Aprender a vivir en el pluralismo

Nietzsche en La Gaya Ciencia, en 1882, escribió que «¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! […] ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia». Había que matar a Dios para liberar al hombre, haciéndolo dios. Peter Berger, en un libro magistral, Los numerosos altares de la modernidad (Sígueme, 2016), recordando este texto, relata la siguiente anécdota: «El área metropolitana de Boston, donde vivo, tiene más universidades y centros de educación superior por kilómetro cuadrado que ninguna otra parte del mundo. A resultas de ello, encontramos algunas de las pegatinas de coche más curiosas. Vi la siguiente, justo saliendo del patio de Harvard: «Querido señor Nietzsche: Usted está muerto. Sinceramente suyo: Dios». Esto se acerca bastante a la realidad empírica de nuestro tiempo.

Pero el pensamiento de Nietzsche ha anidado y con fuerza entre nosotros, en Europa y en España. La secularización ha devenido en secularismo, que no es sino la manifestación de una religión laicista, fundamentalista, excluyente de lo religioso.

El gran sociólogo aragonés, José Casanova, profesor en la Universidad Georgetown de Washington, escribe que «para comprender la secularización en Europa es muy importante comprender primero el proceso de confesionalización» (en un trabajo publicado en Deusto, Secularización y laicidad en España y Europa). En efecto, no se puede entender la fuerte presencia en España del laicismo integrista excluyente de lo religioso en la vida pública si no se tiene suficiente perspectiva histórica, no tan lejana en el tiempo, cuando la religión católica era, de facto, la religión del Estado español.

Fundamentalismo y relativismo

Para superar esta situación necesitamos aprender a vivir en el pluralismo. El pluralismo, amén de una filosofía de vida, es un hecho social empírico, una constatación sociológica planetaria (salvo pocas excepciones, como Corea del Norte, Arabia Saudita…) y supone, en el cristianismo, la superación del Estado de cristiandad. El pluralismo religioso conlleva la desinstitucionalización política de la religión. En esta situación sociológica, la duda aparece como un elemento esencial. De la fe religiosa, sí, pero de la increencia, también.

Ante la duda que concitan los pluralismos hay dos respuestas nefastas muy presentes en nuestra sociedad: el relativismo y el fundamentalismo. El relativismo supone que todo vale, que cada cual pueda opinar libremente de lo que quiera. Además, muchos lo hacen con el convencimiento de que esa es la auténtica forma de pensamiento de la modernidad, la forma superior de pensamiento, a la que no se tardará en darle el epíteto y el marchamo de pensamiento tolerante, con lo que prostituimos el término de tolerancia, que queda degradado a la idea de que cada cual puede pensar lo que quiera (sin violencia añaden algunos) sin necesidad de dar cuenta de porqué piensa como piensa. El relativismo conduce al individuo hacia el nihilismo moral; el relativismo socava el consenso moral sin el cual no puede subsistir ninguna sociedad.

El fundamentalismo, es la respuesta del débil que no es capaz de aceptar la duda en su vida y necesita una serie de certezas para estar seguro de lo que dice. Es la consecuencia del miedo al vacío. El fundamentalismo responde a la demanda de superar la incertidumbre. Escribe Berger que «el fundamentalismo balcaniza una sociedad, llevando, o bien a un conflicto permanente, o bien a la coerción totalitaria».

Javier Elzo

En este segundo supuesto entronco aquí con el gran filósofo Marcel Gauchet, quien en un libro ya clásico de 1985 El desencantamiento del mundo, y en 2017, en el inmenso cuarto volumen de L’avènement de la democractie (no traducido) sostenía la tesis del «cristianismo como la religión de la salida de la religión», pero no en el sentido «de que la gente ya no cree en Dios. ¡Realmente no creían más en otros tiempos! […] La salida de la religión es la salida de la organización religiosa del mundo», lo que obviamente es otra cosa bien distinta. Pero añade que «lo que sucedía en el campo de lo religioso está destinado a recomponerse fuera de la religión», dando paso a lo que denominará la «teología política y la política antiteológica»; la substitución –lo digo con mis palabras–, del referente heterónomo religioso por el referente heterónomo político. Lo aplica a Donald Trump, cuyas primicias afirma haber conocido en su juventud en el anarquismo: «No he visto tantas personas autoritarias como en el mundo libertario», escribe.

En nuestra sociedad estamos viviendo este traslado del fundamentalismo religioso (el Estado de cristiandad) al fundamentalismo secularista que desea limitar la dimensión religiosa al ámbito de lo privado y a los templos. Nada de Misas en la televisión, los belenes a los domicilios privados, eliminación de cruces en los lugares públicos, no digamos de capillas etcétera, etcétera. Sí, vivir el pluralismo respetuoso del otro es una asignatura todavía pendiente de muchos españoles. Creyentes y no creyentes.

El pluralismo religioso conlleva la desinstitucionalización política de la religión. En esta situación sociológica, la duda aparece como un elemento esencial. De la fe religiosa, sí, pero de la increencia, también.

Javier Elzo

Catedrático emérito de Sociología (Universidad de Deusto).
Autor de Morir para renacer. Otra Iglesia posible en la era global y plural

Alfa y Omega 1.052 (21 de diciembre de 2017) 24.