Un feliz y glorioso libro dedicado a Gloria

(Antonio Aradillas, en Religión Digital). Al igual que tantas otras personas «intra» o «extra» católicas, Gloria Fuertes, poeta, de quien se conmemora el primer centenario de su nacimiento, sigue refiriendo que «nunca ví claro lo del clero/, ni siquiera de niña en el colegio/ cuando te lo crees todo», relatando seguidamente que «cuando era pequeña,/ tampoco me creí lo de la cigüeña».

No obstante, esta mujer «de verso en pecho» contó entre sus mejores amigos al padre de los Sagrados Corazones Fernando Ábalos, director de la revista Reinado Social en la que, con sus reiteradas colaboraciones literarias, «dio un limpio testimonio de su humanidad, de su humor, vitalidad y también de su soledad». No en vano, el citado religioso llamaba a la casa de la poeta el «abandonarlo». «Más que creer en Dios –refería este reverendo padre–, le gustaba a Gloria hablar y empaparse de Él». En su último encuentro con ella le confesó «estar a solas con Dios y con su dolor».

«Tengo miedo a morir sin haber amado bastante», dejó escrito en cierta ocasión. En el epitafio del cementerio de la Paz, en Alcobendas, en el que reposan ahora los restos de Gloria Fuertes, «poeta de guardia», destacan estas palabras: «Ya creo que lo he dicho todo… y que ya todo lo amé» .

Con acierto, sensibilidad y buen criterio, la editorial SAN PABLO, en su colección Retratos de bolsillo, acaba de hacer perdurable el recuerdo de «esta artista a lo grande a lo largo y ancho de su azarosa vida poética», con bello texto firmado por Miren Zaitegui Urmeneta, «periodista y librera de viejo, profesiones y pasiones que simultanea en El Escorial».

Nacida Gloria –«soltera y pacifista»– en el número tres de la calle de La Espada, del madrileño barrio de Lavapiés, «un espacio de pobrezas» –«barrio con muchas necesidades, mucha puta y algún convento»–, su vida se identificó en plenitud y veracidad con la descripción autobiográfica que ella habría de aplicarle a tantos seres humanos, en las diversas etapas de su existencia: «nacer, vivir, crecer, saltar/, reír, chillar, mentir/, amar, estudiar,/ brincar jugar, correr/ reír, reír…¡niñez¡»; «hablar, pasear, cantar/, moverse, andar, / jugar a amar,/ cambiarse de lugar /sin quietud…¡juventud» «y, ¡por fin, sufrir, llorar, gemir, sentir, pensar, no vivir/, quietud, resignación/ desolación, /tristeza, dejadez…¡vejez¡».

Sus libros, versos y actividades literarias se identifican autobiográficamente con referencias tan universales como estas: Cangura para todo, Villancicos, Pirulí, Don Pato y Don Pito, La pájara pinta, El camello cojito, La gata Chundereta, La momia tiene catarro, Tres tigres con trigo, La ardilla y su pandilla, Monsto y Lío se meten en el río, La pata mete la pata, Versos fritos, Diccionario estrafalario, Trabalenguas para que se trabe la lengua, Pues cuenta hasta nueve, Cuentos enanos para personajes extraordinarios, Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca, Un cuento y diez manos para leer en la cama, Aconsejo beber hilo…

Un feliz y glorioso libro dedicado a Gloria –la Gloria– con añoranzas de niñez, de madurez, terneza y misericordia y con la ínclita sorpresa y descubrimiento de que «han hecho pisos altos/. Enfrente de mi casa/ existen rascainfiernos», así como «no creer lo que es digan/, el lobo no es tan malo/ como Caperucita».

Antonio Aradillas

Religión Digital (27 de diciembre de 2017)