Los aspectos en que Lutero puede servir de modelo a todo cristiano

(Ángel Martínez Cuesta, en Recollectio). Como era de esperar, el centenario de la composición de las 95 tesis de Lutero sobre las indulgencias está generando una avalancha de escritos en las principales lenguas de Occidente. Hay biografías de muy diversa entonación y extensión: monografías sobre sus obras, sobre momentos especialmente significativos de su vida o puntos característicos de su teología, así como valoraciones generales de su obra. Aunque no faltan escritos severos, en los que sigue apareciendo como el gran responsable de la ruptura de la unidad de la Iglesia Occidental, predominan, tanto en ámbito protestante como en el católico, los de orientación irénica y ecuménica. Más que hundir la pluma en las diferencias, los autores buscan explicaciones que ayuden a comprender esa ruptura, retirando obstáculos que la incomprensión de siglos ha ido acumulando en el camino, y facilitando la continuación y profundización de un diálogo constructivo entre las Iglesias. La Declaración conjunta luterano-católica sobre la doctrina de la justificación del año 1999, el documento Del conflicto a la comunión publicado por la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, las intervenciones de eclesiás­ticos prestigiosos, como las del cardenal Kasper o la celebración de un congreso dedica­do al Reformador en el Vaticano a principios de este año con la activa participación de estudiosos católicos y protestantes expresan el clima que preside hoy las relaciones entre católicos y luteranos.

Fruto de ese clima es el libro que ahora me toca presentar, Lutero (Una vida delante de Dios). Su autor, conocido por otra aforunada biografia del gran reformador sajón publicada en 2002, intenta en él fa­cilitar el encuentro del lector de habla hispana con su figura humana y con su doctrina teológica. En pocas páginas de agradable lectura ofrece una muy útil introducción que reconstruye la trayectoria biográfica del personaje y el origen y rasgos principales de su pensamiento religioso. En 35 capitulitos, de carácter estrictamente cronológico, teje, en lograda síntesis, los datos externos del entorno familiar, social, religioso y político en que le tocó vivir con los rasgos de su psicología personal. La perspicacia con que ha sabido combinarlos, la benevolencia con que ha sabido presentarlos y entrelazarlos, y la claridad con que ha acertado a exponerlos son los principales valores del libro. Digno de mención es su respeto por la sensibilidad religiosa de Lutero, que tantas veces se ha ridiculizado o puesto en duda partiendo de anécdotas indignas de la atención que se les ha concedido o de comportamientos no suficientemente analizados. A pesar de tantas actitudes intoleran­tes y del lenguaje vulgar y grosero a que Lutero recurrió tan a menudo, Lazcano no duda un momento de la intensidad y sinceridad de su religiosidad.

Lazcano califica su biografia de vita brevis, con lo cual podría inducir a pensar en una obra menor, insuficientemente documentada o poco atenta a los graves problemas que su protagonista suscitó en su tiempo y que todavía hoy sigue suscitando. Lazcano sintoniza con los objetivos del ecumenismo actual e incluso espera que su obra con­tribuya a darle nuevo vigor. Pero en ningún momento cede a la tentación de silenciar dificultades objetivas, de marginar sucesos desagradables o de ignorar la gravedad de su enfrentamiento con la Iglesia romana. El enfrentamiento fue radical y afecta a puntos fundamentales de la concepción filosófica del hombre y de la obra de la redención. Es verdad que en 1999 se llegó a una convergencia entre católicos y luteranos sobre la actual comprensión de la justificación, pero también lo es que el documento tiene un alcance his­tórico limitado y que apenas logró la aprobación de la mitad de las iglesias pertenecientes a la Federación Luterana Mundial (66 de 122) y que después no ha producido los efectos que de ella se esperaban. Lazcano reconoce la dificultad de conciliar su concepción de la naturaleza y libertad humana, su desprecio de la razón, su eclesiología o su teología sacramentaria con las enseñanzas de la Iglesia católica, pero no insiste en ello. Prefiere poner de relieve >: su amor y absoluta confianza en Jesucristo y su total dedicación a la purificación, predicación y difusión de su palabra.

En los tres últimos capítulos traza una breve síntesis del legado de Lutero, adelanta algunas líneas sobre el futuro del ecumenismo y ofrece unas breves pinceladas sobre 24 personajes relacionados de un modo u otro con el protagonista del libro.

Poco antes de morir compuso la siguiente oración, en la que se puede ver un tra­sunto de su vida: «¡O Padre mío celestial!, Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, ¡Dios de toda consolación! Yo te agradezco el habenne revelado a tu amado Hijo Jesucristo, en quien creo, a quien he predicado y confesado, a quien he amado y alabado, a quien des­honran, persiguen y blasfeman el miserable papa y todos los impíos. Te ruego, Señor mío, Jesucristo, que mi alma te sea encomendada. ¡Ah, Padre celestial! Tengo que dejar ya este cuerpo y partir de esta vida, pero tengo por cierto que contigo permaneceré eternamente y nadie me arrebatará de tus manos» (p. 229).

Ángel Martínez Cuesta

Recollectio 41 (años 2018) 373-375.