Manuel de Unciti: un cura periodista cuya pasión era la renovación de la Iglesia

(SP). Cientos de miles de personas leyeron sus escritos y le escucharon en charlas y homilías. Cientos de jóvenes pudieron tratarle de cerca, con lo que pudieron recibir sus mensajes y el cariño que desprendía. Manuel de Unciti fue un cura periodista que se volcó en el mundo de las misiones y en el periodismo, desde bien temprano y hasta el final de su vida (su último artículo lo publicó unas semanas antes de su muerte). Le conoció Juan Cantavella, catedrático emérito de Periodismo de la Universidad CEU San Pablo, y ahora ha escrito su biografía: Manuel de Unciti. Misionero y periodista, un exhaustivo rastreo sobre lo que fue su pletórica existencia.

¿Quién fue, o quién es, Manuel de Unciti? ¿Por qué publicar su biografía?

Cuando un individuo destaca en nuestra sociedad, por su personalidad o actividades, los demás nos fijamos en su comportamiento y trayectoria. Cuando llega al final de su vida, quienes estuvimos a su lado y hemos conocido de primera mano todo lo bueno que aportó a los demás, pensamos que no es justo que desaparezca su memoria. Esa es la razón de que haya querido compartir con los lectores la vida del sacerdote donostiarra Manuel de Unciti (1931-2014), quien sobresalió como periodista de información religiosa, como animador misionero y como creador de la Residencia Azorín para estudiantes de Periodismo. Un gran profesional, pero sobre todo una persona entregada, tierna, luchadora y profundamente creyente.

Sacerdote, misionero, periodista, formador de periodistas, escritor… En una figura tan polifacética, ¿qué es lo más destacado? ¿Qué vivió él como lo más importante?

Creo que por encima de todo hay que destacar su condición de sacerdote. En su caso, eso explica cuanto hizo. Todas sus tareas, toda la entrega que demostró a lo largo de su vida tienen el origen en su condición de sacerdote. Lo proclamó muchas veces y lo demostró con su comportamiento. Estaba muy contento de haber tomado esa decisión, algo que vio claro desde la infancia y en lo que se vio apoyado siempre por su entorno. Tenía bien asumida la lección de sus formadores de Vitoria, donde estudió: el ser solo sacerdote, siempre sacerdote, en todo sacerdote. En una ocasión dijo que lo aprendido en el seminario fue la dedicación a un ministerio cercano a los hombres, libre de autoritarismo, pobre, alegre, inspirado en el Evangelio (allí encontró el mejor impulso para la libertad, justicia, fraternidad y paz) y capaz de sintonizar con todos los pueblos de la tierra.

¿Fue el espíritu misionero el que hizo periodista a Manuel de Unciti, o fue el periodismo el que lo lanzó a la misión? Dicho de otro modo, ¿misión y periodismo tienen un origen común en Unciti?

Para él lo más importante era el espíritu misionero. Para serlo se preparó desde bien joven. Luego, las circunstancias le llevaron por el camino de la animación misionera, a la que se entregó con la vehemencia que le caracterizaba, escribiendo miles de folios y pronunciando cientos de conferencias y homilías. El periodismo le llegó después y, cuando lo descubrió, se dio cuenta del inmenso bien que podía hacer con su máquina de escribir.

La condición de sacerdote y de periodista, ¿confieren un modo diferente de percibir y vivir los acontecimientos que construyen la historia?

Creo que sí. Proyectan una mirada profunda, comprensiva, solidaria, liberadora. Es vivir la realidad desde el interior, desde lo que no se percibe a primera vista.

Alguien ha dicho que el rasgo que mejor define la personalidad de Manuel de Unciti es su profundo sentido de la libertad. ¿Está de acuerdo?

Por supuesto. Siempre actuó con la mayor libertad y no le importaron las consecuencias negativas que podían desprenderse de sus actos. No aspiraba con sus escritos y actuaciones a hacer carrera en la Iglesia, sino a decir y hacer lo que estaba convencido de que tocaba. No le importó que algunos obispos le tuvieran en su punto de mira, porque otros apreciaron su labor: su pasión era la renovación de la Iglesia. En sus escritos y charlas a periodistas siempre destacaba una idea: «La verdad, aunque duela».

Usted es un gran conocedor y admirador de Unciti, y fue su amigo. ¿En qué fuentes ha bebido, como biógrafo, para ofrecernos un retrato veraz, completo y riguroso de Manuel de Unciti?

En los contactos e interrogatorios con quienes le conocieron a fondo. En sus escritos, conferencias y conversaciones durante más de cuarenta años. En la relación constante, marcada por la amistad y por la condición de hijo sobrevenido. Pero eso no me ha impedido bucear a fondo en su vida, sin limitaciones e ideas prefijadas, para descubrir lo que no se veía a simple vista. Y lo que iba descubriendo me reafirmaba en mi estimación y entusiasmo por su personalidad y por la abnegación de sus actuaciones. Sin ser perfecto, era en verdad admirable.

El libro dedica todo un capítulo al País Vasco. ¿Cómo vivió Unciti, como vasco, como sacerdote y como periodista, la evolución del nacionalismo, la eclosión del terrorismo, la violencia callejera, las posturas enfrentadas…?

Con dolor y con tristeza, como no podía ser de otra manera, sobre todo a medida que el terror se instaló en aquella comunidad. Como lo vieron otros muchos individuos, de su edad y carácter, la consideración sobre su tierra era apasionada y nacionalista, pero todas las cosas que fueron ocurriendo a continuación le desengañaron profundamente y consideró que no se estaba actuando como era debido. A pesar de todo, siempre apoyó con decisión a sus obispos.

¿Qué pueden aprender hoy de Manuel de Unciti periodistas, sacerdotes, creyentes?

Para quienes le conocimos de cerca, su huella será imborrable. Su entrega a todos los que tenía alrededor, extrema. Quizá las palabras que mejor le definen están contenidas en un lema que le gustaba mucho repetir (él lo decía en latín): «Ser para los demás un camino que se usa y se echa en el olvido».