Palabras de vida

(Txema Pascual, en Catequética). Las palabras del Cardenal Martini nunca te dejan indiferente. O te abren los ojos como platos o te sumergen en una profunda reflexión o te abren puertas que te retan a que las vayas traspasando poco a poco. Son palabras de vida, en cuanto que te animan a vivir, y son palabras de amigos en cuanto que hay tal confianza que te llegan al corazón.

Además, Martini tiene tal credibilidad, avalada por su historia personal, que es de las pocas personas en la Iglesia actual cuyas palabras son acogidas con cariño y asombro por todos los públicos.

En Creo en la vida eterna nos habla de la muerte y de los “novísimos” con la sencillez que él sabe hacerlo. Primero da un repaso al miedo a la muerte y lo que esto supone y por qué. Y luego aborda los temas del cielo, el juicio, el infierno, el purgatorio, etc. Lo hace con sencillez y brillantez. El último capitulo es una oración con estos temas, pero no son simples oraciones sin más, sin o que tienen una buena carga de reflexión y de sabiduría.

Libro muy recomendable y legible.

Txema Pascual

Catequética 54-3 (mayo-junio de 2013) 211

La fuerza y la debilidad de la familia hoy

(B. A. O., en Proyección). El Cardenal Martini fue siempre reconocido por su hondo sentido pastoral, que puso de manifiesto en sus largos años al frente de la diócesis de Milán (1980-2002). Y entre los problemas que tuvo que afrontar en aquella sociedad sometida a un fuerte proceso de cambio se cuentan los relativos a la familia. Familias en exilio es un testimonio de ello. Giuliano Vigini, que ya se ha ocupado varias veces en sus escritos del Cardenal Martini, ha recogido ahora distintas intervenciones de este sobre la familia. Proceden de discursos, homilías, conferencias o incluso apuntes personales. En ellas se tocan aspectos tanto psicológicos y humanos como religiosos: la fuerza y la debilidad de la familia hoy, los conflictos en que se ven envueltas muchas familias, pero también las posibilidades que ofrece, sobre todo cuando se acerca uno a ella con una mirada cristiana. Una preocupación siempre presente en estas páginas es la educación, una educación que ha de ser continua para hacer frente a los cambios.

B. A. O.

Proyección LX (2013) 106

La esperanza de un nacer en Dios

(Teófilo Viñas, en La Ciudad de Dios). «Con esta reflexión, inspirada en el último artículo del Símbolo de los Apóstoles –nos dice en el Prólogo G. Vigini–, se nos introduce en el corazón de la fe y la esperanza cristianas». De hecho lo que aquí –Creo en la vida eterna– nos ofrece el recientemente fallecido Card. Martini nos invita a superar el miedo a la muerte, instintivo en todo ser humano y que tantas veces acaba en situaciones de angustia paralizante. La superación del miedo da paso a una gozosa experiencia de paz. Pero la victoria sólo se consigue poniéndose confiadamente en los brazos de un Dios que se nos ha revelado como Padre amoroso y que nos quiere siempre, en vida y en muerte, a su lado.

No, no hay recursos mágicos para ello; sencillamente hay que dejar que penetre hondo el contenido de estos títulos que llevan los apartados del libro: «Vencer el miedo a la muerte», «No se vive para la muerte, sino para la vida», «Palabras de vida eterna», «Vigilantes en la espera», «La fuerza de la consolación de Jesús», «La revelación de la belleza que salva», «El amanecer de un mundo nuevo», «El asombro de la mañana eterna» y «El día del nacimiento en Dios». Si, al tiempo que se ahonda en ellos, se toma conciencia de que el Dios en quien creemos nos acompaña en nuestro caminar y avivamos la confianza en su perdón y su acogida, acabaremos convencidos de que el miedo a la muerte y a otros miedos que lleva aparejados han huido de nosotros y ha brotado la esperanza de un nacer en Dios.

El Cardenal Carlo Maria Martini que recorrió este itinerario, nos transmite sus propias experiencias desde una escucha atenta de la Palabra de Dios, con la que estaba familiarizado precisamente por su dedicación a la Sagrada Escritura en cuyo estudio había obtenido el título de Doctor. Palabra cultivada en el estudio académico, pero que se hacía vida en él a través de la oración, y desde ahí transformará la propia vida y le impulsará a consumirla para la causa del Evangelio. Como buen hijo de san Ignacio de Loyola en muchas de estas páginas se dejan sen tir ecos de aquel hombre providencial que hizo muy suyas las palabras de Jesús: «¿Qué provecho sacará un hombre si gana el mundo entero y viene a perder su alma?».

El libro termina con un último apartado que lleva por título «El Señor está cerca»; en él se recogen catorce oraciones, que brotaron, sin duda, al hilo de los temas reflexionados amorosamente por el Cardenal Martini. Cada una de ellas puede servir de trampolín que nos ayude en el intento de lanzarnos confiadamente hacia el Dios de las promesas. Toma, lee, ora.

Teófilo Viñas

La Ciudad de Dios, vol. 226, año 2013, nº 1, 270.

Una obra pascual que nos ayuda a comprender el paso de la vida al Padre

(Miguel Ángel Escribano, en Iglesia Hoy). Estimados amigos, en este mes de abril y viviendo la Pascua me parece que sería un buen momento para saborear esta obra –Creo en la vida eterna– del difunto Cardenal Martini. A ello se une que en este Año de la Fe en la que tanto se nos invita a rezar y meditar el Credo, en esta obra se nos introduce en el último artículo del Símbolo y además el cardenal nos lleva al corazón de la fe y de la esperanza cristiana con la elegancia que sólo él conoce.

El autor parte del conocimiento de la realidad humana que no es otro que el miedo a la muerte, resultado del miedo a lo desconocido y a abandonar lo que ha sido toda una vida. Esta superación del miedo a la muerte no se hace sin un esfuerzo y sin un deseo de caminar y encontrarnos con algo mucho más grandioso. Por ello se hace necesaria la esperanza cristiana que no nos aleja de la realidad sino que nos hace que la asumamos como una realidad que se vive. Además el autor nos recuerda a nuestra Madre Santa Clara en una carta a Inés de Bohemia, donde la muerte no es sino el encuentro definitivo con Aquel del que nos hemos fiado y con el que hemos llorado y gozado.

El segundo paso que da el autor y nos invita a dar, es el reconocer que el hombre vive para la vida no para la muerte, no podemos estar pensando siempre en el fin sino en la vida en la plenitud y por ella construimos nuestra vida. Es el ejemplo del hijo pródigo el que nos muestra que la vida siempre tiene un futuro y hacia el que debemos encaminarnos.

Todo nos debe llevar a observar la belleza de la actuación de Dios incluso la muerte en la cruz se llena de belleza como signo de salvación, las apariciones del Resucitado no son sino encuentros comunitarios y personales, se dirige a cada uno de nosotros que somos y vivimos en la Iglesia. Y nuestra vida en la Comunidad cambia como cambia nuestro rostro, no todos tenemos el mismo rostro desde que nacemos sino que las diversas situaciones que vivimos nos marcan las facciones de la cara.

Carlo Maria Martini nos recuerda que en este Tiempo Pascual que vivimos es donde se alcanza a comprender perfectamente el pleno significado cristiano de la muerte física. Todo moribundo al igual que Cristo en la cruz experimenta la soledad del morir, pero a la vez siempre el abrazo acogedor del Padre que llena el abismo de la distancia y hace nacer la eterna comunión de la vida.

Por ello para la Tradición cristiana la muerte no es sino el día del nacimiento en el que se encuentra uno con el rostro de Dios.

En definitiva una obra pascual que nos ayuda a comprender el paso de la vida al Padre, a comprender lo que rezamos en el Credo y a tratar de superar los miedos a la muerte y la esperanza en la vida eterna.

Miguel Ángel Escribano Arráez, OFM

Iglesia Hoy – Franciscanos nº 458 (abril de 2013) 31.

La mañana de pascua

«En la mañana de pascua ha visto la luz la cabeza, Cristo. Le sigue el cuerpo, que somos nosotros. Él es el primero que ha vivido una vida que va más allá de la muerte, el primogénito entre muchos hermanos, el primogénito de aquellos que resucitan de entre los muertos.

La resurrección es la belleza de Dios participada al hombre y, en él, a toda la creación: son los cielos nuevos y la tierra nueva contemplados por Isaías (65,17), donde todo tiene el asombro de una mañana perenne que no conoce ocaso, de una alegría que brota como manantial perenne. Por fin, el hombre inquieto, que no encuentra «nada nuevo bajo el sol» –como dice Qohélet (1,9)–, descubre aquella novedad inaudita que está buscando desde hace tiempo.

Es una «visión» que supera nuestra imaginación, pero es también el sueño secreto de nuestro corazón».

(Carlo Maria Martini, Creo en la vida eterna, 109)