En muchos casos de duelo nos preguntamos dónde estaba Dios

(F. Carmona, en La Ciudad de Dios). Una de las situaciones por las que pasamos necesariamente todos los seres humanos, es el duelo o momentos de dolor, sobre todo el dolor pro­ducido por la muerte de un ser querido. De ahí que nos diga, al comenzar, que hablar de duelo es inevitable. La experiencia vivida y contada por Phi­lippe Baudassé en su contacto con gran variedad de personas, a quienes, como sacerdote entregado especialmente a esta misión pastoral de acom­pañamiento, resulta ejemplar y práctica.

En Vivir el duelo, en una serie de capítulos breves nos dice que el duelo es plural, aun­que especialmente se refiere al producido por la muerte de un ser querido, de un compañero de trabajo, un amigo o un miembro de la familia en ge­neral, tanto más cuanto más inmediato era el fallecido. Suele ser cruel por lo inesperado, muchas veces difícil de superar por uno solo. El duelo pre­senta muchas caras, pero puede crear soledad por el vacío de la ausencia, que deja la persona que se fue. En todo caso «necesitamos sentirnos acep­tados, rodeados y acompañados o mejor, aún, comprendidos». Hay casos es­peciales como la muerte de un niño, de un padre de una madre de familia jóvenes, cuando tanta falta hacía, un suicidio, tan frecuente hoy. En muchos casos surgen preguntas como, ¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde está cuando uno sufre? Estaba ahí, pero falta fe para verlo. A veces hace falta acudir a bus­car ayuda especial al psicólogo, psiquiatra o a una asociación especializa­da, nos dice el mismo autor.

Es bueno pensar que Jesús, el Hijo de Dios, participó del duelo, espe­cialmente con la muerte de su pariente y precursor, Juan Bautista decapi­tado por Herodes, o la muerte del amigo Lázaro. También puede ayudar recordar cómo hicieron duelo algunos santos, por ejemplo San Agustín, que tiene una reacción ante la muerte de un amigo íntimo de su juventud cuan­do no tenía fe, y cómo reacciona con paz ante la muerte de su madre, su hermano u otro amigo, cuando ya convertido lo vive desde la fe. El último capítulo lo titula «para seguir adelante». Puede ser también la conclusión del duelo humano, con la necesidad de seguir adelante con esperanza. Es­peranza en la entrada en el camino de la gloria del difunto y esperanza en la vida, que hemos de seguir viviendo.

Por añadidura, creo que la lectura reposada de este libro, lleva consuelo, paz espiritual y estimula a tratar de vivir sin decaer.

F. Carmona

La Ciudad de Dios