El legado de Newman

(Manuel Mª Bru, en Alfa y Omega). Si les preguntas a los ingleses los nombres de tres compatriotas suyos de los que todos, anglicanos mayoritarios incluidos, se sienten orgullosos por el ejemplo de sus vidas, por su legado cultural y religioso, y por haber enriquecido el genio británico, es muy probable que hablen de santo Tomás Moro, de Chesterton, y de John Henry Newman. En el caso de este último más que nunca ahora, tras ser canonizado por el Papa Francisco hace poco más de un año, y ser propuesto a todo el orbe como ejemplo y como maestro.

La editorial SAN PABLO nos ofrece –no solo para los incondicionales lectores de Newman, sino para todos los amantes de la fe y de la razón, de la belleza literaria o de la sabiduría intelectual de la historia contemporánea–, un libro definido con gran dosis de humildad como «ensayo biográfico» de Newman, de la pluma de Víctor García Ruiz, profesor de Historia de la Literatura de la Universidad de Navarra. Confiesa el autor que lo que iba a ser un libro relativamente pequeño fue creciendo hasta llegar a sus más de 400 páginas, porque, ya en el primer capítulo, para hablar de las familias paterna y materna de Newman (1801-1824), necesitó de casi una veintena de páginas.

Luego vendrá el rastreo por la juventud del estudiante de Oxford y su búsqueda incansable por la verdad de las cosas, inseparable de la profunda experiencia religiosa de quien, ya antes de ir a la universidad siendo aún adolescente, confesó que «solo sé de dos seres absoluta y luminosamente evidentes: yo y mi Creador». En la universidad nació su pasión por los padres de la Iglesia, la vocación al sacerdocio en el seno de la comunión anglicana, los movimientos culturales, la mirada critica a la realidad humana en su profundidad, y por tanto a la vivencia religiosa (1816-1845). Después, el autor nos adentra en el Newman que en conciencia deja el anglicanismo para abrazar el catolicismo, y promover la Oratory School (1846-1863). «Fue el gran rompehielos para miles de personas que en su país buscaban la verdad religiosa», asegura el autor en el prólogo del libro, «pero tuvo que pagar hasta el último de sus días un fuerte peaje por la audacia demencial de apurar sin concesiones un principio verdadero –“yo y mi Creador”– frente a otro principio falso, el antipapismo». Por eso este ensayo «intenta contar lo que pasó antes y después de su conversión, que inevitablemente marca un cénit en el trayecto».

Con el nombre de «Batallas», un cuarto capítulo nos adentra en el Newman apologista y sus mejores escritos y sermones (1864-1870). La impronta del Concilio Vaticano I en su reflexión crítica, y la vuelta a Oxford (1870-1879) nos lleva a la etapa del Newman cardenal hasta el final de su vida (1879-1890). Termina con una interesante defensa de la candidatura del santo para formar parte de la lista de los doctores de la Iglesia, seguida de unas páginas complementarias con la cronología de su vida, las principales ediciones de la obra de Newman, y las biografías escritas en castellano.

Entre miles de cosas curiosas, interesantes y provocativas de la vida y la obra de este gran santo contada en este libro, me ha llamado la atención que en la famosa obra Un mundo feliz, de Aldous Huxley, aparece una caja fuerte que esconde «viejos libros pornográficos» como la Biblia, el Kempis, las obras de Shakespeare y un escrito del cardenal Newman en el que se nos recuerda que «nosotros no nos pertenecemos, lo mismo que no nos pertenece lo que poseemos. No nos hicimos a nosotros mismos; no tenemos un poder supremo sobre nosotros mismos. No podemos ser nuestros propios señores […]. No se hizo la independencia para el hombre». Un buen ejemplo del legado de este santo genial, cuyo único enemigo fue el cinismo.

Manuel Mª Bru

Alfa y Omega 1.191 (3 de diciembre de 2020) 25.