Ya no hay que ocultar la importancia que tuvieron algunas mujeres en el Nuevo Testamento

(Isabel Gómez Acebo, en Religión Digital). Recientemente la Fundación Princesa de Asturias ha otorgado el premio de Ciencias Sociales a la historiadora Karen Armstrong por su trabajo en descubrir el origen de las religiones y su decurso histórico con la ilusión de alcanzar el entendimiento entre ellas. De esta manera pretende acabar con los enfrentamientos cruentos entre cristianos, judíos, musulmanes así como entre las diferentes sectas islámicas.

Ha coincidido en el tiempo con la presentación de un libro María de Magdala. Una genealogía apostólica escrito por dos autoras italianas Marinella Perroni y Cristina Simonelli que también indagan sobre los orígenes de nuestra fe.

Un momento oportuno porque está sobre la mesa el tema del protagonismo femenino en la Iglesia Católica lo que no es baladí ya que en muchas partes del planeta se concede a las mujeres roles de gobierno, impensables hace unas décadas. Nuestra Iglesia no puede quedar apartada de esta dinámica a expensas de perder, no sólo a las mujeres, sino también a los jóvenes que piensan de otra manera.

Pudiera parecer que estas dos autoras, en sus análisis, estuvieran arrimando el ascua a sus sardinas, algo que en la medida que se van leyendo las páginas del libro se descubre que no es cierto pues hacen un análisis riguroso de los textos y no plantean hipótesis que no tengan validez.

Se dividen el libro en dos partes, la primera elaborada por Marinella Perroni trata de los textos que mencionan a María Magdalena en el Nuevo Testamento y la segunda, a cargo de Cristina Simonelli, nos narra sus apariciones en los apócrifos. Las dos autoras nos descubren que el protagonismo de la mujer de Magdala sufre deformaciones con el paso del tiempo, por involución en Mateo y Lucas y por evolución en Juan. Tampoco Pablo en la epístola a los Corintios alude a María en las apariciones del Resucitado lo que se puede interpretar de forma que la cadena del kerigma pascual se formó con testimonios masculinos que trataban de legitimar el protagonismo de los varones.

En los textos apócrifos vemos que la memoria de María Magdalena permaneció viva en muchas comunidades que fueron tachadas de gnósticas lo que no contribuyó a su difusión. También pudo influir, en su declaración de heréticas, el protagonismo femenino e incluso las sospechas sexuales que siempre acompañan a las mujeres, tanto si se exulta el erotismo como si se repele.

Mi moraleja es clara. Si analizamos el libro a la luz del siglo XXI descubriremos que las tradiciones de las mujeres en el movimiento de Jesús sufrieron modificaciones incluso durante las primeras décadas de la Iglesia. Las comunidades cambiaban las tradiciones según sus intereses y la mayoría lo hacían quitando importancia a las mujeres para estar acordes con la sociedad del Imperio Romano.

Hoy ocurre lo contrario pues nuestro mundo occidental defiende el protagonismo femenino, aunque sea de boquilla. Ya no hay que ocultar la importancia que tuvieron algunas mujeres en el Nuevo Testamento y yo me pregunto si no estaríamos obligados a hacer una labor semejante a la de las comunidades joánicas para poner de relieve figuras femeninas con protagonismo eclesial como la de María Magdalena. Sería una forma de respetar la tradición añadiendo elementos que permitan la apertura a nuevos roles femeninos en la sociedad eclesial.

Isabel Gómez-Acebo

Religión Digital (4 de junio de 2017).