Dejó a Dios ser Dios en su vida

«Soñad y os quedaréis cortos». Con esta frase, repetida habitualmente por san Josemaría, se abre y se cierra este libro. El subtítulo pone de manifiesto su centralidad en esta obra, presentada como Crónica de un sueño.

Olaizola, miembro del Opus Dei, escribe desde el corazón del hijo que venera la memoria de su padre, a quien tanto le debe. Ha tenido el privilegio de conocerlo personalmente. Por eso este texto es biografía y también memoria agradecida. En el primer capítulo cuenta, emocionado, sus encuentros con el santo; y, en especial, el vivido junto con su esposa, embarazada de una niña que fallecería al año de nacer.

A lo largo de los dieciséis capítulos restantes, va relatando, en orden cronológicamente lineal, los hechos más significativos de la vida de Escrivá; desde su infancia hasta sus últimos años, presentados también como «vida de infancia». La infancia espiritual que vivió siempre, le conservó el alma de niño, abandonado en brazos de su Padre y de su Madre María. Como él mismo decía, «lo bueno de nuestra vida de hombres es que somos pequeños».

Lejos de entristecerse por sus debilidades, su pobreza le avivaba la confianza en su Padre Dios. De carne y hueso, pobre pecador y lacerado en los últimos años por la enfermedad, vivía profundamente alegre en el Señor. Sabía desdramatizar con humor los momentos más duros. Había puesto su honra en manos de Dios y era libre ante las calumnias: «No te preocupes, todo lo que se cuenta ahí es falso; si me conocieran mejor, quizá hubieran podido decir cosas peores» (pág. 155).

Palpar el barro de su debilidad, permite contemplar a Dios actuando desbordantemente en quien todo lo espera de Él porque nada tiene. Conmueve adentrarse en las diversas escenas de su vida y escucharle decir con profundo abandono en la Providencia: «cuando solo se busca a Dios, bien se puede poner en práctica aquel principio de: “se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste”» (Camino, 481).

Y el Señor desbordó todas las expectativas. En los inicios de la fundación cuando, después de invitar a muchos jóvenes, solo acudieron tres: «Bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto porque el Señor ha sido mucho más generoso».

Josemaría es el santo de la vida ordinaria, del sentido común, del trabajo sencillo realizado por amor a Él, a mayor gloria de Dios. Sus padres, modelo de fe y humildad ante las adversidades, supieron forjar su carácter y atemperar su genio vivo. Consciente de tanto bien recibido en este hogar cristiano, concibió el Opus Dei como una gran familia. Siempre agradeció la ayuda de su madre y de su hermana, que supieron imprimir el sello del hogar en las casas que se iban abriendo. Integró a su familia de tal modo que los miembros de la Obra consideraban abuela a su madre, y tía a su hermana.

Pilar Urbano, también hija espiritual de Josemaría, ha escrito el prólogo. Con estilo apasionado y ritmo de vértigo, enlaza multiplicidad de escenas, anécdotas y frases del santo. En reducido espacio ha querido trazar la semblanza espiritual de la rica personalidad de Escrivá, el hombre de los contrastes.

Olaizola es un gran comunicador. Su estilo sencillo y ameno, y el calor de su testimonio personal, ofrecido en primera persona, conmueven al lector y le integran con facilidad en el relato. Es un libro muy recomendable para acercarse a conocer a este santo que dejó a Dios ser Dios en su vida.

María Dolores de Miguel Poyard

Sal Terrae 1.229 (enero de 2018) 85-87.