Prólogo de Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga para Los hombres de Francisco

Cuando en febrero de 2001 san Juan Pablo II impuso la birreta cardenalicia a cuarenta y cuatro nuevos cardenales, ninguno sabíamos que entre nosotros –yo era uno de esos cuarenta y cuatro, y era el primer cardenal creado en mi país, Honduras– también estaba presente el futuro Papa, el arzobispo de Buenos Aires, el jesuita monseñor Jorge Mario Bergoglio. Él venía de Argentina, sonriente y aparentemente un poco tímido; estaba allí, junto a nosotros en la Plaza de San Pedro, emocionado, esperando ser llamado por el Santo Padre para recibir la birreta y el título cardenalicio.

En dicha ocasión, el papa Wojtyła tuvo una memorable homilía en la que nos explicó cuál sería nuestra misión tan pronto como regresáramos a nuestros países de origen:

«Vuestro servicio a la Iglesia –dijo el Papa polaco– se manifiesta brindando al Sucesor de Pedro vuestra asistencia y colaboración para aliviar el duro trabajo de un ministerio que se extiende hasta los confines de la tierra. Junto con él, debéis ser defensores extenuantes de la verdad y guardianes de la herencia de la fe y de las costumbres que tienen su origen en el Evangelio. El Papa cuenta con vuestra ayuda al servicio de la comunidad cristiana, que se introduce con confianza en el tercer milenio».

Estas palabras de san Juan Pablo II quedaron grabadas en nuestros corazones y también en el de nuestro papa Francisco, quien primero en sus años como arzobispo de Buenos Aires y ahora como papa está poniendo en práctica todo lo que se le pidió desde el momento en que fue ordenado sacerdote, y luego arzobispo y cardenal.

Pasados algunos años, las congregaciones generales que precedieron al cónclave de 2013 fueron vividas por nosotros, los cardenales llamados a elegir al nuevo Papa, en ese espíritu, un espíritu de servicio a la Iglesia universal para encontrar un digno sucesor de Benedicto XVI que pudiese curar las heridas de una Iglesia afectada por múltiples escándalos. El discurso del arzobispo de Buenos Aires nos sorprendió: el cardenal Bergoglio apareció humildemente, casi disculpándose por tomar la palabra; sin embargo, planteó algunos interrogantes que fueron muy bien acogidos por muchos cardenales y que hasta entonces no habían sido abordados. Nos habló de la alegría de evangelizar, de la necesidad de salir e ir a las periferias, «no solo geográficas, sino también existenciales», advirtiendo que «cuando la Iglesia no sale a evangelizar, se convierte en autorreferencial y se enferma» de narcisismo teológico, creyendo involuntariamente tener una luz propia. Bergoglio habló de la Iglesia mundana, que vive en y por sí misma, aclarando que «este análisis debe arrojar luz sobre los posibles cambios y reformas que se deben hacer para la salvación de las almas». Recuerdo que antes de concluir su breve discurso, el arzobispo de Buenos Aires trazó un retrato robot del futuro Papa diciendo: «Pensando en el próximo papa, necesitamos un hombre que, desde la contemplación y la adoración de Jesucristo, ayude a la Iglesia a salir de sí misma hacia la periferia existencial de la humanidad, de tal modo que sea una madre fecunda de la “dulce y reconfortante alegría de evangelizar”».

En esos días fue cuando hablamos de la necesidad de hacer que el Vaticano y la Iglesia estuviesen más conectados y fuesen más universales, y también reflexionamos sobre cómo afrontar las heridas de las persecuciones de los cristianos en el mundo, las intervenciones sobre el IOR (Instituto para las Obras de Religión, popularmente conocido como el Banco Vaticano), la reforma de la Curia romana y muchas otras cosas (la masonería, los lobbys, Vatileaks…). No puedo contar lo que ocurrió dentro de la Capilla Sixtina durante el cónclave, pero te puedo decir una cosa: cuando empezó a surgir la figura del arzobispo de Buenos Aires como el posible nuevo papa, los famosos grupos clericales de los que Francisco hoy habla bastante, empezaron a mover sus hilos para obstaculizar el designio de Dios que estaba por realizarse. Alguien, que propugnaba otros cardenales papables, incluso empezó a correr la voz en Santa Marta de que Bergoglio estaba enfermo, de que le faltaba un pulmón. Entonces me armé de valor, hablé con otros cardenales y dije: «Está bien, voy a preguntarle al arzobispo de Buenos Aires si eso que dicen de él es realmente así, si de verdad está muy enfermo». Así que fui a verlo. Me disculpé por la pregunta que iba a hacer, pero el cardenal Bergoglio, muy sorprendido por la pregunta planteada, me confirmó que aparte de algún problema con la ciática y una operación menor en su pulmón izquierdo por la extracción de un quiste cuando era niño, no tenía grandes problemas de salud. Fue un verdadero alivio: el Espíritu Santo, a pesar de los obstáculos de algún grupo, soplaba sobre la persona justa. Para mí fue una gran emoción verlo vestido de blanco, esa noche del 13 de marzo de 2013.

A partir de ese día todo cambió, y hoy con Francisco, como se comprenderá mejor a través de las páginas de este libro, está cambiando también la configuración del Colegio cardenalicio, todavía más abierto al mundo, a los famosos confines de la tierra, de los que habló san Juan Pablo II en su homilía de nuestro consistorio de 2001. Las Islas de Tonga, Birmania, Cabo Verde, Bangladés, la República Centroafricana, Panamá, El Salvador, Siria (con la sensacional elección de crear cardenal al nuncio apostólico en servicio en esa tierra atormentada), aquí están las periferias del planeta que hasta hoy nunca habían tenido un cardenal y que el papa Francisco quería «premiar» con la púrpura. Porque la Iglesia sale de sí misma y llega a estos lugares remotos del planeta. No es casualidad que, en su primer consistorio de febrero de 2014, el Santo Padre quisiera hablar desde el corazón a sus nuevos primeros cardenales:

«A diferencia de los discípulos de entonces –dijo Francisco–, sabemos que Jesús ha ganado, y no debemos temer a la cruz, de hecho, en la cruz tenemos nuestra esperanza. Sin embargo, también somos humanos, pecadores, y estamos expuestos a la tentación de pensar como los hombres y no como Dios. Y cuando pensamos de una manera mundana, ¿cuál es la consecuencia? El evangelio dice: «Los otros diez estaban indignados con Santiago y Juan» (Mc 10,41). Ellos se indignaron. Si prevalece la mentalidad del mundo, entonces aparecen las rivalidades, las envidias, las facciones…».

Oh sí, las facciones, esas facciones famosas, que querían impedir el designio del Espíritu Santo y que finalmente tuvieron que capitular ante la voluntad del Señor Jesús. Los nuevos cardenales creados por el papa Francisco son todos hombres de Dios, todos con una historia diferente, llamados al frente para llevar el mensaje del Pontífice a los cuatro rincones de la tierra, llamados a ser «pastores con olor a oveja». Los cohermanos entrevistados por Fabio Marchese Ragona relatan en este volumen su experiencia, su servicio a la Iglesia y al Papa, explican cómo la Iglesia de hoy se confronta con un mundo cada vez más globalizado, desde África hasta Oceanía, entre la pobreza, las guerras civiles, la crisis vocacional, la secularización y el avance de las sectas, con la certeza de que las heridas de la Iglesia se están curando lentamente. Una historia inédita de la viva voz de los «hombres del papa Francisco» que con armonía y delicadeza nos explican los desafíos a los que se enfrentan en la Curia romana y en los países donde llevan a cabo su misión.

Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga

Arzobispo de Tegucigalpa (Honduras) y coordinador del G-9 del papa Francisco.