Devolver la voz a los niños

(Sinite). ¡A la Escuela de la Paz! es una obra co­lectiva que destila desde las prime­ras páginas, en el prólogo de Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, un amor y una pre­ocupación por los niños que se co­munica en cada una de sus páginas. El prólogo relata lo que fue el inicio de la Comunidad de Sant’Egidio en Roma, hace 50 años. En el origen de la comunidad, junto con la atención a los pobres del extrarradio de Roma, se encontraba la preocupación y el cuidado por los más vulnerables en­tre los pobres: los niños. Y ese cui­dado se reflejaba, sobre todo, en la escucha a los niños. Y es lo que pre­tende este libro: devolver la voz a los niños, hacer posible la escucha de su realidad, sus necesidades, su magia.

Hoy Sant’Egidio se encuentra en más de 70 países y en ellos ayudan, en multitud de “escuelas de la paz”, a muchos niños que encuentran en ellas un ámbito donde aprender, don­de ser reconocidos, escuchados, ayu­dados… Un ámbito donde sienten que se confía y se apuesta por ellos, para que el aprendizaje y la educación se realicen y, a partir de ahí, para que otro mundo sea posible.

La coordínadora de este libro, Adri­ana Gulotta, cita al Papa Francisco, que conoció las escuelas de la paz en Buenos Aires, antes de ser Papa. A partir de su testimonio de cercanía a estas escuelas se insiste en que no hay aprendizaje posible, y más en los ca­sos de muchos de estos niños, que ·vi­ven en situación de riesgo, si no se les hace sentir queridos. Acostumbrados a ser gritados, maltratados, ninguneados, cuando descubren que sí im­portan y que son tenidos en cuenta, y que gente que no vive en sus barrios viene a ellos gratuitamente, sin espe­rar nada a cambio, sólo por ayudarles, les supone un choque profundo, una sorpresa muy agradable. Y comienza algo nuevo en sus vidas.

Lo más importante del libro son los testimonios de los niños de muchos lugares del mundo: el Chad, Eri­trea, Pakistán, Mozambique, kenia, Malaui, Argentina, Salvador, Mali, Burundi, Italia, España, Uganda… Su testimonio es muy sencillo, claro, directo, con tanta ternura y a la vez con tanta crudeza que a veces hace llorar. Es el testimonio propio de niños que comunican su experiencia de sentirse queridos y de saber que se apuesta por ellos, cuando aquello a lo que han estado acostumbrados en su breve historia personal ha sido pre­cisamente todo lo contrario. Como niños que son, hablan sin doblez de la vida que viven en sus casas y en sus barrios, del maltrato y el despredo que muchas veces experimentan en las escuelas normales, porque no saben, porque no tienen, porque no pueden… Y cuentan también el cambio que experimentan a raíz de entrar en las escuelas de la paz, don­de lo más importante es que pueden disfrutar de un trato y una confianza a la que no están en absoluto acos­tumbrados. Este cambio les permite empezar a ver la vida de otro modo y atreverse a abrirse a otro mundo, porque, tal y como dice Nelson Man­dela, “la educación es la puerta de en­trada a la libertad”.

Las situaciones de los niños que se acercan a las escuelas de la paz son muy variadas, y en ocasiones muy dolorosas: se describen a lo largo del libro, pero muy especialmente en el capítulo dedicado a los nuevos esce­narios del mundo: pobreza, guerra de Kósovo, emigración, paro, alcohol, maltrato, violencia de género, mafia de Sicilia, maras de El Salvador, cam­pos de refugiados del Congo, niños soldados de Uganda, meninos de la rúa, niños invisibles, porque nunca han sido registrados en ningún lugar, enfermos del sida… En todos estos casos, los niños son las primeras víc­timas de situaciones de las que no son culpables: simplemente, les ba tocado a ellos. Pero, sea cual sea la causa del desajuste, del retraso escolar, del desarraigo… cabe la esperan­za. Con los niños siempre cabe la es­peranza, y ese es uno de los mensajes más claros del libro.

Se insiste también en él en el respeto a la diversidad. La unidad no supone uniformidad, de ahi que se potencie el valor de la diferencia, la amistad, la aceptación de cada uno tal y como es. Y se narra con admiración la capaci­dad de dar de quien menos tiene y la liberación que supone descubrir que uno puede colaborar y contribuir al bien de los otros a pesar de sentirse tan necesitado. Esa es una experien­cia salvadora.

Si algo debería cambiar este libro es la impresión con que se han realiza­do algunos de los testimonios que aparecen, porque precisamente aque­llos que se desean resaltar más, con un tipo de letra distinta y un tamaño más grande, tienen un color de letra tan pálido que apenas se pueden leer. El resto del libro es una obra de arte, de amor, dedicación y reivindicación de los derechos de los niños, fun­damentalmente de los que viven en situación de riesgo. No es un canto a las excelencias de las escuelas de la paz, que también, sino un canto a la infancia, y no de un modo genérico, sino a la infancia concreta, con ros­tros y nombres determinados, para provocar en quien lee el deseo de colaborar, luchar por sus derechos y hacerse como un niño.

Sinite 178-179 (mayo-diciembre de 2018) 555-557.