Reflexiones penetrantes sobre el corazón humano y sobre el Padrenuestro

(Pablo Largo, en Ephemerides Mariologicae). Lutero escribió varios comentarios al padrenuestro. El que aquí –El Padrenuestro de Martín Lutero– se ofrece en traducción española es el que publicó en 1519, en que se reelabora otro de 1518 en el que Juan Agrícola recogió una serie de sermones luteranos sobre la oración dominical.

El reformador ofrece un comentario a la invocación inicial y a las siete peticiones del padrenuestro. El comentario va precedido de dos breves consideraciones sobre la forma en que se debe orar y las palabras con que se debe orar (vuelve sobre ello al exponer la invocación inicial) y va seguido de un sumario y elenco de los argumentos tratados, expuesto a modo de diálogo entre el alma y Dios. El traductor ha añadido una Introducción, una cronología detallada de Lutero (pp. 161-170) y algunas notas a pie de página para indicar las referencias bíblicas y para explicar algunos términos del comentario.

La extensión de la explicación de cada petición varía: las más amplias son las que se dedican a las peticiones primera (santificación del Nombre), tercera (voluntad de Dios) y cuarta (el pan cotidiano); esta última se prolonga por 30 páginas y en ella hace Lutero un comentario palabra por palabra. El texto va destinado al «simple laico» y está escrito en un estilo vigoroso, con expresiones y comparaciones muy plásticas. Es un diálogo con el lector y contiene diversas críticas y denuncias. Refleja la estructura mental de Lutero, con sus drásticas antítesis, como la siguiente: «Dios lo es todo, rrúentras el hombre se ve reducido a la nada» (37); o esta otra, en la que ejerce de «maestro de la sospecha» –si cabe expresarse así–: «existirá una buena voluntad en el hombre cuando no haya en él voluntad alguna» (83; véase todo el contexto, que invita a desconfiar sistemáticamente de la propia voluntad, pronta al autoengaño).

Encontramos en él motivos típicos de la teología luterana: el soli Deo gloria y el teocentrismo de la vida y la oración del cristiano, la importancia de la Palabra de Dios (es ella la que se pide al pedir el pan de cada día) y la importancia de su predicación, la radicalidad de la fe, el simul justus et peccator (al menos, en esbozo), Cristo como nuestra única justicia, la confianza en la misericordia divina y no en las buenas obras. Aparecen también las críticas o, como mínimo, reservas respecto a las peregrinaciones (65-66, 122) y las indulgencias (22s, 106, 118s, 121-123, 130). Hablando de estas, contrasta la bula sellada con las heridas de Cristo y confirmada con su muerte con las indulgencias de Roma, que –dice él– casi han borrado y podrido la de Cristo bajo su lluvia torrencial (122); pero añade más adelante: «No desecho las indulgencias de Roma, pero me placería que se diese a cada cosa la dignidad que verdaderamente le corresponde» (123). En dos ocasiones se menciona el rosario: aunque critica la confianza excesiva que se pone en él y en otras oraciones vocales (22-23), no lo desecha; incluso propone echar mano de él frente a la tentación (138).

Llama la atención la valoración que hace de la vida presente: es mísera, peligrosa, lamentable, penosa, maldita, escarnio del nombre y de la gloria de Dios, una vida de pecado, pura desobediencia a la voluntad de Dios, etc. (pp. 27, 31, 38, 40, 58, 63, 72, 77, 134); es también una batalla continua (61, 73, 136ss). Probablemente, por lo que se refiere a las notas de mísera y penosa, «era un sentimiento compartido en ese siglo (Santa Teresa de Jesús la presenta como una mala noche en una mala posada), pero da la impresión de que la visión luterana agudiza más que otras esa percepción.

El texto abunda en citas de la Escritura, entre ellas un pasaje de la carta de Santiago (que más tarde será tachada como epístola de la paja); contiene muchas reflexiones penetrantes sobre el corazón humano y sobre aspectos de las peticiones del padrenuestro, p. ej., las consideraciones sobre el modo de profanar el nombre de Dios. Es interesante el juicio de un censor italiano cuando le presentaron la obra callando el nombre del autor: «Dichosas las manos que han escrito estas cosas, dichosos los ojos que las ven, dichosos los corazones que dan crédito a este libro y claman así a Dios». La edición, desde el punto de vista tipográfico, está cuidadosa y elegantemente presentada.

Pablo Largo

Ephemerides Mariologicae LXVIII, fasc. I-II (enero-junio de 2018) 197-198.