¿Qué pinta Dios hoy?

Antonio García Rubio, Vicario parroquial de San Blas

Los creyentes, en principio, no albergamos dudas sobre lo que Dios pinta hoy. Incluso sobre lo que pinta para mucha gente aparentemente indiferente pero que sabemos reza en su angustia y en sus tribulaciones. No es ateísmo todo lo que reluce.

Pero lo que no está tan claro es si los predicadores de Dios son conscientes de la imagen de Dios que transmiten.

Ahí, en esa contradicción entre lo que creemos y lo que predicamos y transmitimos –también con la vida, no sólo con las palabras, muchas veces una transmisión sin consciencia, sin darnos cuenta–, puede estar dándose un desfase grave, que es la antesala o el salón de la profunda crisis de fe que experimenta el hombre del siglo XXI.

Este es un hombre despierto y abierto, sin prejuicios ante todo tipo de conocimientos, que no está dispuesto ya a tragar con la presentación de un Dios que sea un producto infantil, o intelectualmente poco aceptable, o vitalmente no creíble.

En este sentido os puedo contar una historia: la del dios menor del padre de un científico español, contada en el avión de regreso de París.

A los no creyentes: ateos, agnósticos o indiferentes no les vamos a seducir ni por las sutilezas de nuestros lenguajes, ni por la apuesta piadosa, rigorista en la traducción arcaica del latín y ritualista de las nuevas traducciones del misal romano.

Pero no es sólo una dificultad proveniente de los lenguajes que usamos.

Más bien existe una grave sensación de carencia de una renovada conversión personal y comunitaria, que propicie la creación de nuevos ambientes comunitarios y de fe. Si esos ambientes alegres y fraternos se dan en la vida pastoral de la Iglesia, se podrá reiniciar una novedosa y auténtica evangelización. Esta se realizará tête à tête, en el «tú a tú».

Ha de ser un ambiente orante, sirviente, festivo, comunitario el que procure la conversión de los hermanos por su fuerza vital y espiritual, y el que nos ayude en la propia conversión personal y comunitaria.

Es un buen ejemplo el Monasterio de la Conversión de las Hermanas Agustinas de Sotillo de la Adrada.

El pueblo, que está profundamente desconcertado, y mayoritariamente va abandonando la Iglesia de un modo progresivo, espera una respuesta que parta de la vida conversa y humilde de la comunidad creyente y a la vez, de una Iglesia que viva como una hermana más con su pueblo, que se gane su confianza, y que adquiera una palabra adecuada para la comprensión de los pobres, los excluidos, los rotos, los inconformistas, o los que tienen un gran nivel de exigencia cuando de creer o confiar en alguien se trata.

Una Iglesia que se adecúe a las vivencias y sentimientos del pueblo porque los comparta.

Por eso, podemos decir que existe un problema de lenguaje y algo más que problema de lenguaje. Es un problema de conversión.

El padre Fernando Cordero es un crack de la comunicación, capaz de beber en todos los pozos del mundo, seleccionando las aguas más puras para poder beber él y para dar a beber a los hermanos, incluso cuando el agua viene mezclada con las grandes contradicciones de nuestra época.

Fernando acaba siempre encontrando la más fina gota de agua que nos despierte o nos encauce la sed inherente · de Dios que traspira el corazón inquieto y saturado de cada persona.

Es este un don que no poseen muchas personas, y que, en el caso de Fernando Cordero, es algo que brota de su ser con absoluta naturalidad.

Fernando, en todo lo que vive, lo que ve, lo que lee, lo que sucede, lo que acontece, lo que olfatea, o lo que adivina, encuentra algún detalle que le lleva al centro de su vocación y de su misión, a su gran pasión por Dios.

Fernando busca a Dios en todo y por todos los caminos. Y siempre encuentra algo humano que le hable secretamente, o a voces, de nuestro Dios.

Una muestra singular es este texto que hoy nos reúne. En él encontramos cientos de citas de innumerables autores y personas, de quienes Fernando bebe y a quienes Fernando acaba encaminando en la dirección en la que él busca. Se adentra en las historias reales, personales o ficticias hasta que, por la vía de la compenetración y de la comprensión, llega al umbral mismo del Misterio de Dios.

Fernando siempre llega. Los autores y los textos que él trata pueden adolecer de ausencia de Dios de un modo visual, sin embargo, él tiene la virtualidad de acabar haciendo presente el Misterio que secretamente esconden.

Leyendo con paz y quietud, y dejando que cada capítulo nos sorprenda, uno adquiere la convicción de que sólo parece ser cuestión de afinar la mirada, y de aprender, con él y como él, a usar el lenguaje sugerente de las imágenes y de las metáforas, del que básicamente se sirve el mismo Evangelio de Jesús.

Recuperando el camino narrativo, que se embebe de la realidad, pretende provocarnos al encuentro con Jesús. Y lo hace de un modo alegre y jovial, esperanzado y positivo, como es él, y con una fina y desarrolladísima inteligencia de la fe.

Este camino es, según Fernando Cordero, el mejor a la hora de aprender lo mucho que Dios pinta en la vida, y muy especialmente en la vida actual. Y hemos de fiarnos de él para leer con mucho gusto este libro lleno de sorpresas.

Una vida plagada de una apariencia de alejamiento de la fuente de Dios, y, sin embargo, llena de hombres y mujeres, confundidos y abarrotados de todo tipo de información, pero que tienen el corazón preparado para explosionar en fe y vida nueva en cualquier momento.

Para aprender esto basta con acudir a este supermercado que Fernando Cordero nos ha montado magistralmente en su libro ¿Qué pinta Dios hoy? Y que ahora un amplio grupo de sus amigos, colaboramos para acercarlo a vuestra lectura.

Ahí tenéis un supermercado prodigioso de ejemplos memorables: la mandarina del inicio de las clases de Javier Fariñas, y el necesario contacto con la realidad; la historia de las dos libélulas, de Carmen Pellicer; la cruz del cardenal Sancha, que se empeña a cada paso; los erizos que se dan calor de Schopenhauer; la madre María Eufrasia librando la batalla a favor de las prostitutas; el abaha del pueblo betibantú, casa de todos y de hospitalidad y solidaridad; la silla roja vacía, grito, llamada, para el que no está, que cuenta Rodríguez Olaizola;·la última cena en De dioses y hombres, de Xaviér Beauvois; las fotos de la Mona Lisa en el Smartphone, porque enseñamos más que vivimos; los padres drones en la educación que desconfía de los profesores; Verónica Macedo de la Asociación Nacional de Clowns, multiplicando sonrisas en los hospitales; Gianni Rodari, un señor maduro con una oreja verde y las orejas verdes de María…

«Probadlo todo y quedaos con lo mejor». Quedaos con Dios, que aparece sublime en todos y cada uno de los rincones de estas historias que nos cuenta, y de paso aprended a verlo presente y activo en vuestra propia historia. Porque este es un libro para aprender a ver, a contemplar, a respirar desvelando la realidad y trascendiéndola, que es el mejor oficio de la espiritualidad del momento presente, y la más hermosa enseñanza de Fernando Cordero.

Armaos de boli y cuaderno y anotadlo todo. Repensadlo, llevadlo a la oración, y os encontraréis con el velo que cubre el rostro de Dios y que os acerca al Misterio de Dios que está tan profundamente enraizado en el hombre, en sus decisiones, en sus obras, en sus escritos, en su arte, en sus ambientes, en sus cuentos e historia. Y nos lo dice igualmente la naturaleza y la cultura.

Enamorémonos de la búsqueda de Dios y con el boli y el silencio orante, todo acabará cargado de significado y de presencia. Dios pinta en todo. Porque es la esencia y la vida de todo.

¿Qué pinta Dios hoy? Uno de sus textos nos lo revela bellamente, como casi todos. Elijo este con la seguridad de que resume a la perfección lo que es este magnífico libro:

«El Reino se va abriendo paso sin triunfalismos, como la levadura en la masa. Sus inicios son pequeños, como pequeños somos cada uno de nosotros comparados con la grandiosidad del Universo. Pero esta pequeñez es maravillosa. ¿No es maravilloso que una porción de levadura termine por fermentar un pan que va a saciar a un centenar de personas? La medida de la levadura nos lleva a nosotros a cambiar nuestros cálculos y medidas. Pensar y actuar en clave de Reino es, en primer lugar, meter las manos en la masa, pringarnos y, luego, dejarnos admirar y condicionar no por nuestros pesimismos, sino por la fuerza transformadora de lo pequeño, auténtica banda sonora del proyecto de Jesús».

Ahí está Fernando, metiendo las manos en la masa de la vida a lo largo de este precioso libro, pringándose con ella, y luego enseñándonos a nosotros a cómo utilizar la vida para hacer de ella un camino que se dirija al encuentro con el Dios del Evangelio.

Un camino que juega con la fuerza transformadora de lo pequeño, que goza con ello, que goza con cada uno de nosotros y con cada uno de las pequeñas historias de nuestras vidas, para acabar provocando una verdadera e increíble vocación de amor, y el más bello encuentro apasionado con Dios, que lo trasciende todo, lo penetra todo y lo invade todo, y lo pinta todo de colores increíbles.

Leedlo, comedio, gustadlo y hacer partícipes a otros de semejante manjar.

Antonio García Rubio