Manuel de Unciti, un misionero entregado, un cura atípico

(María Ángeles Castillo, en Misioneros). Siempre fue un sacerdote con vocación misionera. No fue a Japón ni a la India, siguiendo las huellas de su querido y admirado Francisco Javier, pero sirvió a la causa con pasión desde su privilegiada tribuna. Escribió libros, publicó incontables reportajes, crónicas y columnas, dirigió la predecesora de esta revista Misioneros y formó a infinidad de periodistas en la muy literaria Residencia Azorín. Uno de ellos, Juan Cantavella, lo cuenta en Manuel de Unciti. Misionero y periodista, una biografía muy documentada que le habría encantado leer (y discutir) a su protagonista. Era entregado, luchador, sin pelos en la lengua, generoso hasta decir basta y profundamente creyente. Su autor da fe.

Echamos mano de uno de nuestros grandes poetas, Blas de Otero, para defi-nir a ese misionero urbanita que fue Manuel de Unciti (1931-2014), periodista de raza, practicante de una nueva bohemia, tertuliano sin fin. Lo hacemos después de repasar los apuntes biográficos que con emoción encubierta (y descubierta) nos ha servido en bandeja de plata Juan Cantavella, igualmente periodista de pro y catedrático emérito de la Universidad de San Pablo CEU, en su libro Manuel de Unciti. Misionero y periodista (San Pablo), donde sale a relucir todo su carisma, esa cualidad tan griega y tan cristiana. Y de Unciti se puede decir–sin poesía– que era un ángel fieramente humano, al que siempre, además y después de todo, le quedaba la palabra.

Así aparece en las páginas (hasta 410, no daba para menos) con las que Cantavella, uno de sus alumnos/discípulos/amigos de su residencia universitaria (que tuvo mucho de Academia de Platón), ha compuesto su jugoso relato. Le avalan, tal y como anticipa en el prólogo, “45 años de cercanía”, los que le sirvieron para “conocer cómo era su vida en el día a día y con qué prodigalidad la gastó hasta la consumación”, y así dibujar el perfil de un sacerdote que empezó en esto de la información religiosa en tiempos turbulentos, entre los años finales del franquismo y la denominada Transición, cuando, “después de los años de ajustada imbricación entre el régimen franquista y la Iglesia, esta propició que se fueran soltando las amarras hasta llegar a una especie de desenganche, lo que provocó innumerables tensiones”.

Pero Unciti era mucho Unciti. Genio y figura. Con mucho de Unamuno, por la personalidad (y lo de Manuel Bueno), aunque él era de San Sebastián, no de Bilbao. Y acostumbraba a decir lo que pensaba, o mejor, lo que le dictaba su conciencia. En aquellos primeros años del oficio, “un buen número de lectores se sintieron molestos por la dirección que tomaban sus escritos, de la misma manera que no siempre los directores de publicaciones en las que colaboró aceptaron la línea que seguía, pero el dolor que le producía esa falta de sintonía –cuenta Juan Cantavella– se veía contrarrestado por el apoyo que recibía de otros sectores”. Y tal vez este amor/odio le acompañó siempre: murió (hace ya cinco años) con las botas puestas. Siendo siempre un sacerdote antes que un periodista, que lo fue siempre; un entusiasta de la evangelización de los pueblos, desde el seno de las Obras Misionales Pontificias y desde fuera; un partidario de la renovación de la Iglesia.

Conferencias, escritos… y la Residencia

Leemos que, “cuando era joven, trabajar en este ámbito podía parecer fruto de una actitud renovadora y audaz, que no casaba demasiado con el pensamiento tradicional, más bien cerrado a lo de siempre, los rezos y las devociones”. Pero, de nuevo en el disparadero, “décadas después, cuando llegó una época en la que todo lo referido a las misiones era mirado como si no se aviniera con las nuevas mentalidades, muchos no se explicaban que un progresista como él anduviera por esos andurriales”. Pero andaba, y aunque es verdad que nunca fue a la India ni a Japón, como el navarro Francisco Javier, nos recuerda el autor, lo suyo fue hacer misión con la palabra, a través de escritos, conferencias, campañas y a través de su querida Residencia Azorín, que fue su casa y la de muchas y variadas hornadas de periodistas que se formaron con él a lo largo de cuatro décadas. Nunca dijo “no” a la Misión (con mayúsculas), mirándose en el espejo de otro de sus grandes maestros, el inagotable Ángel Sagarmínaga, creador del Domund y primer director de las Obras Misionales Pontificias.

Desde luego, Unciti era un cura atípico, un misionero entregado a la causa, un ser humano con todo lo que eso significa; lo subraya Cantavella. Solo el índice ya da buena cuenta de quién era este hombre, que llevaba a África en el corazón y se sintió tocado por el derramamiento de sangre en Argelia –los títulos de dos de sus libros–. Esta obra, documentadísima, sigue los primeros pasos de su formación; de su experiencia inigualable en el seminario de Vitoria; de su temprana inclinación hacia las misiones; de su trabajo intenso para y por estas; de sus estudios de periodismo y su trabajo como periodista; de la creación, auge y cierre de la Residencia; de sus viajes, libros y artículos en su etapa final; de su posicionamiento ante el nacionalismo de su tierra, como cura vasco que era; de su carácter y su entrega; y, finalmente, de su despedida. La de “Manolo”, a secas, que fue siempre el primero en sudar tinta delante del papel, también como Blas de Otero, solo que él clamando a Dios y con respuesta. Había que ponerle, esta vez sí, poesía.

María Ángeles Castillo

Misioneros Tercer Milienio 200 (diciembre de 2019) 50-51.