueblo caminando con él. Entendió que solo podía ser buen pastor participando de los sufrimientos y esperanzas de su gente. Con su testimonio nos ayudó a comprender que el pueblo, como sujeto de la historia, significa que nos sujetamos los unos a los otros y nos animamos caminando juntos. Por eso, él solía decir que «con este pueblo no cuesta ser buen pastor».

En la primera visita que hace Romero al Vaticano, se encuentra con la incomprensión del propio Juan Pablo II, pero la actitud del Papa va cambiando y, ya después del asesinato, queda esa impactante imagen de Wojtyla rezando ante la tumba del arzobispo mártir. ¿Cómo se explican estos cambios?

Juan Pablo II protagonizó un cambio de actitud profundo durante esos años. De casi ni querer recibir a Romero, pasó a esa imagen que ni los obispos ni el gobierno querían: rezando ante la tumba de Romero. No olvidemos que el propio Juan Pablo II mandó desviar el papa móvil para rezar ante la tumba del mártir. Sin duda, las mentiras y difamaciones han sido una constante en el caso de monseñor Romero. Antes y aún ahora –lo ha reconocido el mismo Papa Francisco– se siguen diciendo mentiras o se reduce la figura de Romero a una especie de bandera ideológica. Romero no es de estos o de aquellos; en todo caso es de los pobres, es el santo de los pobres y de toda la Iglesia.

Con la beatificación de Romero y con la elevación al cardenalato de su más estrecho colaborador, Gregorio Rosa Chávez, Francisco no solo ha deslegitimado las reticencias que todavía pudieran quedar hacia la figura del arzobispo mártir, sino que, de algún modo, lo está proponiendo como modelo de una Iglesia comprometida, especialmente en América Latina. ¿Cómo ves que está siendo recibido este mensaje?

La Iglesia necesita testigos del evangelio en medio de la crisis de nuestro tiempo. Por eso es importante sacar a monseñor Romero del ámbito latinoamericano para universalizarle y también nosotros poder decir, junto a los hermanos salvadoreños: «¡Romero vive!» Esto significa que la mirada compasiva de Romero y su trabajo en defensa de las víctimas de su país, puede ser universalizable hoy al pie de las vallas de Ceuta y Melilla, en los lugares del olvido donde colaboran tantas personas voluntarias, en las reivindicaciones de los pensionistas o de los parados o de aquellos que trabajan en condiciones indignas. Monseñor Romero, ejemplo de dignidad y coherencia, nos ayuda a humanizar nuestra convivencia en medio de la pluralidad y diversidad de nuestros barrios, pueblos y ciudades.

Ricardo Benjumea

Alfa y Omega (13 de diciembre de 2017)