Periferias

El profesor Riccardi necesita muy poquitas presentaciones. Yo debo decir que ya seguía sus pasos hacía mucho cuando tuve la fortuna de conocerlo personalmente hace ahora 16 años. Fue durante el Décimo quinto encuentro por la paz y el diálogo celebrado en Barcelona. Allí lo entrevisté para la revista 21. Fue una entrevista breve porque la apretada agenda del fundador de la Comunidad de San Egidio no permitía más. Pero aquel encuentro confirmó lo que yo ya imaginaba: que Andrea es un hombre cercano, afable y cordial, en coherencia con los principios que promueve a través de la organización que fundara en la periferia de Roma hace casi 50 años.
Desde entonces hasta hoy, la Comunidad de San Egidio ha sabido estar y ser. Estar en todos los lugares donde se necesitaba una propuesta de diálogo y encuentro, una palabra de acercamiento, una oración. Y ser mano tendida, abrazo cálido, voz profética frente a la guerra, la pena de muerte, el sida. Como son hoy pasillo humanitario, y por tanto luz al final del túnel, para los millones de refugiados que se juegan la vida intentando llegar a Europa.
Es fácil ahora, con la perspectiva de los años, afirmar que aquellas decisiones que dieron paso al movimiento fueron acertadas. Como lo es hacer balance y comprobar que han sido millones las personas beneficiadas en el mundo por su gestión contra las minas antipersonas, en procesos de paz como el de Kosovo o el de Guatemala, o en países literalmente arrasados por el Sida como Congo y Camerún. Lo difícil es haber mantenido la coherencia, haber resistido las presiones, superado la tentación de la comodidad y conservado la esencia y la identidad.
Esa esencia y esa identidad están claramente vinculadas a las periferias sociales y existenciales. Esas en las que nació la Comunidad, que han estado mal vistas a menudo, y que ahora todos citan (aunque no tantos pisen) porque ha puesto en ellas el papa Francisco el punto de mira, pero a las que siempre han acudido movimientos eclesiales de toda índole que buscaban escapar de la centralidad eclesial, como explica Andrea Riccardi en este magnífico libro que presentamos hoy.
Recuerda el profesor en “Periferias” que el papa Francisco “quiere poner a la Iglesia en contacto con la realidad incluso en sus aspectos más dolorosos y problemáticos”. Y hombres del papa, (si se me permite la expresión, porque no todos en la Iglesia de hoy lo son), como Andrea y como el cardenal Osoro, le están ayudando a conseguirlo.
Como se afirma en las páginas del libro, “No se puede seguir aceptando que la Iglesia sea únicamente el monumento de una historia pasada”. Andrea Riccardi forma parte de esa legión de hombres y mujeres que quiere volver a abrir las ventanas de la Iglesia para que la luz inunde de nuevo sus estancias y regenere su vida interior, como ocurrió con el Concilio Vaticano II. Y como él mismo afirma, “La regeneración de la Iglesia y de la vida cristiana parte precisamente de la pasión por las periferias y por los periféricos; más aún, del re descubrimiento de la gozosa tarea de vivir y comunicar el Evangelio en la periferia”.
En la editorial San Pablo, que lleva el nombre de alguien tan periférico como el apóstol de los gentiles, también lo creemos así. Y de hecho, estamos preparando una nueva colección editorial que se acerca a las una y mil periferias en que el ser humano es protagonista de injusticias, violencias, sufrimientos, humillaciones, dolor; y en las que el creyente tiene una respuesta de justicia, dignidad, misericordia o paz que ofrecer. Son muchos los cristianos que, solos o al calor de una institución, pisan esos caminos, abren nuevas sendas de encuentro y dialogo, apuestan por los olvidados, abrazan y acogen a hombres y mujeres periféricos. Andrea, como buen historiador, recoge en el libro muchos ejemplos de ello.
Yo, gracias a mi profesión de periodista especializada en temas sociales, he tenido la oportunidad de conocer de primera mano muchas de estas realidades. La pobreza extrema que degrada y deshumaniza en “slums” como el de Kibera, a las afueras de Nairobi, en Kenia. La injusticia que deja en la cuneta de la vida a tantas personas en países ricos en recursos como Brasil. El machismo que violenta a las mujeres en todos los lugares del mundo, pero que es especialmente sangrante en lugares como la India, donde nacer niña es visto como una maldición por la protagonista, su familia y la sociedad entera. En todas esas periferias, yo he encontrado una voz y una caricia de Iglesia. Hombres y mujeres entregados a ser las manos de Dios en el mundo, en expresión de O. Le Gendre. Decididos a restaurar dignidades, curar heridas, tender puentes, ofrecer un abrazo consolador. Y en muchos casos esas presencias de Iglesia misericordiosa tenían el sello de la Comunidad de San Egidio.
Pero el planteamiento de Andrea Riccardi en relación con las periferias va mucho más allá de hacerse presente donde el ser humano sufre. Porque el fundador de San Egidio está pidiendo a la Iglesia toda que se traslade a la periferia, que se descentre, que se haga periférica. Porque solo así, en su opinión, podremos recomenzar evangélicamente nuestra historia como comunidad creyente; porque solo de ese modo nuestro mensaje conservará la credibilidad y podremos contribuir a la construcción del reinado de Dios en la Tierra y ofrecer a este mundo inquieto y confuso del siglo XXI la Buena Noticia de que hemos sido salvados por el Amor.
Para la editorial San Pablo, que quiere transitar también por esa senda de la renovación, atenta al rumor de lo contemporáneo para ofrecer respuestas convincentes a los hombres y mujeres de hoy, es un inmenso honor volver a editar en España la obra de Andrea Riccardi y poder ofrecer a los lectores este libro lúcido, consistente, bien argumentado y valiente, que no huye de las contradicciones y preguntas. Un libro que anima a practicar un cristianismo con auténtico sabor a Evangelio.
Ojalá su lectura sirva para que todos volvamos la mirada hacia las periferias y optemos por ellas. Y para que así, desde ellas, todo pueda renacer de la mano del Hombre-Dios que nació en la periferia y murió como un periférico: Jesús de Nazaret.