Canales de autenticidad y de ilusión para vivir

(Jesús Miguel Zamora Martín, en Confer). «(La esperanza) nos da alas al cansancio cuando la fe ya no alumbra y el amor languidece». Así comienza La luz de la esperanza. Es el tercer libro de una serie en torno a las tres virtudes teologales. Y no se refiere a cualquier tipo de esperanza, sino a la teologal, que entronca con Dios, con sus promesas, las que se desprenden de su Palabra. Por eso los capítulos nos adentran en la fuerza que tiene la esperanza, en cómo descubrirla, en los porqués que anidan en una vida humana esperanzada y la relación con la fe y el amor o las otras conocidas virtudes.

Es verdad que en tiempos contrarios a la esperanza este libro tiene la virtud de irnos conduciendo por caminos sencillos, hacia los derroteros que hacen nacer y confiar en la esperanza, desde los éxitos y los fracasos (cap. 7) hasta la ayuda que necesitamos para afrontar tiempos difíciles (cap. 6); o cómo hacer que la esperanza nos afiance en un compromiso sanador y gratificante (cap. 8), lejos de cualquier atisbo de intolerancia o mala conciencia.

Pensadores, escritores o filósofos (Bloch, Teilhard de Chardin, González de Cardedal, Moltmann, etc.) que han ofrecido sus reflexiones para que la esperanza no se eclipsara con la fuerza de sus hermanas (el amor y la fe), cuando, como ellas, hunde sus raíces en lo mismo: la fe en el Resucitado, que alimenta la esperanza que refuerza el amor para vivir, nos vuelven a sonar en este libro de manera armónica.

El comienzo del libro deja un sabor amargo al ir descubriendo las bajezas de nuestro mundo (hambre, cultura de la muerte, violencia, guerra, desunión…) que aniquilan todo intento esperanzado de saborear lo bello y bonito de nuestro mundo; con todo, bueno es darse cuenta del mundo real en que vivimos, comprender y saber de estas situaciones para no acabar diciendo: «Qué mal está todo. No hay nada que se pueda hacer».

La interrelación entre las tres virtudes teologales ayuda, una a otra y con ello a la persona, a solventar el miedo, el temor por el futuro, la nostalgia del pasado o la dureza del presente. Considera el autor que la esperanza nos permite alcanzar cotas más altas a las que estamos llamados, superando el sinsentido de lo que, a veces, vivimos.

Sabemos que la esperanza cristiana tiene una base: Jesús de Nazaret. En él se funda nuestro creer y nuestro esperar y es el dinamismo de nuestro amor. Por eso la esperanza es fuerte y no es el refugio de los pusilánimes.

Hay un capítulo del libro (el cuarto) dedicado a hablar de la encíclica de Benedicto XVI Spe salvi. Desde esta lectura también se ahonda en una esperanza que es espera activa y que determina una acción social que ayuda a bajar a la tierra y no quedarse en una mera especulación filosófica.

Destaca el autor del libro que esperanza engendra virtudes. Y señala, como hijas de aquella, la perseverancia, la constancia, la tenacidad y la paciencia. Y alude con frecuencia en el libro a ejemplos de vida real donde hay grandes hombres y mujeres que por haber practicado algunas de las hijas de la esperanza, resultan hoy ejemplos de virtud. Desde esta vivencia y este caer en la cuenta del valor que ha tenido para muchas personas la esperanza, nos conduce el autor a la convicción de que podemos hacernos fuertes frente a la tristeza, la melancolía, la depresión, el mal humor, las diversas crisis o la soledad que nos aprisionan.

Y, en medio de todo, ¿cómo seguir apostando por la esperanza si el dolor es más fuerte? Jesús comparte el dolor y sufre con nosotros. Y desde ahí arranca una esperanza cuando todo está perdido.

Ocho capítulos sencillos de leer, que van ofreciendo canales de autenticidad y de ilusión para vivir y que conducen al lector por los caminos ordinarios de la vida, para recorrerlos con sentido, con hondura, con gozo.

Es un libro que invita al optimismo, sin caer en angelismos, siendo consciente de las dificultades. Pero el éxito o el fracaso, como refiere al final del libro, vendrá en función de cómo afrontemos lo que nos llegue. Por eso, al final nos deja este hermoso párrafo:

«Decimos que hablar de esperanza en tiempos recios, cuando está ardiendo el mundo, es de personas que tienen bien puestos los pies en la tierra y un gran amor. Si se buscan razones para justificar la esperanza, si se intenta aporta luz en medio de esta gran noche, es bueno no dejarse vencer por la tentación del desánimo, el tedio y la desesperación. Es necesario acoger a Jesús en medio de nosotros, para que nuestro corazón se llene de alegría y esperanza…» (pág. 209).

Jesús Miguel Zamora Martín, FSC

Confer 223 (julio-septiembre de 2019) 493-495.