Hasta que la muerte (del amor) nos separe

Yo no consigo recordar el momento exacto en que Cristina y yo hablamos por primera vez del contenido de este libro sobre los divorciados en la Iglesia. Entonces aún no trabajaba en la editorial San Pablo sino que me limitaba a dirigir la colección Alternativa-S, en la que habíamos tratado temas que tocaban cuestiones sociales o políticas, pero que hasta aquel entonces solo habían rozado tangencialmente aspectos eclesiales. Este libro no: Hablar de divorciados en la Iglesia era mucho más que abordar una cuestión meramente social. Había muchas implicaciones teológicas, morales, canónicas… que estarían pululando por ahí aunque no fueran objetivo prioritario del libro. Por eso quien abordara la cuestión debía manejarse bien en ese escenario, ser valiente para afrontar los roces que surgirían en el camino y escuchar más las voces de los protagonistas que los ecos jerárquicos, mediáticos, jurídicos, para que el libro diera continuidad a la identidad de esta colección que pretende ser alternativa en sus temas, el perfil de sus autores y el modo en que los tratan. Y esa persona terminó siendo la periodista, colega, y sin embargo amiga, Cristina Ruiz Fernández.
Cuando le propuse el tema yo ya sabía muchas cosa de Cris, aunque no todas. Sabía que era una gran profesional que afrontaría con rigor el trabajo que le encomendaba; que lo aceptaría solo en el caso de poder asumirlo; pero sobre todo, sabía que se pondría en la piel de quienes, siendo creyentes y estando integrados en la Iglesia, habían tenido que pasar por el doloroso trance de concluir abruptamente su matrimonio, pese a que creyeron comprometerse con sus parejas ante Dios y su comunidad de por vida. Lo que no podía saber es que esa empatía natural en ella para abordar las cuestiones sociales a la hora de ejercer el periodismo, se acentuaba en este caso por el hecho de ser precisamente (no desvelo nada que no cuente en las primeras páginas del libro ella misma), hija de padres separados.
Ahora, una vez superados los momentos de crisis en que dudaba si seguir adelante o no con el proyecto, y superados también felizmente embarazo, parto y baja maternal, espero que ella haya comprendido, como sabemos los demás, que no había una autora mejor para este libro. Que, como dice Juan Masiá en el prólogo, “esto había que decirlo y tenía que ser dicho por una voz laica y creyente, mujer, esposa y madre, desde la realidad de vivir y convivir cuidando día a día la vida y la convivencia”.
Para la editorial San Pablo es un honor haber podido publicar este libro que no va sobre el divorcio, sino sobre cómo acoger a las personas que, aunque nunca lo hubieran imaginado, han visto cómo el divorcio llegó a sus vidas y las partió por la mitad. Esta editorial quiere estar atenta al dolor, escuchar a quienes lo sufren; ofrecer una palabra, una mirada, ante los grandes desafíos que nos plantea la sociedad en este tiempo convulso y extraño del siglo XXI. Y que esa palabra sepa, huela y suene a Evangelio. A abrazo cálido y amoroso. A puerta abierta y brazos extendidos.
El libro de Cristina recoge todo eso y nos reta como creyentes a elaborar nuestras propias respuestas pastorales a la medida de quienes las necesitan. Así que, ala espera de escuchar vuestras últimas intervenciones, gracias y ojalá que estas páginas sean mucho más que un simple libro, que muchos verán como una gota en el océano. Ojalá sea, junto a otras muchas otras, esa gota capaz de cambiar el sabor y el color de todo un océano.