Hacer visible lo invisible

(Miguel Ángel Escribano Arráez, en Confer). Hay muchas formas en las que se puede hablar de lo que fue el Concilio Vaticano II, una de ellas la que nos presenta la eminente teóloga Isabel Gómez Acebo, por medio de un relato novelado, como una historia que nos cuenta la abuela sentados en la mesa ca­milla una tarde de invierno, como del mes de febrero en el que estamos, con un café con leche entre las manos.

La autora se sirve de esta forma de re­lato para contarnos la experiencia de unas cuantas mujeres en las sesiones del Conci­lio, de sus impresiones y de lo que el mismo supuso para la vida de las mujeres dentro de la Iglesia.

La conclusión cada uno debe sacarla al leer el libro, pero, siendo realista y teniendo en cuenta que nos encontramos en los años 60 del siglo pasado, no podemos olvidar que el papel de la mujer en la Iglesia y la sociedad no era de mucha libertad ni de pre­sencia activa en medio de las instituciones tanto eclesiales como sociales.

El relato nos va mostrando que, si bien es verdad que hubo mujeres en las sesiones conciliares, no menos cierto es que fueron invisibles para la gran mayoría de los pa­dres conciliares, es más, no se les reconocía su presencia ni para revisar los documentos conciliares en los que la mujer debía tener un papel importante, como fue el documen­to sobre la vida religiosa Perfectae Carita­tis. Documento que debía marcar el nuevo ser de la vida consagrada en la iglesia y que ni siquiera llegó al grupo de religiosas que allí estaban presentes.

El libro tiene de rico que nos hace una perspectiva desde una visión femenina de cómo fueron los preámbulos del Concilio, quien fue Juan XXIII y todo Jo que supuso la apertura del Concilio y la gran novedad de nombrar auditoras al mismo.

No cabe duda de que, junto con la vida religiosa, el Concilio no acabó de dejar las cosas claras en el papel de la mujer tanto en la sociedad como en la familia y mucho me­nos en la Iglesia, es verdad que se abrieron gateras, nunca ventanas y mucho menos puertas, pero algo estaba cambiando.

La clausura del Concilio, para las mu­jeres, significó una esperanza en que se podrían llevar a cabo una serie de cambios que se verían reflejados en la vida de la Iglesia en los años sucesivos, cambios que sin embargo no se han terminado de hacer realidad.

Ahora bien, concluye la autora con una cita del Papa Pablo VI “Las mujeres tenian que acercarse más al altar, a las almas y a la Iglesia para unir a la gente”, como nos señala la autora queda a la interpretación esas palabras, que en una Iglesia en cami­no como la que nos encontramos ahora, no dejan de ser unas palabras a tener en cuenta en una labor de hacer visible lo invisible.

Miguel Ángel Escribano Arráez

Carthaginensia vol. XXXVI, nº 70 (julio-diciembre de 2020) 576.