Prólogo de José Martínez de Velasco para Lobos con piel de pastor

El 19 de marzo de 2010, justo ocho años antes de poner el punto final a este prólogo, Benedicto XVI hacía pública su Carta pastoral a los católicos de Irlanda, el documento más importante publicado por la Santa Sede desde que estalló el escándalo de la pederastia en la Iglesia católica. En él, el Papa mostraba su desolación por la magnitud de la crisis de los abusos sexuales de menores en la Iglesia irlandesa:

Comparto la desazón y el sentimiento de traición que muchos de vosotros habéis experimentado al enteraros de esos actos pecaminosos y criminales y del modo cómo los afrontaron las autoridades de la Iglesia en Irlanda […]. Que nadie se imagine que esta dolorosa situación se va a resolver pronto. Se han dado pasos positivos, pero todavía queda mucho por hacer.

Ratzinger, recuerda Juan Ignacio Cortés, identificaba varios factores como causa del escándalo y contra los que había que actuar con urgencia: procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y la vida religiosa; insuficiente formación humana, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados; tendencia a favorecer al clero y otras figuras de autoridad; así como preocupación desmesurada por el buen nombre de la Iglesia.

La carta de Benedicto XVI, en la que se dirigía directamente a cada uno de los colectivos actores de este drama, ponía el dedo en la terrible y profunda llaga que venía abriéndose en la Iglesia católica desde varias décadas atrás por la escalada de las denuncias de todo tipo de abusos y pederastia en el seno de la institución. La crisis alcanzó su punto álgido al estallar dramáticamente y con una virulencia imparable en los Estados Unidos, en enero de 2002, como reacción social a un reportaje de investigación sobre la pederastia y el ocultamiento del delito por la jerarquía eclesiástica en la diócesis de Boston, publicado en el periódico The Boston Globe, y que llevaría en 2015 a la realización y estreno de la película Spotlight basada en esa investigación y que sirvió para visualizar en las pantallas de cine de numerosos países de todo el mundo la realidad que había venido negándose y ocultándose sistemáticamente por el abuso clamoroso del poder y de la doble moral que durante siglos ha sido una de las señas de identidad de la Iglesia católica en algunos de sus miembros y de su jerarquía.

Este escándalo terrible al que el papado no quiso o no supo poner freno durante décadas, esta geografía del horror que ha afectado a tantos menores en los cinco continentes, el desprecio o la arrogancia hacia las víctimas, el código de silencio impuesto como consecuencia de una cultura clerical basada tanto en el secreto como en la idea de que los sacerdotes forman parte de una especie de casta elegida a la que, además, se le ha preparado poco o nada para integrar la dimensión afectiva en un modo de vida basado en la renuncia al ejercicio activo de la sexualidad, son las cuestiones que aborda y estudia valiente y honestamente en su libro Lobos con piel de pastor este periodista independiente y de raza que es Juan Ignacio, y al que agradezco que me eligiese para escribir este prólogo.

El resultado de su trabajo queda patente en este reportaje, como él mismo lo califica, que denota una extraordinaria tarea de investigación sobre esta realidad y que plasma en un minucioso y documentado resumen de lo acontecido, de lo reconocido y de lo silenciado desde finales del concilio Vaticano II hasta prácticamente ayer con las desafortunadas palabras del papa Francisco en Chile, luego enmendadas, sobre la terrible y tozuda realidad de la pederastia en la Iglesia católica.

Este no es un libro científico, ni aspira a ser un libro definitivo sobre el tema de los abusos sexuales de menores en la Iglesia católica, dice el autor. Es verdad que este tipo de abusos no ocurren solo dentro de la Iglesia –reconoce– pero no es menos cierto que ninguna institución como la Iglesia católica puso en marcha un mecanismo tan sistemático de encubrimiento de los abusos. «Creo –señala Cortés– que, en muchos aspectos, es verdad lo que dice F. L. (una de las víctimas españolas) al final de una de sus cartas al papa Francisco: en el caso de la pederastia dentro de la Iglesia hay muchos lugares –y España está sin lugar a dudas entre ellos– donde “sobran palabras y faltan hechos”. Pero también es verdad que sin palabras nunca habrá hechos, no habrá una decisión firme de investigar con diligencia los casos de abusos sexuales de menores a manos de clérigos católicos y, sobre todo, de atender a las víctimas».

Son muchos los que opinan que la lucha contra la pederastia dentro de la Iglesia católica ha dado un salto cualitativo con Francisco. Es verdad que las actuaciones de la Santa Sede distan a veces de ser ejemplares, pero no es menos verdad que con este papa se han aprobado medidas hace poco impensables… Las incógnitas en este punto son dos. La primera es si Francisco logrará consolidar la política de tolerancia cero hacia los sacerdotes pederastas y sus encubridores dentro de la Iglesia católica en los años que le queden de pontificado. La segunda es si su sucesor seguirá esa misma política o volverá a los oscuros tiempos del trasladar y callar.

«En la respuesta que dé a estas dicotomías –señala Cortés–, en la dirección que tome para dejar atrás la encrucijada en que se halla, la Iglesia se juega buena parte de su credibilidad y ascendiente moral sobre un mundo realmente necesitado de luces y esperanzas para atravesar el desierto de estos tiempos oscuros, repletos de avaricia, pobreza intelectual y miseria moral. La lucha contra la pederastia dentro de la Iglesia católica camina de la mano con la búsqueda de una Iglesia más abierta al mundo, hecha de personas adultas no infantilizadas, más fraternal que feudal, menos machista y clerical. En este sentido, tal vez la crisis de los abusos sexuales de menores sea una oportunidad. Que la Iglesia la aproveche o no es algo que está por ver».

José Martínez de Velasco
Periodista y autor de Los Legionarios de Cristo y Los documentos secretos de los Legionarios de Cristo