Eje y núcleo de nuestra fe

(Luis Ángel Roldán de Arriba, en Vida Nueva). Cuando estamos ya avanzados en los días de confinamiento por el coronavirus, me llega la invitación a hacer la recensión de este libro: Cristo ha resucitado. Digo que sí, sin pensarlo demasiado y, de pronto, cuando cojo el libro en mis manos, me siento como atrapado, al darme de bruces con un estudio serio y una reflexión profunda de lo que es el centro de nuestra fe, “eje y núcleo de la vida cristiana”. Y aún más, en estos días oscuros de pandemia que nos toca vivir, el encuentro con el misterio crucial de nuestra fe me lo hace vivir como un diálogo. Y eso me ayuda a experimentar, desde una luz y una esperanza cierta ante los días y las preguntas, el dolor que atravesamos.

¡Qué sorpresa tan agradable! Una afirmación central: “El Crucificado es el que ha resucitado”. Afirmación que también hacía el Papa en su homilía del último Domingo de Resurrección: “El Crucificado no es otro que el Resucitado”. Escuchar esto, afirmarlo e intentar vivirlo en estos tiempos de cruz, de muerte, de oscuridad y de dolor es muy buena propuesta. En estos días llenos de preguntas, nos ayuda saber que “estamos convocados a vivir ya como resucitados en el presente, que caminan hacia un futuro pleno en el que no habrá llanto, sufrimiento ni muerte. Pero, hasta que llega ese momento, se exige de nosotros un compromiso fuerte para gestar un mundo mejor, compartiendo los mismos valores por los que Jesús se desgastó y entregó su vida: por la misericordia y la compasión, por la solidaridad y la hermandad, por la igualdad y la justicia, por la ayuda a los necesitados y el servicio a los pequeños” (p. 10s).

Para encontrar respuestas, debemos seguir su camino redentor en la muerte, la sepultura, el descubrimiento de la tumba vacía, el anuncio de la resurrección y las apariciones del Resucitado en el relato evangélico de Marcos. El autor, Luis Ángel Montes Peral, nos propone la vuelta a la Resurrección, estar dispuestos a acogerla con capacidad para la sorpresa, siendo agradecidos y en actitud de alabanza. Todo esto hecho desde la fidelidad y la responsabilidad. ¡Casi nada, su propuesta! El libro del sacerdote palentino nos invita a ahondar y repensar hoy la Resurrección del Señor. Y nos coge de la mano para aprender de las tres mujeres que recibieron la buena noticia angélica. Sus palabras “irrumpieron inesperadas en el manojo de sentimientos contrapuestos de las tres mujeres, que con tanta determinación habían ido al sepulcro de Jesús y con tanto asombro se habían encontrado con una situación que les desbordaba totalmente” (p. 104).

“Y no dijeron nada a nadie” (Mc 16,8) en aquel momento. “Era tiempo de callar, de contemplar con júbilo desbordante lo escuchado, de dejarse poseer por el anuncio recibido, que las había trasladado a una nueva razón de vivir, pero de una manera distinta, impensada hasta entonces. Había que hacer silencio contemplativo, para poder penetrar en la nueva situación creada” (p. 109). ¿No pueden ser estos días, este tiempo, un momento de silencio profundo, contemplativo, fecundo; momento y tiempo de siembra y encuentro para después? “Su existencia transformada estaba llamada a acoger debidamente el mensaje angélico… Convencidas en lo más sagrado del corazón de la vuelta de Jesús a la vida, dejan que sea Él quien mande y oriente sus pasos posteriores” (p. 110).

Trinidad de las víctimas

La Resurrección no puede considerarse como una utopía vana. “En esta actuación concreta culmina la revelación divina, ya que el Padre hace justicia al Crucificado y se compromete a hacerla también a las víctimas de cualquier época de la historia” (p. 165). “Aunque el Padre siempre las acompaña en sus desdichas, llegará el momento en el que la Trinidad se convierta de manera notoria en la Trinidad de las víctimas, de tal modo que la fe en la Resurrección significa tanto como la ‘esperanza de las víctimas en la justicia de Dios’” (p. 168).

“El Resucitado nos invita a salir de nosotros mismos y encontrarnos con el hombre nuevo, que anida en nuestro interior, poniendo nuestros ojos en la belleza del Hombre Nuevo y activando la esperanza cierta, que crece en nosotros en la medida que actuamos conforme al espíritu del Evangelio”. Vernos así, también hoy unidos a Cristo, y “convocados a un destino de amor, verdad, belleza y, por lo tanto, a un destino llamado a la felicidad” (p. 194). Queda claro que su resurrección no es algo pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado en el mundo. “Donde parece que todo ha muerto, por todas las partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable” (Papa Francisco). ¡Creo, creamos, en esa vida eterna, adquirida por el Resucitado crucificado!

Luis Ángel Roldán de Arriba

Vida Nueva 3.179 (23 de mayo de 2020) 44.