Coherencia entre lo que se vive y lo que se transmite

(Jorge A. Sierra, en Confer). Seguramente le haya pasado lo mismo a muchos de los que hayan visto este libro en las librerías: ¿un libro religioso escrito por Assumpta Serna, la actriz? Sí, por la actriz, junto a su pareja, también actor y por un sacerdote de la diócesis de Ciudad Rodrigo. Y es un libro –Entre la espada y la pared– que no es exactamente religioso, o quizás lo sea sin quererlo, pues, como es esperable, al intentar ayudar a los «profesionales de la Palabra» a comunicar mejor no queda más remedio que re-pensar la propia fe. De hecho, esa «coherencia» entre lo que se vive y lo que se transmite puede ser el perfecto titular del libro.

El origen de este libro son las conversaciones y diálogos de las que Serna y Cleverdon pudieron disfrutar durante el rodaje de la película Red de libertad (Pablo Moreno, 2017), basado en la biografía de una Hija de la Caridad, interpretada por la propia Serna y artífice de una verdadera cadena de solidaridad y rescate de niños judíos en la Segunda Guerra Mundial. Como ocurre en tantas ocasiones, el contacto directo con creyentes sinceros y convencidos, pero no por ello dogmáticos, es el mejor medio para superar prejuicios. Este proceso, en el caso de esta pareja de actores, los llevó a darse cuenta de otra evidencia: los cristianos tenemos el mejor mensaje… pero somos pésimos mensajeros. Y se pusieron manos a la obra: desde su experiencia, desde lo que aprenden y enseñan de interpretación y comunicación en público, ¿cómo pueden ayudar a la Iglesia?

Esta interesante premisa se desarrolla en un diálogo a tres bandas entre los coautores. Un diálogo bastante espontáneo y donde se refleja la experiencia y el estilo de cada uno, jalonado de anécdotas y de sugerencias de lectura o visionado. Para el lector es fácil entrar a formar parte de este diálogo, donde se tratan temas muy importantes y se ofrecen claves para seguir «compartiendo en el camino».

Los dos primeros capítulos sirven como introducción: a nivel social, con una crítica nada escondida a lo «políticamente correcto» que se está imponiendo con mucha virulencia en nuestra cultura, sobre todo en las redes sociales, y a nivel eclesial, mediante el «atrio de los gentiles» (llama la atención que la pareja de actores, para nada incultos, no conocieran esta expresión, ya antigua en la Iglesia, pero así nos pasa con muchas palabras eclesiales: para los que estamos dentro de la Iglesia nos parecen muy evidentes… pero no lo son. Otra llamada de atención) y la recuperación de lo que es realmente valioso comunicar de la Iglesia.

El tercer capítulo hace una interesante comparación entre los relatos mitológicos, sobre todo los que tienen que ver con los héroes clásicos (según las conocidas etapas propuestas por J. Campbell) y el relato cristiano, mientras que el cuarto, quinto y sexto se centran en la predicación, especialmente en la homilía. No es gratuita esta insistencia en las homilías, que a veces hacen más mal que bien, pero las claves aportadas no se circunscriben únicamente a esta importante parte de la eucaristía. Los autores señalan 12 errores imperdonables (los que frecuentan las misas del domingo podrán encontrar ejemplos de todos y cada uno con facilidad), 14 valores de quien hace la predicación, en la línea de coherencia personal para el sacerdote y 13 pasos para preparar y dar bien una homilía. No son muy diferentes de los que puede enseñar cualquier experto en comunicación al público, pero sus subrayados en torno a la Palabra de Dios resultan sugerentes y adecuados.

Los capítulos séptimo y octavo abren nuevos caminos: por un lado, la comunicación digital, con interesantes sugerencias para evangelizar delante de una cámara (muchos de ellos marcan la diferencia entre los youtubers y tiktokers que ayudan y los que obstaculizan) y la sencilla lectura, también en la misa. Ambos capítulos son muy prácticos, como lo son también los apéndices: lenguaje corporal, ejercicios de técnica vocal…

Los autores se dirigen directamente a uno de los principales grupos de comunicadores en la Iglesia: los sacerdotes. Naturalmente, sus sugerencias no están cerradas a este grupo, aunque en algunos momentos hayamos echado de menos algunas referencias a otros comunicadores fundamentales en la Iglesia: los maestros, los catequistas, los religiosos y religiosas, los creyentes de a pie… De todas formas, las claves aportadas son útiles para todos, con las debidas adaptaciones.

Resulta refrescante leer aportes desde otras disciplinas a la labor de evangelización de la Iglesia. Ciertamente se puede aprender mucho, siempre y cuando superemos el prejuicio, del arte dramático, pero sobre todo del diálogo sincero y profundo, del compartir y del testimoniar sin sermonear, ni desde un lado ni desde el otro. Recomendamos la lectura con esas claves de esta obra, editada además en un formato agradable y útil.

Jorge A. Sierra, FSC

Confer 227 (julio-septiembre de 2020) 451-453.