La necesidad de conversión de la Iglesia

(Esteban de Vega, en Sinite). Periferias se enmarca en una de las principales preocupaciones y deseos del Papa Francisco, la de hacer de las periferias el lugar nuclear de la evangelización y la presencia de la Iglesia, preocupación que, tal y como Andrea Riccardi expresa, viene ya del período en el que Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires y cultivó en su «teología de la ciudad».

Como la alusión al Papa aparece desde las primeras páginas, y muy especialmente en relación a su exhortación Evangelii Gaudium, el libro parece al principio que va a consistir en una especie de alegato, defensa y fundamentación de la dimensión teológica y social del Papa Francisco, que en otros sectores eclesiales está siendo contestada. De hecho, se dice claramente que la acción pastoral del Papa es la puesta en marcha de esta opción por las periferias, como por ejemplo la elección de muchos de los lugares que ha visitado: Lampedusa, Albania, Sarajevo, Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Cuba, México. Estas opciones concretas son la ejemplificación de una idea muy profunda que debería cambiar el rostro de la Iglesia, pues el cristlanismo debe renacer en los mundos periféricos y desde ahí llegar al centro. Sin embargo, a partir del segundo capítulo las referencias al Papa serán mucho más escasas, para hacer un recorrido sobre el pasado y el presente de la Iglesia, con vistas al futuro, dejando claro que la opción por las periferias debe ser una característica esencial de la Iglesia, que hunde sus raíces en el evangelio y que va mucho más allá de la moda o de la pretensión de un papa especialmente sensible a estos temas.

El libro consta de cuatro capítulos y en cada uno aborda la temática de las periferias de modo muy diverso, dejando claro, como hilo conductor de todos ellos, que la opción preferencial por los pobres es la esencia de la misión de la Iglesia. No es sólo un mensaje bueno o apropiado, sino el recuerdo y la insistenciaen una auténtica necesidad: la recolocación fundamental que la Iglesia debe hacer, de modo que a partir de ella se pueda evangelizar a todos los hombres desde “la fascinación convincente de la bondad y del amor”. Andrea Riccardi dice claramente que la opción de Dios por los pobres ha sido una constante en la historia de la salvación, pues Israel no era más que un pueblo periférico, nunca una potencia. Y en los primeros siglos de la Iglesia, en los que no se tardó en vivir la tentación de alejarse de la periferia, los santos padres recordaron insistentemente que el lugar de la Iglesia es el de las periferias, y que en las periferias es donde Jesús ha querido quedarse.

Pero a pesar de que este mensaje y orientación están claros, y de que los pobres siempre han estado en la Iglesia, se ha perpetuado una tendencia al divorcio entre la Iglesia y las periferias, de modo que Olivíer Clément pudo decir que «el verdadero drama [en la Iglesia] procede del divorcio entre el sacramente del altar y el sacramento del pobre”.

A partir de ahí, Andrea Riccardi dedica una parte bastante extensa del libro a hablar de los conflictos de la Iglesia, en la historia de los últimos siglos, con los posicionamientos sociales que, por defender precisamente a los pobres y luchar por sus derechos, se enfrentaron directamente con la Iglesia. Esta claudicó ante el empuje del socialismo y los pobres confiaron más en las posturas políticas que en la Iglesia. Es ahí donde el autor recuerda el movimiento de los sacerdotes obreros, de los años cincuenta, que tanta repercusión tuvo en el mundo desde la realidad de la Iglesia francesa, pero que terminó pocos años después de haber comenzado y del que, sin embargo, habría que rescatar muchos de sus elementos sin alimentar los conflictos que provocó en su momento.

Por las páginas siguientes del libro desfilan personas, actitudes y movimientos que en las últimas décadas han sido recuerdo y ejemplo concreto de cómo seguir apostando por las periferias como centro de la misión de la Iglesia, a veces en situaciones muy complicadas: cristianos en los campos de concentración nazis o en los Gulags rusos, posturas como las de Carlos de Foucauld y las fraternidades que de él surgieron, centrándose especialmente en las hermanitas, la comunidad de San Egidio, la vida y labor de Madeleine Delbrel… Todas ellas son posturas muy extremas; muy fuertes, a favor de los pobres y de las periferias, pero posturas necesarias en cada momento, porque el proceso de descentramiento requiero profundos cambios, de una comunidad eclesiástica a una Iglesia de pueblo.

El último capítulo es el que presenta un contenido menos conocido, pues se dedica fundamentalmente a la figura de los “locos de Dios”, personas concretas, fundamentahnente rusas, aunque no sólo, que hicieron una opción de vida tan profundamente marcada por el amor a Cristo en los pobres, que les hizo revestirse de rasgos que parecían auténtica locura.

Un libro interesante, sin duda, en el que Riccarcli, sin ocultar su amor entrañable a la Iglesia, no oculta la necesidad de conversión que está debe vivir para ser realmente la que debe ser, algo que el Papa Francisco está recordando constantemente. Sí convendría, con todo, como pequeña mejora a proponer, que el corrector del libro hubiera realizado una labor más exhaustiva en su tarea, porque hay unos cuantos errores de puntuación y de tipografía. Y también es necesario reconocer que la argumentación de algunos aspectos se hace en algún momento excesivamente repetitiva.

Esteban de Vega

Sinite 175-176 (mayo-diciembre de 2017)532-534.