Memoria y recuerdo de quienes trabajaron incansablemente por el ecumenismo

(Rafael del Olmo Veros, en Pastoral Ecuménica). Se acaba de conocer y nos ha llenado de satisfacción, el gran paso que la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Moscú, han dado hacia la unidad ecuménica en el aeropuerto de La Habana (Cuba). El encuentro y la firma ya son historia. Su constancia también. Como el libro que quiero presentar, Apóstoles de la unidad del prestigioso y reconocido ecumenista agustino Pedro Langa, un libro de historia ecuménica a través de una serie de personajes históricos. En él hace memoria y recuerdo de quienes a lo largo de su vida trabajaron incansablemente y se esforzaron con inmensa generosidad, por empujar hacia delante desde sus respectivas convicciones eclesiales el tema ecuménico.

Para ello ha recogido el autor un manojo de 33 nombres –hombres y mujeres– que pusieron alma, vida y corazón en responder a la llamada angustiosa de Jesús en su oración de la Última Cena: «Padre, que todos sean uno». Todos ellos merecen ser recordados, todos ellos estimulan al lector a caminar por la senda que lleva a la unidad; a trabajar con ahínco para responder al deseo del Señor Jesús; a orar intensamente para que se logre el ilusionante proyecto de nuestro Buen Pastor: «Habrá un solo rebaño y un solo pastor». Los nombres de los escogidos ya no están entre nosotros y están colocados asépticamente en el libro por orden alfabético de sus apellidos en este retablo, llenando prácticamente la historia del ecumenismo moderno de todo el siglo xx. Sus esfuerzos por avanzar hacia la unidad les valieron acerbas incomprensiones, desconfianzas insidiosas, críticas envidiosas y numerosos contratiempos de sus coetáneos, y sus sufrimientos acertaron a superarlos con generosidad, valentía, tolerancia y aguante cristiano. Sobre todo, porque vivieron su pasión por la unidad de la Iglesia como una vocación o llamada de Dios, como un reto ante el que no valen las medias tintas sino la plena generosidad y total entrega.

En la lista de los 33 seleccionados, aparecen los Papas san Juan XXIII, san Juan Pablo II y el beato Pablo VI, así como la próxima santa en septiembre Teresa de Calcuta; el beato Enrique Newman, promotor de Movimiento de Oxford y la beata María Gabriela Sagheddu, cuya preocupación por el ecumenismo le llevó a ofrecer a Dios su vida, que aceptó, por la unidad de los cristianos.

También están en el retablo el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras I, que puso la fuerza de la verdad al servicio del diálogo de la unidad; el cardenal Agustín Bea, que se distinguió por su amor a la unidad cristiana y su opción por el diálogo ecuménico; Lambert Beauduin, que, siguiendo la línea de León XIII, impulsó la actividad ecuménica con claves patrísticas y monacales; Marc Boegner, declarado «justo entre las naciones» y adelantado en el diálogo ecuménico con el cardenal Bea; el español Juan Bosch, dominico ecumenista de vocación y de acción, que elaboró un Diccionario del ecumenismo; Charles Brent, que, ante la apremiante necesidad de la unidad cristiana, no dudaba en defender que la unidad es la base del pensamiento cristiano. El dominico Yves Congar, pionero del ecumenismo de manera especial en los documentos del Concilio Vaticano II; Paul Couturier, promotor de la semana de oración por la unidad de los cristianos; animador del ecumenismo espiritual y del monasterio invisible y fundador del Grupo Dombes; Oscar Cullman, cofundador del Instituto Tantur de Jerusalén; el metropolita Melitón de Calcedonia, que puso en circulación el diálogo de la caridad y animador ferviente de las conferencias panortodoxas; el metropolita Nikodim de Leningrado, que murió en los brazos de Juan Pablo I (1978) hablando de ecumenismo; Sor Minke de Vries, que sembró comunión, unidad y reconciliación desde su monasterio de Grandchamp.

No podía faltar en este retablo Don Julián García Hernando, fundador de las Misioneras de la Unidad, cofundador de los Encuentros internacionales de religiosas y fundador de esta «Revista Ecuménica»; Lord Halifax, renunciando a su alcurnia política, se dedicó a dirigir el movimiento «Unión de la Iglesia inglesa», participó intensamente en las Conversaciones de Malinas, presididas por el cardenal Mercier, y trabajó incansablemente para que hubiera un encuentro entre el Papa de Roma y el arzobispo de Canterbury, sueño que se realizó unos 30 años después de su muerte. El arzobispo de Viena, cardenal König, a quien el P. Langa le define como «todo un ecumenista de raza que supo ser a la vez hombre de Iglesia de los pies a la cabeza y, en definitiva, gran apóstol de la unidad» (p. 232). Como muestra está su generosa participación en los documentos conciliares referentes al ecumenismo y en la creación de la Fundación «Pro Oriente» cuyo fin es precisamente el de promover las relaciones ecuménicas entre la Iglesia católica romana y las Iglesias ortodoxas orientales. Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, tuvo una vocación ecuménica, cuyos hitos fueron: ser la primera mujer católica que en 1965 pronunció una conferencia en la catedral anglicana de Liverpool; licenciada honoris causam en teología por la Liverpool Hope University, única universidad ecuménica de Europa (2008); a podido ver el éxito que ha tenido su movimiento focolar, al ser aceptado tanto por las autoridades de la Iglesia católica, como por las de la Iglesia anglicana. El cardenal y arzobispo de Milán, Carlo María Martini, gran estudioso de la Biblia y promotor del diálogo fe y cultura, siempre tuvo la actitud ecuménica del amor a la verdad, allí donde esta se encuentre, aunque solo sea un fragmento. Así lo vio y así lo practicó. El cardenal Desiré Mercier, arzobispo de Malinas, que promovió aquellas famosas conversaciones, tenía como lema ecuménico: «Tenemos que encontrarnos para conocernos, conocernos para amarnos, y amarnos Para unirnos». Por su parte, el portugués Fernand Portal fue un sacerdote católico, muy amigo de Lord Halifax, participante en las Conversaciones de Malinas y apóstol intrépido de la unidad de las Iglesias, tarea en la que juega un gran papel la amistad y la esperanza de ver algún día que los esfuerzos no han sido en vano. El arzobispo de Canterbury Michael Ramsey destacó por sus actividades ecuménicas, visitando al papa Pablo VI, al patriarca Atenágoras participando activa y críticamente en las principales reuniones ecuménicas del momento de largo alcance. «Fue –resume el P. Langa– muy eficiente con el movimiento ecuménico» (p. 322).

De Roger Schutz, amigo de Dios y fundador de la comunidad de Taizé, que tanto fascina a los jóvenes, se destaca su tarea con ellos y la importancia de orar juntos, cantar unidos y vivir la alegría. De Nathan Söderblom, arzobispo de Uppsala, se destaca que fue cofundador del movimiento «Vida y Acción» y el arquitecto del movimiento ecuménico del siglo xx, siendo el presidente de la Conferencia de Estocolmo (1925), quien en el momento de la inauguración, echó de menos la presencia de la Iglesia de Roma, al estar presentes los protestantes, los anglicanos y los ortodoxos. De William Temple aprendemos de sus relaciones con los judíos, y sus implicaciones en «Fe y Constitución» (1928), en el Consejo misionero internacional (1928) y en adelante, en los principales eventos ecuménicos, como miembro de la Iglesia anglicana. Él fue quien calificó al movimiento ecuménico «el gran acontecimiento nuevo de nuestra era». De Max Thurian, cofundador de Taizé, se nos dice que pasó de calvinista a católico, y que fue un obrero de la encíclica Ut Unum sint, valorándola y difundiéndola. De Emilianos Tiamidis, metropolita de Sylivría, obispo auxiliar y confidente del patriarca Atenágoras, se destaca el que fuera teólogo, escritor y ecumenista, y que fue el cofundador, con Julián García Hernando, de los Encuentros Interconfesionales de Religiosas.

De Willen Adolf Visser’t Hooft destaca que fue el alma del movimiento ecuménico, primer secretario general de Consejo Ecuménico de las Iglesias durante muchos años, y que su animación pervive en su Fundación Visser’t Hooft para el liderazgo ecuménico. Y finalmente, del cardenal Johannes Willebrands, el P. Langa nos ilustra sobre su vocación ecuménica, su ejercicio de ecumenista, sus trabajos ecuménicos durante el concilio, e incluso de su relación con los judíos.

Además al hilo de estas admirables biografías se va tejiendo la historia de las diversas iniciativas que van naciendo y haciendo camino al andar por la senda del ecumenismo. Iniciativas de oración personal y comunitaria, de encuentros a todos los niveles, de instituciones oficiales y privadas, de organizaciones mundiales, continentales y nacionales, de documentos y otras publicaciones que van haciendo el camino más llevadero, más amigable, más comprensible, más atractivo y más seguro. En definitiva, va creciendo más y más el amor a la Iglesia de Jesús, la única que Él quiere. Y aunque no por este orden, así nacen: la Asociación cristiana para jóvenes, la Comisión Internacional Anglicano-Católica I y II, el Documento de Lima (1982) sobre el Bautismo, la Eucaristía y el Ministerio, el Consejo Ecuménico de las Iglesias o Consejo Mundial de las Iglesias (1948), el Centro Ecuménico de las Misioneras de la Unidad, la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia episcopal Española, la revista Diálogo Ecuménico de Salamanca, el Diccionario de ecumenismo de J. Boch (1998), el Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo (1993); el Equipo Ecuménico Sabiñánigo, el Enchiridion Oecumenicum, de González Montes I (1986) y II (1993), Movimiento Fe y Constitución, Grupo Mixto de Trabajo de la Iglesia Católica Romana y el Consejo mundial de las Iglesias, Conferencia de Iglesias Europeas; Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, esta misma revista «Pastoral Ecuménica»; «La Revista Ecuménica» del Consejo Mundial de las Iglesias, la encíclica «Ut unum sint» del san Juan Pablo II (1995) y la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Todo ello es sólo una pequeña muestra de lo que se puede encontrar en la lectura de Apóstoles de la Unidad. Mi felicitación y gratitud al P. Pedro Langa, a la editorial San Pablo y a mis lectores, con el deseo de que su lectura les sea no solo provechosa, sino también satisfactoria y gozosa.

P. Rafael del Olmo Veros, OSA

Pastoral Ecuménica 98 (enero-marzo de 2016) 83-86.

Pedro Langa: «En ecumenismo hay que bajar a la arena»

(José Luis Díez Moreno, en Pastoral Ecuménica). El P. Pedro Langa Aguilar, muy conocido de los lectores de esta revista por los continuos e interesantísimos artículos en ella publicados, es un agustino hecho de oración, teología, cercanía a los Santos Padres, conocimiento y experiencia viva del ecumenismo, tesón en el laborar diario… Tras muchos años de profesor en Facultades de Teología de Roma y de España y con un montón de obras en su haber, entre las que destacan Cardenal Newman y convertidos de los siglos XVIII y XIX (2009) y Voces de sabiduría patrística (2011), se ha entregado en estos últimos años a la investigación y síntesis de lo que pudiéramos llamar el ecumenismo del siglo XX a través de algunos de los ecumenistas más insignes. El resultado es Apóstoles de la unidad (2015), una obra cuyo simple título indica de qué va el contenido. Al pedirle una entrevista para Pastoral Ecuménica con motivo de tal publicación, salta a los teletipos el encuentro del papa Francisco y del patriarca ruso Kirill en el aeropuerto internacional José Martí, de la Habana, el 12 de febrero del corriente 2016. Bien merece la pena, por tanto, que empecemos por este dato de extraordinario interés periodístico.

JLD – Dado el encuentro en La Habana del papa Francisco y del patriarca Kirill de Moscú, considero imprescindible hablar primero de esta extraordinaria noticia ecuménica. Acariciaron la idea el beato Pablo VI e incluso Juan Pablo I. La deseó ardientemente san Juan Pablo II, y Benedicto XVI la tenía en la lista de posibilidades excepcionales. El papa Francisco y el patriarca Kirill son ahora quienes acaban de llevarla a efecto en un lugar convenido. ¿Cuáles podrán ser sus consecuencias positivas teniendo en cuenta el momento actual de la Ortodoxia y de la Iglesia ortodoxa rusa?

PL – La importancia del encuentro al que esta primera pregunta se refiere salta a la vista. Intentos los hubo en el pasado, es verdad, pero todos, uno tras otro, fueron quedando aparcados. Y es ahora justamente, en medio del creciente protagonismo de Bartolomé I con sus habituales visitas al Papa, y de la situación un tanto convulsa de Europa con el terrorismo y la inmigración, así como de las movidas eclesiales de las mismas Iglesias ortodoxas autocéfalas, cuando irrumpe en la escena el patriarca ruso Kirill dando este quiebro. A mí me parece que la exclusiva periodística debe por eso contar, si quiere ser objetiva, con los preparativos. Y estos datan por lo menos de varios años hace. Lo cual induce a suponer que algunas causas de peso de reciente génesis han debido de primar en la decisión de verse cara a cara. Cronológicas y geográficas, por supuesto, pero también de orden religioso, ecuménico y social. Cronológicas, al ser justamente unos meses antes del futuro Santo y Gran Sínodo pan-ortodoxo en Creta. El patriarca Kirill es, mira tú por dónde, el único de los ortodoxos que todavía no se había encontrado con el papa Francisco: su liderazgo en Creta, pues, corría peligro de no ser antes taponada esta fuga de agua. Geográficas, para cumplir con el requisito previo de no ser ni Moscú ni Roma, ni siquiera Bari o Chipre u otros lugares de fuerte tradición católica y ortodoxa, sino La Habana, en el alto de un viaje, a pie de aeropuerto, como significando que lo pasado se queda atrás, debe quedarse atrás, porque han llegado tiempos de una nueva era ecuménica entre ambas Iglesias. Y luego también las otras causas añadidas. Yo creo que ha tenido que pesar lo suyo el conflicto en Oriente Medio con un yihadismo desatado y loco arrasándolo todo y amenazando con el exterminio total de cristianos, como acertadamente ha denunciado el metropolita Hilarión, número 2 del Patriarcado ruso: terrible amenaza esta que podía ser conjurada poniéndose de acuerdo las dos Iglesias signatarias en el aeropuerto de Cuba. Y, en fin, ha tenido que ser decisivo también el problema de Ucrania, donde tienen intereses encontrados tanto la Iglesia ortodoxa rusa como la Iglesia católica. La una, con el autodenominado Patriarcado de Kiev, y con numerosos fieles ortodoxos rusos que recelan de la cercanía con Putin. Y la otra, Roma, por la Iglesia greco-católica ucraniana, a la que, según mis noticias, parece que el encuentro no ha sentado nada bien, particularmente los números 25 y 26 de la Declaración Conjunta. Esto así, a bote pronto. Examinar a fondo dicha declaración, firmada ante las cámaras de televisión de medio mundo, y sobre todo el alcance del evento, de suyo histórico, excedería con mucho el espacio de esta entrevista.

Obra de ribetes armoniosos al servicio de la unidad

JLD – Tan arduo trabajo –y vengo así de lleno a su libro– obedece, sin duda, a una correcta motivación y concreta finalidad. ¿Por qué y para qué esta obra?

PLApóstoles de la unidad responde a los muchos años que llevo metido en el ecumenismo, fuente inagotable de noticias referidas a la vida de la Iglesia. En cuanto a la finalidad, diré que no ha sido sino el intento de dibujar el horizonte eclesial mediante focalizaciones ecuménicas muy señaladas, y, al propio tiempo, atractivas, ya, si se quiere, de tipo doctrinal, ya también de corte sobre todo experiencial. De su porqué diré que llegó empujado por la propia fuerza de un ecumenismo entendido como vocación, o sea en cuanto forma definida de entender el Evangelio a través de la oración sacerdotal de Jesús en la última Cena. El para qué, finalmente, creo que está claro: obedece a mi legítimo deseo de erigirme, para cuantos me quieran leer, en comunicador entusiasta y escritor objetivo de las inagotables riquezas que encierra nuestra santa Madre la Iglesia, profusa y profundamente vividas por un coro polifónico de insignes ecumenistas.

JLD – De entre los ecumenistas, cuya lista es larga, ha elegido usted 33 personalidades ecuménicas. ¿Cuál ha sido su criterio para esta selección? Sabemos de su predilección por el beato John Henry Newman, por el cardenal Johannes Willebrands y por don Julián García Hernando… ¿Por qué el resto de los nombres? (más…)

Trabajadores del ecumenismo moderno

(Celestino Tchitata Butão Epalanga, en Razón y Fe). El autor es un teólogo agustino, uno de los más distinguidos ecumenistas de España y profesor en distintas universidades. Cuenta con más de 500 artículos dedicados al tema del ecumenismo. En la presente obra de temática actual, en su introducción, nos presenta su objetivo: «Rendir homenaje a un puñado de hombres y mujeres cuyas vidas estuvieron marcadas por la solemne plegaria de Jesús al Padre en la última Cena ( Jn 17, 21)» (p. 9). No se trata de un manual de teología del ecumenismo, sino más bien, de una monografía en donde el autor reúne treinta y tres figuras comprometidas con la noble y difícil misión de la reconciliación entre los cristianos. Aunque cada una de estas más de treinta figuras sea hijo o hija de su tiempo por su cultura, su geografía, su idiosincrasia, sus formas expresivas y sus costumbres, todos han trabajado por la unidad de los cristianos. El autor presenta en un orden estrictamente alfabético cada personaje aunque concede mayor amplitud a unos que a otros basándose tanto en la importancia como en el interés que despiertan. Sin embargo, el criterio es uniforme y la estructura análoga en cada uno de ellos: a) Una breve biografía del autor con los hitos salientes de su vida; b) Un elenco de escritos, si los tuviere, relacionados con la unidad de la Iglesia; c) Una exposición en cuatro epígrafes de aquellas facetas vinculadas al ecumenismo. En definitiva, el autor pretende resaltar las cualidades ecuménicas de cada una de estas ilustres figuras o Apóstoles de la unidad. Respecto al título, el autor prescinde del artículo determinado masculino en plural “los” porque rotular Los apóstoles de la unidad significaría que los seleccionados son los únicos que han trabajado por la unidad de los cristianos, cuando resulta que no es así. En suma: se trata de trabajadores del ecumenismo moderno. No cabe duda que estamos ante un libro importante. En su conjunto, la obra de Pedro Langa Aguilar se caracteriza por su escritura sencilla y didáctica. Toda persona que quiera alcanzar un conocimiento más profundo del movimiento ecuménico a través de algunas ilustres figuras de los últimos tiempos, debería pasar por la lectura del presente libro.

Celestino Tchitata Butão Epalanga, SJ.

Razón y Fe 1.409 (marzo de 2016) 290-291.

La importancia del tema ecuménico

(Ángel Gómez Escorial, en Betania). Reseño Apóstoles de la unidad con algo de retraso sobre su publicación octubre de 2015. Y decir también que es una edición «cumbre» como todas las que la Editorial San Pablo destina a su colección Monumenta. Tiene esta un formato grande, más o menos, el tamaño folio, o mejor, holandesa. Supongo que el libro estaría destinado a la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que se celebró del 18 al 25 de enero pasados, pero yo no había terminado su lectura y preferí acabarlo.

Pedro Langa Aguilar, agustino de gran trayectoria pastoral y literaria, está considerado como un gran experto en ecumenismo y no solo a nivel de España. Tiene, al respecto, un gran prestigio internacional. Y en este libro ha querido reunir un buen número de opiniones de autores –de todas las épocas– sobre la unidad de los cristianos. El mejor resumen que se puede hacer es consignar los nombres de ellos.

Atenágoras I, Agustín Bea, Lambert Beaudin, Marc Boegner, Juan Bosch Navarro, Charles Brent, Yves Congar, Paul Couturier, Óscar Cullmann, Melitón de Calcedonia, Beata Teresa de Calcuta, Nikodim de Leningrado, Sor Minke de Vries, Julián García Hernando, Lord Halifax, San Juan XXIII, San Juan Pablo II, Franz Köning, Chiara Lubich, Carlo Maria Martini, Désiré Mercier, Beato John Henry Newman, Beato Pablo VI, Fernando Portal, Michael Ramsey, Beata María Gabriela Sagheddu, Roger Schutz, Nathan Söderblom, William Temple, Max Thurian, Emilianos Timiadis, Willen Adolf Vissert Hooft y Johannes Willebrands. Además –obviamente—Pedro Langa Aguilar adjunta datos biográficos y de su actividad ecuménica.

Y no tanto por justificar la tardanza en presentar tan imponente libro, sino por el interés de las personas que aparecen pues no es, para nada, de lectura rápida, produciéndose además un planteamiento comparativo que hace volver atrás, hacia otros autores. Sin protesta alguna diré que experimenté una lectura muy agradable, intensa y, sin duda, premiosa. No es fácil ofrecer al lector de Betania algunas preferencias pero los que más recuerdo a la hora de escribir la presente reseña son Carlo Maria Martini, Madre Teresa de Calcuta, John Henry Newman, Willen Adolf Vissert Hooft, pastor holandés de quien nunca había oído hablar y el profético contenido sobre Pablo VI.

Es habitual que en esta sesión recomiende los libros que reseña. No obstante el epígrafe de “El Libro de la Semana” tiene un carácter selectivo. Pero en este caso la recomendación es total y creo que la importancia del tema ecuménico y lo notable de la obra de Pedro Langa Aguilar OSA hace que refuerce ese sentido de predilección ante mis lectores de Betania.

Ángel Gómez Escorial

Betania 919 (6 de marzo de 2016)

Una lectura personal de «Apóstoles de la Unidad» que recomiendo hacer propia

(Manuel González López-Corps, en Centro Ecuménico). Apóstoles de la unidad ha sido mi lectura durante esta semana de la unidad (2016) y será, para tantos, un continuo marco de referencia. La obra del padre Langa Aguilar, ecumenista donde los haya, «reúne por primera vez una treintena larga de insignes figuras comprometidas con el apasionante y fecundo quehacer evangélico de la reconciliación cristiana». No están todos los que son pero los que están lo son, y con creces. El autor ha prescindido del artículo determinado y titula su trabajo Apóstoles de la unidad indicando, así, que hay más de los seleccionados. Y de todos se puede decir que fueron personas de encuentro y de conciliación en la incomprendida –pero entusiasta– tarea del ecumenismo en la época moderna. Todos, cada uno en su tradición cristiana, fueron «amantes de la Iglesia; todos, asimismo, contrarios a sus divisiones» (p. 15). Esta amena lectura consigue el propósito propuesto: «una ayuda en mi vida cristiana» (p. 18).

El libro presenta una letanía de Apóstoles de la unidad, de diferentes épocas y nacionalidades, que el autor expone por este orden: Atenágoras I, Agustín Bea, Lambert Beaudin, Marc Boegner, Juan Bosch Navarro, Charles Brent, Yves Congar, Paul Couturier, Óscar Cullmann, Melitón de Calcedonia, Beata Teresa de Calcuta, Nikodim de Leningrado, Sor Minke de Vries, Julián Gª Hernando, Lord Halifax, San Juan XXIII, San Juan Pablo II, Franz Köning, Chiara Lubich, Carlo Mª Martini, Désiré Mercier, Beato John Henry Newman, Beato Pablo VI, Fernando Portal, Michael Ramsey, Beata Mª Gabriela Sagheddu, Roger Schutz, Nathan Söderblom, William Temple, Max Thurian, Emilianos Timiadis, Willen Adolf Visser’t Hooft y Johannes Willebrands. Cada exposición inicia con unas pinceladas biográficas y, con los hitos de su vida, el elenco de su bibliografía ecuménica. «A este breve apunte biográfico sigue la exposición –en cuatro epígrafes, no más– de aquellas facetas que tienen directamente que ver con el tema central de la obra, que es siempre la unidad» (p. 16).

La obra está dedicada al español Mons. Julián Gª Hernando (+ 2008). No puede comenzar mejor: haciendo justicia a nuestros pioneros. En efecto, no se puede entender el camino ecuménico en España sin él y sus Misioneras de la Unidad. Por eso, este retablo de figuras entrañables se contempla desde esa perspectiva. Pedro Langa nos va guiando pero detrás, como él dice «cordial y sencillo», no puedo olvidar la figura del Operario Diocesano que fue Gª Hernando (pp. 183-194). «El ecumenismo postconciliar en España, pues, no podrá escribirse sin la figura menuda de este gran hombre… divinamente dotado para el diálogo ecuménico» (p. 186). Langa conoce bien al maestro ecuménico y la difícil –pero apasionada- causa de la unidad en la España de su época. No en vano, el agustino coordinó la publicación de la miscelánea Al servicio de la unidad (1993) como homenaje al director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales en su L aniversario de ordenación presbiteral.

Proponemos esta obra del agustino Langa Aguilar como un referente necesario y básico porque el itinerario ecuménico no son ideas preconcebidas sino personas con una historia y unas vicisitudes concretas que aquí han sido magistralmente presentadas como Apóstoles de la unidad. La lectura realizada ha sido, también, biográfica. Me he detenido en profundizar en aquellas figuras que, por lecturas o por relación personal, han influido en mi vida. Son los que ahora me permito destacar.

Los años en Inglaterra han hecho que tanto Newman –apasionado por la verdad– como Lord Halifax hayan vuelto a atraer mi atención. El lector se dará cuenta de lo lejanos, y a la vez cercanos, que estamos del Movimiento de Oxford; de la necesidad de conocer estos viajeros infatigables en la búsqueda de la verdad y, consecuentemente, de la unidad. Ambos nos zambullen en el marco eclesial, en la necesidad de conocer bien a los santos Padres y en la importancia de la amistad. De Halifax siempre nos quedará el deseo convertido hoy en axioma: «Cuando suene la hora de la reconciliación entre Roma e Inglaterra, no seremos nosotros quienes iremos a ella ni ella a nosotros, sino que seremos ella y nosotros quienes iremos a Dios».

En S. Juan Pablo II, como en todos los obispos de Roma, reconocemos a aquel por quien Pedro habla a su Iglesia. Tu es Petrus fue la confesión de fe que en 1982 realizamos ante él cuando por primera vez un Papa de Roma venía a España. De él me ha quedado grabado a fuego que la Iglesia respira con dos pulmones (Oriente y Occidente). El Papa de mi juventud y primer ministerio. Del profesor Óscar Cullmann, un clásico de la teología me siento discípulo desde 1980, aprendimos a llamar a Kronocrator al Cristo (Señor del tiempo). Con él nos acercamos a la «Fe y el culto en la Iglesia primitiva» desde la «Cristología del Nuevo Testamento». Sigue siendo un referente su libro-programa La unidad por la diversidad (1986). El Instituto ecuménico de Tantur (Jerusalén) sigue conservando su legado.

La galería de rostros femeninos rezuma finura: la Beata Teresa de Calcuta es calificada por Langa como «ecumenista del amor». Al hablar con ella notábamos todos que vivía con Cristo y para Cristo; por lo tanto, para todos: como incansable bienhechora de la humanidad. Enseñó a rezar cada día la oración Irradiar a Cristo del J. H. Newman. Chiara Lubich descubrió en Liverpool la Hope Street (calle de la esperanza) y la recorrió durante toda su vida. Con el Movimiento de los Focolares sonó la «Hora de Dios» para el compromiso ecuménico de tantos que descubrieron en ella «un canto al amor de Dios».

Entre muchos otros que nuestro autor presenta quisiera concluir espigando tres nombres contemporáneos: Carlo Mª Martini que es apostillado como «Promotor del Vaticano II». Este apelativo para un hombre de diálogo y cultura bastaría para releerlo en este L aniversario de su clausura. El Cardenal biblista, enamorado de la Palabra, nos sigue haciendo pensar y cuestionarnos; el hermano Roger que desde Taizé ha «levantado casi de la nada la comunidad de oración más importante del mundo». Miles de jóvenes –rusos o rumanos, franceses o italianos, alemanes o españoles– pueden testificar éste es uno de los pilares espirituales de una Europa que se une. La suya fue una vida por la reconciliación; Max Thurian, agudo pensador que supo aunar liturgia y ecumenismo. Este teólogo del Absoluto nos recordó, con su vida, que desde la mesa del estudio hay que elevar el corazón ad Dominum, como los cristianos desde antiguo lo expresan rezando hacia Oriente.

Evidentemente el autor no se presenta a sí mismo como apóstol de la unidad pero cometeríamos un error si no lo viéramos así. Alguna edición «corregida y aumentada» de esta obra tendrá necesariamente que incorporar a Pedro Langa Aguilar, presbítero de la orden de S. Agustín, a quien conocí hace más de tres décadas de la mano de una paisana suya de Coruña del Conde, donde el burgalés había nacido (1943). Este reputado teólogo es licenciado en Dogmática por la Universidad Pontificia Comillas; Doctor en Teología y Ciencias Patrísticas por el Agustinianum ha sido profesor en Roma, pero también en Salamanca y en Madrid (en san Dámaso, con el padre rumano T. Moldovan, es un referente en la enseñanza del ecumenismo). Cuenta con una docena de libros, sus artículos de fondo rondan los 500 y las recensiones de libros rondan ya el millar. Escribe en 25 revistas de pensamiento, su voz se ha oído con autoridad en Radio Vaticano y diariamente imparte una clase de Patrística en Radiodelapaz.org. No es exagerado afirmar que es un gran conocedor de la obra del santo africano cuya regla sigue. Este verano pasado en Littlemore (2015, Oxford) recordaba que tenemos en Langa a un experto en la figura del Beato J. H. Newman –que no falta en la galería de ecumenistas que presenta en esta atinada selección–  en toda su azarosa vida. En esta obra, que publica San Pablo, el gran ecumenista rinde tributo al Concilio Vaticano II en el L aniversario de su clausura y en el LXXV de la fundación de Taizé.

He aquí, pues, una galería de rostros de hombres y mujeres que han practicado la misericordia. En el futuro esta lista atesorará ulteriores enriquecimientos con lo que el Papa Francisco denomina ecumenismo de la sangre: cristianos anónimos cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida. Los de este libro, sin duda, son rostros de misericordia que han entendido el significado de la fidelidad de Dios y la importancia de su alianza. Rostros que podemos mirar cada día de este Cuaresma 2016 para aprender que siempre es más lo que nos une que lo que nos divide. Eso lo ha mostrado con creces y con rostros concretos el autor de esta obra: en la Iglesia el trabajo ecuménico es ya un camino irreversible. Es la consecuencia de seguir el mandato / deseo del mismo Cristo: que sean uno (Jn 17, 21).

Manuel Glez. López-Corps (Profesor en la Facultad de Teología UESD, Madrid)

Centro Ecuménico (10 de febrero de 2016)