Un balance riguroso

(José Ramón Amor Pan, en Vida Nueva). El pasado 25 de julio se cumplió medio siglo de existencia de Humanae vitae, este texto magisterial, sin duda uno de los más populares y controvertidos en la historia de la Iglesia. Una efemérides así no podía pasar desapercibida: es una ocasión propicia para hacer un balance sereno y riguroso de lo acontecido durante este tiempo con este documento, tal y como hizo Vida Nueva en su número 3.092, más allá de banderas y partidos, buscando siempre iluminar la vida de las personas con la verdad y la bondad de Dios. Es lo que hacen también los autores de esta publicación: La Humanae Vitae a los 50 años.

Escriben cuatro mujeres (Isabel Gómez-Acebo, Emilia Robles, Mónica López Barahona e Ivone Gebara) y cuatro hombres (Jokin de Irala, Juan Masiá, José-Román Flecha y Marciano Vidal). Paridad total. Pero así como entre las primeras solo una es consagrada, esa proporción se invierte en el caso de los varones, de los que solo uno es laico: una anomalía destacable para quien escribe estas líneas de presentación de un libro que, por lo demás, es valioso y aprovecha a quien lo lee, de ahí que no sorprenda que en tan poco tiempo haya visto la luz ya la segunda edición.

Si tuviera que quedarme solo con dos de los capítulos, después de pensármelo mucho, no dudo en mi elección: escojo los de Isabel Gómez-Acebo («Drama en dos actos») y Marciano Vidal («La Humanae vitae en el Sínodo sobre la Familia y en el Magisterio del papa Francisco»). Pienso que son los más creativos, los que tienen una mayor frescura, los que más aportan.

Por el contrario, me ha sorprendido negativamente el capítulo firmado por la Dra. López Barahona («Dejemos a Dios ser Dios»), pues esperaba mucha mayor potencia argumentativa de alguien que acumula méritos académicos más que sobrados, entre ellos el de ser miembro del consejo directivo de la Pontificia Academia de la Vida. Alguno estará tentado de pensar que mi juicio se debe a que estamos en paradigmas bioéticos y teológicos muy distintos, pero esto mismo sucede con Jokin de Irala y, sin embargo, su capítulo («Don del Espíritu Santo: encíclica profética, actual, ecológica y saludable») me parece riguroso y bien tramado, aun cuando difiera en algunas de sus conclusiones.

¿Qué decir del resto de capítulos? Los escritos por mujeres ganan por goleada: son sugerentes, valientes y gozan también de esa frescura de la que hablaba antes. En cambio, los que firman mis queridos y admirados Juan Masiá y José-Román Flecha me han resultado un tanto insulsos, esperaba mucho más de ellos. He de reconocer que en mi juicio puede pesar el hecho de que a ambos los tengo muy leídos y estudiados, cosa que no ocurre con Emilia Robles e Ivone Gebara. Pero me ocurre exactamente lo mismo con Marciano Vidal y, sin embargo, como quedó patente, su capítulo no me ha defraudado.

Es de agradecer que se haya incluido el texto completo de la encíclica en el libro, así como que se haya aprovechado la segunda edición para completar su aparato crítico: creo que no hubiera estado de más haber eliminado esas ramitas que decoran las páginas del libro y que no dejan de sorprender por inusuales en una publicación de estas características.

Asignatura pendiente

La Iglesia tiene una asignatura pendiente con la moral sexual. Humanae vitae fue un primer paso en la renovación del discurso eclesial sobre esta materia, al incidir en el amor y admitir la contracepción, si bien todo eso quedó eclipsado por la prohibición de los métodos no naturales. Su enseñanza carece de recepción eclesial, según los parámetros teológicos del sensus fidelium, y su vigencia oficial está creando un notable malestar dentro de la Iglesia, tal y como señala Marciano Vidal.

Amoris laeititia abre una etapa nueva en la comprensión teológica y en la práctica pastoral del matrimonio y la familia. Su énfasis en el discernimiento es un avance significativo. No aborda, sin embargo, los interrogantes que existen sobre Humanae vitae, lo cual resulta comprensible dado el ambiente eclesial que se respira, pues ya vemos la que se ha armado con la posibilidad abierta de la comunión de los divorciados vueltos a casar. Detrás puede estar también que a nadie le gusta reconocer los errores de quienes le han precedido en el ejercicio del ministerio, y menos de alguien a quien se admira tanto como a Pablo VI. Pero si queremos que la autoridad eclesial no pierda más valor del que ya ha perdido, la renovación en este punto se torna indispensable. Acierta Gómez-Acebo cuando dice que «ante el honor de los descubrimientos de la ciencia, los papas no deben hacer nunca definiciones cerradas que pesarán sobre sus sucesores, sino recomendaciones que alerten y puedan estar sujetas a cambios».

José Ramón Amor Pan

Vida Nueva 3.102 (19 de octubre de 2018) 42.