Prólogo de Espido Freire para Mejor será que hilen

¿Qué puede decirse nuevo, a estas alturas de Teresa de Jesús, esa misteriosa monja abulense, esa mujer molesta en su época (y en muchas otras), esa escritora apasionada, esa enferma crónica, esa mística entre dogmáticos, esa religiosa reformista, ese símbolo de una época y una forma de vida?

¿Ha quedado algo aún por analizar tras el V Centenario, en el que mentes pensantes, fervorosas, escépticas, desgranaron con detalle su pensamiento y su palabra, su mente y e incluso el estado de su cuerpo en vida y su cadáver en muerte? Tras los congresos y las publicaciones, tras la excusa para los fieles para visitar sus fundaciones o celebrar su figura, ¿resta aún algún rincón oscuro?

Espido Freire

Pilar Huerta Román demuestra que sí, y con su nuevo libro (el anterior, El telar de la palabra, ya centraba su atención en la Santa por antonomasia, en el Libro de la Vida) demuestra algo que conviene recordar: la fascinación por los clásicos no cesa. Mientras las palabras de Teresa despierten un eco en la sociedad contemporánea, regresaremos a ella una y otra vez, para reinterpretarlas y actualizarlas, para convertirlas en pulpa nueva con la que crear papel sobre el que fijar palabras propias.

En este caso, la obra se acerca a Camino de perfección, una obra menos citada y menos conocida por el gran público que el Libro de la Vida; Teresa tenía la sensación de abordar en esta ocasión una obra menor (la llamaba el librillo) por comparación con la que consideraba más contundente y seria, el libro grande. Teresa, exuberante, inquieta, sentía que debían contar más, o mejor, su experiencia con la oración. Su propósito pedagógico resulta evidente: quiere allanar ese camino a sus hijas, a sus hermanas. El primer núcleo de las nuevas Carmelitas eran pocas, apenas una docena, y jóvenes. Imbuidas de un genuino deseo de orar como lo hacía Teresa, y de obtener lo que intuían que se encontraba más allá de los ritos vacíos y la hipocresía generalizada. El Camino de Teresa encontraba un equilibrio entre la desbordante emoción de estas jóvenes, el enamoramiento de Su Majestad, y el desarrollo de una madurez que permitiera comprender qué sentían y vivir lo que no comprendían ni podía explicarse.

Teresa se adentra, por lo tanto, en el terreno de lo incomprensible, de lo inefable. Y Pilar, quinientos años más tarde, intenta acercarnos, más allá del envejecimiento del lenguaje, de la distancia histórica y de una experiencia intimísima, qué hay en sus palabras y en sus enseñanzas.

No olvidemos que la oración mental, el acceso a esa riqueza espiritual, les estaba vetado a las mujeres: los teólogos de la época, y no pocos de los posteriores, creían que las religiosas debían conocer los rudimentos de la oración, y ocuparse después en cuestiones útiles y prácticas, como hilar. El servicio dentro de la Iglesia ha sido siempre alentado entre las mujeres, y, sin menospreciar esa tarea inacabable, cabe preguntarse por qué no seguir el camino de la fundadora: además de su inconfundible estilo, Teresa entremezcla sus palabras con las de Lucas, el Evangelista, el más cercano a las mujeres, el más sensible. De Mateo. Del Antiguo y Nuevo Evangelio.

Este es, ante todo, un canto de amor: de Pilar por Teresa, de Teresa por los otros, de ambas (y de todos aquellos cuyas voces reflejan y unen) a Dios. A través del primor de la palabra escogida, permeado por muchas lecturas, reflexión y estudio. Por mucho que Teresa afirma en repetidas ocasiones que no hay sistema en su obra, sino que es más bien fruto de una inspiración, la Santa conserva un orden en esa apasionada descripción de cómo avanzar en el camino. Ese desorden aparente es la materia de trabajo de Pilar, que sistematiza, ordena y explica de manera precisa los sistemas de la fascinación por esa obra.

Un camino tiene sentido si se abre para muchos, si desbroza una senda para quienes vendrán después. El camino de Teresa continúa abierto, pero necesita, de vez en cuando, que alguien pode algunas zarzas: ningún camino que merezca la pena se completa sin esfuerzo. Para quienes se aproximen por primera vez a las palabras teresianas, el libro de Pilar será un bastón en el que pueden apoyarse, una guía para principiantes. Pondrá en relación textos muchas veces leídos, y otros que han quedado olvidados en oficios, pero que laten bajo las frases de Teresa.

Para quienes nos hemos adentrado ya en las palabras de Teresa, encontramos matices que no hubiéramos visto ni se nos hubieran ocurrido, y una mirada docta y cómplice, dulce y rigurosa, a la que se escapa poco. Una visión que no deja fuera la complicidad femenina, que muchas veces se añora en los estudios teresianos.

Convertida, fusionada en una con el Esposo, Teresa funde sus palabras con las suyas. Pilar, en esa misma comunión, nos lleva del agua viva de Juan el Evangelista a los Salmos, que quizás expliquen mejor las complejidades de la oración mental que cualquier otro texto sagrado, a las riquísimas metáforas de riqueza del Castillo Interior, Templo de Salomón, que auguran Las Moradas. Es un auténtico placer leerla y contagiarse de su entusiasmo y de la originalidad de algunas explicaciones de textos bien conocidos. Como una buena guía forestal, indica en silencio hacia donde mirar en el bosque para observar aquello que se nos había pasado por alto. Ha recorrido muchas más veces que nosotros ese Camino.

Espido Freire

Septiembre 2017