Lo que hoy es una herejía se suele convertir en la ortodoxia de mañana

Al repasar el libro de Rafael Lazcano “Lutero. Una vida delante de Dios” no he podido evitar recordar unas palabras del profesor José Luis López Aranguren, al que tuve la fortuna de entrevistar cuando era aún una joven aprendiz de periodista, allá por los comienzos de la década de los 90 en Sevilla, mi ciudad natal. Decía el profesor que “Lo que hoy es una herejía se suele convertir en la ortodoxia de mañana”. La historia de Martín Lutero viene a darle bastante la razón.

A lo largo de la historia de la Iglesia han sido muchas las corrientes teológicas y los movimientos que han sido tachados de heréticos porque contravenían las tesis dadas por correctas o disentían de determinados usos y comportamientos eclesiales. En algunos casos acabaron convertidos en Iglesias alternativas, como ocurrió con el protestantismo; en otros desaparecieron, o fueron finalmente asimilados por la Iglesia oficial en parte o en su totalidad.
Y, como ha ocurrido también con otras disidencias que pretendieron en su momento iniciar un proceso de renovación en el seno de la Iglesia y fueron finalmente abortadas, con el paso del tiempo muchos de sus planteamientos terminaron influyendo o siendo directamente (aunque no siempre explícita ni oficialmente) admitidos.
Es curioso que el cine o la literatura siempre hayan apostado por los disidentes, a los que han rodeado de un halo romántico por eso de que se enfrentaban al status quo, normalmente en inferioridad de condiciones. Y no es difícil atribuirles la condición de héroes porque quienes expresan públicamente sus discrepancias suelen ser aplastados o engullidos por el voraz sistema al que se enfrentan, que sobrevive precisamente a base de repeler la crítica con todos los medios a su alcance. Sean estos legítimos o no. No pasa solo en la Iglesia católica. Ni siquiera solo en las religiones. De hecho, no hay institución que se precie que no tienda a perpetuarse por encima de cualquier otra misión, por sólida y fiable que esta fuera en un primer momento. Y lo hace a costa de silenciar las voces discrepantes. De los partidos políticos a los clubes de fútbol. Da igual de qué organización hablemos. Se expulsa de la foto a los críticos hasta en los grupos de rock. Y sólo cuando el colectivo discrepante es suficientemente amplio y robusto como para constituir una institución paralela, sobrevive a la persecución, como ocurrió con la Reforma. Lutero y sus seguidores fueron capaces de levantar un edificio alternativo a la estructura de la Iglesia que cuestionaban (en algunos aspectos con no poca razón).
Aplastadas o no, con o sin fisuras, las disidencias son casi siempre un motor de evolución. Ayudan a las instituciones a hacerse un chequeo, responder a preguntas incómodas, limpiar algún que otro sótano maloliente o repasar la pintura de la fachada, si se me permiten las metáforas. Aunque ellas mismas tengan trapos sucios que lavar porque están constituidas por idéntica debilidad humana.

Reforma, renovación, son hoy términos puestos en valor en el seno de la Iglesia de la mano del papa Francisco. Cuya elección, hace poco, el cardenal emérito Angelo Scola definía gráficamente como un gancho al estómago, del que seguramente muchos aún se están defendiendo. Y eso mismo fueron las tesis de Lutero, como se encarga de explicar magníficamente en este libro Rafael Lazcano. Un gancho al estómago que revolvió a la institución y que la obligó a despertar de su adocenamiento.
Ya saben que los periodistas vamos siempre a la caza de titulares. Y yo, que lo soy por vocación y formación y he ejercido como tal durante más de 20 años, creo que en este caso se puede decir, haciendo un guiño cinematográfico, que Rafael, en esta obra, viene a desentrañar, de forma pedagógica y amena, la sonrisa de Mona Lisa. Sí, el enigma que es para muchos católicos la figura de Lutero, queda aclarado de forma sorprendente en las 263 páginas de este libro que persigue además el objetivo de derribar muros de intransigencia, deshacer falsos mitos y estereotipos y acercarse, con la avidez de quien aspira a saber la verdad, y la precisión del científico que ya ha recabado todos los datos, a la figura de un hombre que transformó para siempre el mapa religioso, y por extensión político, social y cultural de Europa. Que no solo acabó creando una nueva Iglesia sino que transformó a la misma Iglesia católica pese a sus resistencias.
Para entender esto, el autor de Lutero no se centra exclusivamente en los documentos y los datos puramente biográficos.

Uno de los mayores méritos y aportaciones de esta obra es que sitúa al personaje y su legado en el contexto sociopolítico, filosófico, cultural y religioso. Pero también indaga en el perfil psicológico y espiritual del doctor de Wittemberg. En las inquietudes y contradicciones internas del teólogo que busca respuestas a sus propias dudas y sus propios miedos. Como hacemos todos.

Es curioso cómo se perciben así los paralelismos históricos entre ambas épocas, las coincidencias evidentes entre el tiempo convulso, de confusión, revoluciones y cambios, que le tocó vivir a Lutero, y el que nos acongoja y desconcierta a nosotros en este siglo XXI. También el patrimonio común que compartimos con este hombre que vive a caballo entre la Edad Media y la Moderna quienes debemos superar hoy el vertiginoso salto al nuevo paradigma científico-tecnológico, político-social y religioso. Y seguramente el hilo conductor entre ambas realidades sea la necesidad de renovación. La que emprendió Lutero entonces y la que demandan amplios sectores de la sociedad hoy en distintos campos y lidera el papa Francisco en la Iglesia católica.
Efectivamente, el historiador Rafael Lazcano acude a las fuentes del pasado, pero no se queda en él. Observa ese pasado con la mirada limpia de prejuicios para entender al personaje y con él entender nuestro presente. Pero sobre todo para sentar las bases de un futuro mejor; un futuro en el que el diálogo, la convivencia y la confluencia entre confesiones hermanas sea posible.
Los últimos papas han hecho un notable esfuerzo en esa dirección. Muy recientemente el papa Francisco, precisamente coincidiendo con los fastos de homenaje a Lutero en su quinto centenario, ha rehabilitado su figura, reconocido el valor de su legado como reformador y hasta colocado una estatua suya en el Vaticano. Algo impensable hace tan solo unos pocos años atrás. Y la clave para seguir avanzando por ese camino de comprensión mutua y unidad es, como señala precisamente Rafael Lazcano en este libro, la apuesta por lo esencial: ese tronco común que es el Evangelio y Cristo como el núcleo que bombea la sangre a todo el cuerpo y lo dota de sentido.
Por eso, más allá de centenarios y celebraciones acotadas en el tiempo, este libro de Rafael Lazcano supone una enorme aportación al diálogo ecuménico y a la cultura religiosa y convivencial de Europa.