Mon Dieu, les dames!

(Cristina Inogés Sanz, en Vida Nueva). La novela es trepidante. No porque la autora haya construido una trama y un hilo conductor muy llenos de detalles e intrigas, sino por­que, en cuanto lees las dos primeras páginas, engancha; y el ritmo lo impone el propio lector, al que le resulta difícil dejar de leer. Invisibles. Las mujeres del Concilio es el último libro de la teóloga Isabel Gómez-Acebo. En él nos pre­senta un asunto de la trastienda del Concilio Vaticano ll. Digo trastienda no porque fuera algo que se hiciera a escondidas, sino, más bien, porque pasó muy desapercibido.

Entre todos los libros que se escribie­ron al finalizar el Vaticano II, los análi­sis posteriores y lo que se ha publicado con motivo de su cincuenta aniversario, ¿recuerda alguien que se hiciera una mención explícita a la presencia de mujeres y se dedicara un libro, o al menos un capítulo, a relatar cómo fue su llegada, qué aportaron y a qué conclusiones llegaron tras la finalización de este gran acontecimiento eclesial? ¿Se dio publicidad en su momento a la presencia de mujeres –religiosas, viudas, solteras, una casada (cuya asistencia impuso su marido)– invi­tadas por Pablo VI a participar como auditoras en el Concilio?

Pues esta es la historia que nos cuen­ta Gómez-Acebo. No hay distracciones de ningún tipo; a las dos protagonistas –la abuela que narra los hechos y la nieta que escucha asombrada– se les ha encomendado relatar una historia prácticamente desconocida, y a eso se dedican en sucesivas reuniones sema­nales. La anciana sabe cómo captar la atención de la pequeña –casualmente llamada Isabel–, y esta sabe dónde y cuándo hacer el comentario oportuno y la pregunta acertada que permite ver con claridad que, en muchas cuestio­nes relativas a las mujeres, estamos igual que en los años del Concilio.

Para quien estudia teología –por lo tanto, historia de la Iglesia– con los dos ojos, es decir, interesándose por la aportación tanto de varones como de mujeres a ese devenir de la Iglesia, no resulta difícil detectar la presencia y la aportación de las mujeres a la mis­ma. La autora nos conduce a través de las sucesivas conversaciones entre abuela y nieta a presenciar –está tan bien narrada la novela que es como si vieras una película– un hecho in­audito que aconteció en la segunda mitad del siglo XX. Y no me refiero al Concilio en sí mismo, sino, más bien, a ese extraño grupo de 23 mujeres que desembarcaron en el aula conciliar, y que muchos padres conciliares no llegaron a detectar nunca …

El protocolo vaticano –estricto en aquella época– obligaba a las señoras a vestir de negro. Tal circunstancia difuminó la presencia femenina entre los más de dos mil padres conciliares, todos vestidos de negro. Sin embargo, Gómez-Acebo deja clara la aportación de estas mujeres y, sobre todo, cómo supieron aprovechar la oportunidad para hacer contactos de cara al futuro con mujeres protestantes que partici­paban en calidad de invitadas.

¿Cambió algo la realidad de las mu­jeres en la Iglesia después de que estas auditoras acudieran al Concilio? Si la situación de la mujer en la Iglesia hu­biera cambiado desde el final del Con­cilio, muchas de las escenas narradas por la autora resultarían cómicas a todas luces. Sin embargo, se antojan muy tristes, porque en algunas de las páginas da la sensación de estar le­yendo la crónica que Lucetta Scaraffia hizo del Sínodo de la Familia en 2015.

Situaciones y lenguaje

Las escenas de la cafetería, el autobús donde no pudo subir Mary Luke Tobin, los comentarios –sottovoce pero audi­bles– de los padres sinodales dando gracias por no estar sentados cerca de las mujeres, el lenguaje romanticoide de­dicado a ellas como si fueran adornos y no personas, la falta de borradores de ciertos documentos en los que no se contó con las auditoras … ¡Y hasta se habló del diaconado femenino! Y en eso andamos ahora.

Si bien la portada del libro puede suscitar algún recelo –tiene mucho aire danbrowniano–, la novela es muy recomendable por la cantidad de in­formación que facilita y la maravillo­sa forma en la que está escrita para, precisamente, poder asimilar tanta información. Es una clase de Historia de la Iglesia de esas historias que nunca aparecen en los libros ni como nota a pie de página.

También es muy recomendable porque, respecto a la realidad de la mujer en la Iglesia, muestra que ahí seguimos reclamando, no derechos, sino la puesta en marcha del Vaticano lI y hasta, en ocasiones, del Evangelio. Esperemos a que no haya que llegar hasta la antesala del Vaticano III, como apuntó un padre conciliar, para per­mitir nuestra presencia.

Un excelente libro, con el que Gómez­ Acebo sigue sumando aportaciones a la realidad de la mujer en la Iglesia.

Cristina Inogés Sanz

Vida Nueva 3.165 (15 de febrero de 2020) 44.