En búsqueda de un mensaje común

(Jorge A. Sierra, en Confer). Nos encontramos ante Aliento de Vida y Luz del Camino, una obra póstuma del jesuita y maestro zen japonés Kadowaki Kakichi, que recoge algunas de sus notas y grabaciones para un retiro sobre el Espíritu Santo, con especial énfasis en los escritos de san Pablo.

Kadowaki (1926-2017) perteneció a la escuela de diálogo entre el budismo zen y el cristianismo que se formó en Japón en la estela del también jesuita Enomiya-Lassalle y es el autor de varias obras muy interesantes, como El Zen y la Biblia (San Pablo, 2019) y Vivencia Zen de un cristiano (Paulinas, 1981). La traducción, edición y presentación de la obra son trabajo de Juan Masiá y Pedro Vidal, lo que garantiza su calidad.

Como obra de madurez, recoge gran parte de las enseñanzas del autor sobre la espiritualidad ignaciana y bíblica en relación con el zen, pero no desde la comparación o la fenomenología religiosa, sino desde la búsqueda de un mensaje común, que se comprende a través de la práctica, por ejemplo, del zazen. No se trata, por lo tanto, de una obra de estudio, sino más bien de unas «charlas de retiro» que ganan en hondura si se leen en un ambiente tranquilo y dejando tiempo entre texto y texto. El propio autor destaca la «cercanía de la vivencia» entre diferentes tradiciones religiosas frente a la «lejanía de la teología» ya que, como ocurre con frecuencia en cuestiones espirituales, es más difícil explicarlo que vivirlo.

El protagonista del libro es el Espíritu Santo, al que el autor intenta acercarse a través de la lectura de textos bíblicos a modo de koan (relatos muy breves), acompañados de técnicas que permiten acceder al tanden y al hara, los dos centros de atención corporal del budismo zen. Por ejemplo, los capítulos seis y siete, los más extensos, «Vivir, como Pablo, en el Espíritu» y «El Espíritu interpreta la Palabra» recuperan algunos de los textos donde el Apóstol refleja su vivencia del Espíritu que le mueve y los comenta para ayudar al lector a hacerlos vida, invitando a su meditación.

No es, por lo tanto, una obra para leer de corrido. Son habituales las referencias a maestros del zen que quizás sean aún poco conocidos en el ambiente occidental, como Eihei Dogen (1200-1253), al que Kadowaki califica como el «Santo Tomás del zen» y Kitar Nishida (1870-1954), precursor de la llamada «Escuela de Kioto».

Destacan, además de las nombradas, algunas partes más del libro: el propio prólogo, donde se define al Espíritu como auténtico intérprete de la Palabra, el capítulo 1, donde se relatan algunos de los puntos de encuentro entre las tradiciones religiosas orientales y occidentales para ayudar a «caminar hombro con hombro» y el epílogo, un diálogo entre los editores de la obra y Adolfo Nicolás, que fue compañero de Kadowaki y General de la Compañía de Jesús, en torno a su legado.

Subrayamos para terminar una de las reflexiones del autor con el texto paulino «llevamos este tesoro en frágiles vasijas de barro» (2Cor 4, 7), donde brilla especialmente su vivencia de un Espíritu que bendice y sopla vida. Cada párrafo de ese apartado es como una respiración que guía al lector a asumir la propia realidad y, al mismo tiempo, a no limitarse a ella. Finalmente, nos invita a muchos «des-»: desprenderse, desengañarse, descentrarse… hacia la libertad del Espíritu.

Jorge A. Sierra, FSC

Confer 227 (julio-septiembre de 2020) 447-448.