La revolución del amor explicada a mi ahijado

El libro que tienes en tus manos –La revolución del amor explicada a mi ahijado, de François Rose– es el regalo de un padrino a su ahijado. El regalo más bello que un padrino puede hacerle a su ahijado: el discernimiento del amor.

Alexandre, el ahijado, quiso sumergirse en la exhortación apostólica Amoris laetitia, pero, a pesar de su buena voluntad, ni siquiera terminó de leer la primera página. Habría podido esperar a que su padrino lo tomara de la mano y lo introdujera en el texto, párrafo a párrafo, pero no lo hizo. Lejos de aventurarse en una explicación del texto, el autor llevó a su ahijado 2.500 años antes de la redacción de la exhortación apostólica, al descubrimiento de dos representaciones del mundo centradas en Platón y Aristóteles. Dos miradas sobre la vida que no han perdido nada de su relevancia.

Y posteriormente, paso a paso, el padrino conduce a su ahijado al discernimiento del camino por el que el papa Francisco lleva a nuestra Iglesia, paso a paso. En este camino, la exhortación apostólica Amoris laetitia aparece como un tema de debate. Sin duda porque afecta a la familia y la familia es sagrada, sobre eso no hay discusión posible. Pero, sobre todo, nunca elude la fragilidad del amor humano ni las situaciones dolorosas de fracaso del amor conyugal. Es sobre ese punto sobre el que la exhortación hace su revolución. Apoyándose en el Magisterio de la Iglesia tal como fue presentado por Familiaris consortio, Amoris laetitia da un paso más, hasta el punto de enunciar: «Es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado, se pueda vivir en gracia de Dios» (AL 305). Es ahí cuando la exhortación apostólica aparece como tema de debate. Posición radicalmente nueva, el papa Francisco no excluye la posibilidad de que los sacerdotes confieran el sacramento de la reconciliación a las personas comprometidas de manera irreversible en una situación matrimonial objetivamente «irregular».

La aportación inestimable de este libro es mostrar de la forma más sencilla y pedagógica posible que, lejos de tratarse de un espíritu desordenado listo a sacrificar la santa doctrina católica en el altar de un celo pastoral excesivo, esta revolución se inscribe profundamente en la tradición. En efecto, esta revolución no es más que la revolución del amor, que se propaga como el fuego en cada página del evangelio. Jesús no se resigna jamás a encerrar a un pecador en su pecado. Espera que en cada persona que encuentra –y por tanto también en cada uno de nosotros– se realice ese «más ser» al que nos sentimos llamados a pesar de nuestras fragilidades, de nuestras faltas y de los acontecimientos de nuestras vidas que nos hacen a veces emprender caminos definitivos, aquellos que no hubiéramos deseado por nada del mundo y menos aún imaginado.

El autor retoma el episodio de la mujer adúltera. Jesús no se resigna a que la vida de esta mujer se termine en una falta que firme, según la ley mosaica, el naufragio definitivo de un destino. En su «vete y no peques más», Jesús reenvía a esta mujer hacia su fin, hacia su realización, del mismo modo que se devuelve a un pez al agua. Eso también es ser «pescador de hombres». Santo Tomás de Aquino fue el primero en percibir en la filosofía de Aristóteles la piedra angular de esta revolución del Amor que atrae a cada uno hacia su realización, a pesar de un modelo, de un ideal, a veces muy maltratado. Es difícil ver, en esta esperanza en el hombre y en el poder de la misericordia de Dios, una violación de la doctrina de la Iglesia. Es más bien hacer honor a esta última en lugar de situarla más humildemente en el lugar que le pertenece: un mapa para el camino.

En este mismo espíritu, siguiendo a Jesús y a Francisco de Asís, cuyo nombre ha adoptado, el papa Francisco nos llama a los pastores «a renunciar a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura» (AL 308). Así nos envía por los caminos del encuentro en la humanidad, con las manos vacías, sin poder refugiarnos detrás de lo prohibido por la ley. Y sin renunciar por ello a ofrecer lo más bello y lo más exigente del mensaje evangélico inscrito en el corazón de las aspiraciones humanas más profundas.

Pero quizás lo más singular de este libro esté en su forma: el diálogo que mantienen un hombre y su ahijado para que este último aclare sus dudas y despierte su consciencia. La pregunta que más inquieta a Alexandre es saber si Léa, su novia actual, es la mujer que hará de él el esposo que él se siente llamado a ser. Su padrino no va a darle una respuesta a esa pregunta. Pero tampoco va a formular prohibiciones, ni siquiera para prevenir a su ahijado ante el peligro de hacer y hacerse daño. Se tomará el tiempo necesario para ofrecerle los elementos de discernimiento que requiere. Y luego se mantendrá en el umbral de la consciencia de su ahijado, confiando.

En el fondo, hay, sin duda, una brecha que atraviesa, en un grado u otro, todas las religiones: el de la responsabilidad que les es asignada como buscadoras de la verdad. Para algunos supone dictar la ley que conduce infaliblemente hasta la verdad en sí, con la posibilidad de recurrir al castigo. Para otros se trata de aclarar y acompañar las conciencias libres en el camino hacia una verdad que, sin ser relativa ni contingente, no se deja encerrar en una doctrina, por muy perfecta que sea. En el cristianismo especialmente, dado que la verdad es una persona que nos llama a seguirla, ¿cómo imaginar la búsqueda de esta verdad fuera de nuestra libertad iluminada de hijos de Dios?

Alexandre está ahora «armado» para leer la exhortación apostólica Amoris laetitia. Le hará sentir aún más ganas de amar a Léa… o a otra mujer. Pero de amar de verdad.

+ Mons. Jean-Paul Vesco, OP, obispo de Orán