La maravillosa historia de una santa de ayer y de hoy

(José María Fernández Lucio, en La Civiltà Cattolica Iberoamericana). Es fácil preguntarse cómo, transcurridos tantos años desde que vivió Santa Hildegarda de Bingen, su persecución llegue hasta nuestros días. Porque Hildegarda nació en Bermersheim (Alemania), en 1098 y falleció en San Ruperto (Alemania) el 17 de septiembre de 1179; no fue canonizada hasta el 10 de mayo de 2012 por el papa Benedicto XVI, que extendió a la Iglesia universal su culto.

La respuesta a esta pregunta podemos encontrarla en el rescripto de la Sagrada Congregación de Ritos de 1940, donde se afirma que Hildegarda puede ser vista como estrella que difunde una luz tan espléndida que justifica la gran veneración que se la ha venido atribuyendo en los siglos pasados y también en nuestro tiempo.

Fue una gran promotora de la vida religiosa y de la corrección de las costumbres, recorriendo Alemania infatigablemente. Destacó por sus escritos tanto en el campo de la teología mística como en ciencias naturales, hasta tal punto que puede ser considerada como patrona de todas esas mujeres católicas que se dedican a estudios superiores.

Cuando los obispos alemanes pidieron al Papa la beatificación de Hildegarda, destacaron entre otras muchas de sus virtudes su capacidad carismática y especulativa, que puede incentivar espiritualmente la teología contemporánea; la comprensión de la naturaleza como creación de Dios, muy presente en los escritos hildegardianos y que tiene un interés particular en nuestros días, como ha demostrado el Papa actual, Francisco; incluso su obra musical podría tener cierto influjo sobre la música actual.

La razón por la que su canonización ha tardado tanto nos la explica el papa Benedicto XVI: se debe al momento histórico particular en que vivió (que se extiende de 1170 o 1171 al 1234), en el que no se había dado aún el paso de la canonización episcopal a la pontificia. Por consiguiente, los primeros pasos efectuados para la canonización, inmediatamente después de la muerte de la abadesa renana (1179), reflejan un clima de transición en el que no estaban todavía bien definidos los procedimientos canónicos a seguir en tales casos.

El segundo motivo hay que encontrarlo en la común convicción de la santidad de Hildegarda de Bingen, que se remonta al período inmediatamente sucesivo a su muerte, es decir, al siglo XII y a los primeros decenios del siglo XIII, convicción que nunca se ha interrumpido hasta nuestros días. Si no se tuvo una canonización de iure el pueblo la consideraba canonizada.

En Santa Hildegarda de Bingen encontramos esa extrema consonancia entre sus enseñanzas y su vida real. Hay una perfecta consonancia entre la forma credendi y la forma vivendi, entre la doctrina y la vida. Todas las virtudes, tal como son expuestas y practicadas por la abadesa benedictina, están fuertemente ancladas en raíces bíblicas, litúrgicas y patrísticas.

No podemos dejar de hacer mención a la correspondencia epistolar que mantuvo durante su vida. A pesar de las críticas que recibió de Tenxwind, abadesa de Andernach, esta no pudo dejar de reconocer la «bien conocida fama de santidad, que resulta muy grata para nuestros oídos».

Una biografía, esta de Angelo Amato, que ha sabido reflejar en tan breves páginas la maravillosa historia de esta santa de ayer y de hoy, cuya vida recomendamos, pues nos puede ayudar también a comprender nuestro tiempo.

José María Fernández Lucio

La Civiltà Cattolica Iberoamericana 16 (mayo de 2018) 103-104.