La crónica de una reforma llevada a cabo por una mujer en una época antifeminista y analfabeta

(F. Henares Díaz, en Carthaginensia). He aquí el Libro de las Fundaciones, un libro siempre a punto de lectura para personas de diverso género y hasta de cultura. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. En un momento dado, Teresa se decide a escribir la historia de sus fundaciones de conventos. Se lo pide su confesor, el jesuita Ripalda. En otro momento, ya en años finales de su vida, escribe: «Las Fundaciones van ya al cabo. Creo se ha de holgar de que las vea, porque es cosa sabrosa». Con esto de «sabrosa», quería decir ella más que mil palabras. A ese saboreo se acercan los lectores viendo una nueva edición. Y van ¿cuántas de ese libro? La presente afina muchas cosas. Una de ellas, es el texto a partir de la edición crítica llevada a cabo, en facsímil, por el padre T. Álvarez en el 2003, del manuscrito de El Escorial. Ahora la edición corre a cargo de S. Ros García, quien nos introduce, a través de 32 pp. preliminares en distintos aspectos de la obra teresiana. No son de poca cuantía las muchas notas filológicas ante vocablos, expresiones, sintaxis de la santa. Ya sabemos que su uso de la lengua era muy particular, puesto que escribía como hablaba. O casi. Lo cual quiere decir que te encontrarás de pronto con un anacoluto que se te encrespa, o con un dicho, o una ironía semántica que se te vuela. Pero ahí está el editor para avisarte del charco. Por todos lados, estamos ante una gozada merced a la pluma de Teresa. Con razón decía Unamuno, alabándola, que eso era una lengua viva, porque según escriben otros, da la impresión de que se expresan en una lengua muerta. Sin embargo, esto es solo una faceta, porque las Fundaciones son muchas cosas más. Expresa el editor que son «la historia de un entusiasmo, la crónica de una reforma, gemela y alternativa a la luterana, llevada a cabo por una mujer (no hay que olvidarlo) en una época antifeminista y de analfabetismo generalizado». Por otro lado, Teresa escribe a ratos sueltos, y recordando, no como si consultara legajos en un archivo, sino merced a su propia memoria. Y escribe tal en los últimos diez años de su vida. Se explaya pensando mucho en sus monjas, para que recuerden ellas en la posteridad cuánto costó, cuánto se sufrió, y cuánto se empeñó la Madre Teresa en fundar por todas partes, y en algunas muy particularmente. «Acordaos con la pobreza y trabajo que se ha hecho lo que vosotras gozáis con descanso; si bien lo advertís, veréis que estas casas en parte no las han fundado hombres las más de ellas, sino la manos poderosa de Dios» (cap. 27, hablando de Caravaca). O traducido a su lenguaje ante el monasterio de Caravaca (Murcia), el dicho que se ha hecho leyenda entre la gente: «qué cara me salió esa Caravaca». Lo lúdico verbal y la ironía que no falten, en efecto, aun a costa de la santa. O ante la fundación en Villanueva de la Jara (Cuenca) y la proximidad carmelita de La Roda (Albacete), o las páginas humanísimas sobre Beas de Segura (Jaén) por citar aquí las tierras más cercanas a nosotros. Es divertido (si no fuera el vivirlo en tomo a la Jara) cuando diferenciando a dos nuncios, dice del que estaba a favor de los descalzos/as que era un santo, pero añade de otro que les hizo padecer, que era algo «deudo del papa, y debe ser siervo de Dios». Lo de deudo por ser sobrino de Gregorio XIII, y lo de siervo, porque va distancia de siervo a santo. Grados de santidad, grados de intencionalidad, de nuevo. Puesto que las crónicas religiosas (y esta obra lo es) se llenan de retazos de hagiografía, por aquí desfilan mujeres increíbles en su piedad, en su valor y tenacidad. No es menor el intento de la crónica, cuando se dedica a dar consejos a sus monjas. O cuando interpreta (todo) bajo el signo de la Providencia divina. La historia, y si es dificil más, cobra sentido poniéndola bajo la lupa del Dios providente. Pero esto, que es teología pura, no alcanza tierra hasta que lo ves vivido en una mujer como Teresa, que es mujer muy fuerte y muy débil, a la vez, incluidas sus enfermedades. ¡Cuán misterioso es todo cuanto hace a Dios, cuán profundo y sacramental! Nos lo sopla así la santa: «Plega a su Majestad que siempre nos ampare, y dé gracia para que no seamos ingratas a tantas mercedes. Amén». Gratos somos nosotros a Ed. San Pablo, y no menos al editor por su completa introducción. Sabemos por él, finalmente, de los avatares históricos sufridos por el Libro de las Fundaciones (siglos XVII y XVlll) hasta que se pudo tener en la edición de Vicente de la Fuente (en 1880), cuando llevaban ya tiempo los manuscritos y copias circulando de mano en mano de los fieles lectores, pero con los declarados fallos. Lo aconsejamos: un acierto de edición, pulcra y muy llevadera.

F. Henares Díaz

Carthaginensia vol. XXX, nº 57 /enero-junio de 2014) 263-264.