Mujeres, espiritualidad y liderazgo

El título de este libro compuesto por tres vocablos: Mujeres, espiritualidad y liderazgo me dio que pensar, pues no tenía problemas para unir mujeres y espiritualidad pero ¿dónde encajaba el liderazgo?

Decía un conocido filósofo marxista, Ernst Bloch, que toda sociedad necesitaba para funcionar correctamente una serie de personas que se encargaran de las tareas fundamentales: la tarea de gobierno, la tarea del médico que va curando las heridas que produce el camino, la tarea del profeta que advierte de los senderos equivocados y la del poeta, que hace más llevadero el camino poniendo su arte a los pies del pueblo.

Por distintos caminos esta obra nos demuestra que estas tareas las han realizado, las realizan y las pueden realizar las mujeres. Y las autoras de esta obra defienden que una espiritualidad fuertemente anclada en Dios lo hace más fácil, pero somos conscientes de que nuestra escalera tiene unos primeros peldaños que otras mujeres subieron antes que nosotras.

La corriente feminista nos ha permitido abrir la puerta a una biblioteca ignorada que nos muestra los planteamientos de nuestras madres en la fe que dieron los primeros pasos en un camino espiritual que hoy se presenta más libre y lleno de posibilidades del que ellas recorrieron. La mirada de las mujeres se ha colocado siempre en un camino compartido y no en la meta, en el proceso del lento discurrir de la vida. La espiritualidad entonces se centra en cada paso, en cada experiencia por la que atravesamos, en el lugar en el que estamos en cada momento, en el aquí y en el hoy. Y en ese proceso, en esa espiritualidad nos damos cuenta de que la inmanencia divina consagra a toda la tierra.

Un científico muy conocido, Fritjof Capra, afirma que uno de los fenómenos culturales más importantes en los Estados Unidos supone la confluencia de ecología, espiritualidad y feminismo. Pues a las mujeres nos preocupa el mundo el que vivimos y vemos en su mal trato el espejo del nuestro. Ese dolor creemos que también lo siente Dios y tendemos a repararlo: el dolor que sufren los seres humanos y el de la creación devastada. En el budismo se afirma que la flor de loto nace en el cieno, un nacimiento que tiene como origen la compasión por los que sufren. Es necesario mojar nuestros pies en el lodo para comprender lo que pide Dios de nosotros y las mujeres siempre lo han sabido,

Isabel Gómez-Acebo.

En un mundo dualista en el que el espíritu se veía enfrentado a la carne, las mujeres medievales en su pensamiento espiritual empleaban el cuerpo con distintos matices para definir su relación con Dios. No desarrollan, como los escritores varones de su época, el amor intelectual por Dios sino la experiencia del amor divino. La propia Teresa de Jesús emplea un lenguaje corpóreo, erótico y carnal a la medida del Cantar de los Cantares que es la experiencia de la que habla el artículo de Pilar Yuste.

Esta preocupación por el cuerpo llevó a muchas mujeres a intentar paliar el dolor fuera del convento, pero a las beguinas y a muchas fundadoras de órdenes no las dejaron realizar sus deseos de vivir exclaustradas: en su momento histórico o eras monja o casada, pues no cabían intermedios. Las ursulinas, fundadas por Angela de Merici, fueron un ejemplo pues les permitió durante unos años hacer una labor fuera del convento hasta que las encerraron, y Mary Ward pagó con la cárcel la osadía de tener a sus religiosas haciendo una labor educativa en la ciudad. Sólo Luisa de Marillac consiguió, apoyada por personas influyentes, fundar sus Hijas de la Caridad que con sus tocas bretonas se convirtieron en el simbolismo de la caridad cristiana y el ejemplo del médico necesario para conseguir una sociedad con buen funcionamiento.

En la historia de la humanidad se ha pasado mucha hambre y si las mujeres somos madres también tradicionalmente hemos sido cocineras pues teníamos la misión de alimentar a los nuestros y eso también ha dejado su impronta en nuestra manera de hablar de Dios. De aquí que la labor asistencial de las mujeres empezará por alimentar a los cuerpos hambrientos.

Siempre me ha resultado extraño que en los primeros textos del Nuevo Testamento oímos a los apóstoles decir que se nombraran a otras personas para atender a las mesas, pues ellos no tenían tiempo ya que estaban inmersos en quehaceres más importantes ¿Qué hay más importante? ¿No dice Mateo en la descripción del juicio final “porque tuve hambre y me diste de comer, andaba desnudo y me vestiste”? Y cuando los diáconos también se desentendieron aparecieron las mujeres. Esta labor de médico que alimenta y cura hoy en la ciudad aparece en las páginas que dedica Mariola López Villanueva en el libro.

Indudablemente la labor de poetas la desarrollaron a la perfección muchas mujeres que cantaron a la vida en las peores circunstancias. Para ser poeta no hace falta ser culta, pues las madres y las abuelas contaron cuentos a sus hijos y nietos para que se fueran a dormir, a veces incluso con el estómago vacío. Un ejemplo maravilloso de esperanza y de canto a la vida es el que nos muestra Pepa Torres cuando desarrolla el pensamiento de Etty Hillesum y Simone Weill que, en medio de la guerra y de un campo de concentración supieron, ancladas en Dios, ver la primavera renacer. Mientras que María Luisa Paret considera la eucaristía como un momento privilegiado para creer en la fraternidad y cantarle a la vida.

Más complicado resultó a las mujeres realizar la tarea de profetas, pues en un porcentaje muy alto este oficio exige la palabra. Todos conocemos el efecto pernicioso que ejerció el texto de Pablo prohibiéndonos hablar en las asambleas, pues año tras año y siglo tras siglo se siguen poniendo como ejemplo para cortarnos las alas. Tampoco fueron mancas las palabras de Sófocles cuando dijo que la mayor virtud de las mujeres era el silencio. Incluso en el Concilio Vaticano II un obispo demostró su malestar porque se nombraran auditoras a mujeres aunque, como su nombre indica, no se las dejaba hablar.

No me parece casual que el movimiento feminista se iniciara con la defensa de muchas mujeres de la abolición de la esclavitud, una defensa que se hizo con la Biblia en una mano y el código civil en la otra, organizando mítines que les costaron muchos insultos y descalificaciones. La protesta y la defensa de los más descalificados en la sociedad han enseñado a las mujeres a luchar y a no quedarse silentes y calladas y esto no se consigue sin la energía que nos hace semejantes a Dios y nos responsabiliza, como defiende Rosario Ramos.

A la Iglesia le resulta muy incómoda todavía una espiritualidad de mujeres que reclaman un puesto en el gobierno eclesial, una reivindicación más acorde con los signos de los tiempos en el que vivimos y que de momento no es escuchada. Muchas mujeres quieren servir dentro de la Iglesia, como miembros de pleno derecho, se sienten impulsadas y consideran que el Espíritu les ha infundido esa vocación en sus almas por lo que creen que deben reclamar esa posibilidad.

El libro que estamos presentando hoy tiene un subtítulo que se llama de la mística de la acción. Yo he querido, como es la intención de esta obra, sacar a relucir a unas mujeres que han permitido crear los cimientos para que estemos hoy preparadas para dar pasos, muchos pasos, en la buena dirección. El empoderamiento como dice Silvia Martínez Cano desde la experiencia mística es un acto político, una acción simbólica como lo fue el Magníficat de María. Esa mujer pobre de Nazaret que entendió, aunque le costó, el mensaje de su hijo y de la que la historia falseó su vida presentándola como una mujer silente a pesar de que pronuncia muchas más palabras que la mayoría de los apóstoles. ¿Sería para no desdecir a Pablo?

Pero una vez que las mujeres han identificado al Dios al que sirven y alaban se sienten impulsadas por ese Dios para cambiar el mundo, no sólo de obra sino también de palabra ya que una verdadera espiritualidad nos hace salir de nosotras mismas para facilitar la vida de los demás. En la historia nos encontramos muchos ejemplos de mujeres que ejercieron la auctoritas en sus comunidades y en sus espaldas podemos apoyarnos para unir esa autoridad que tuvieron para conseguir la potestas en la actualidad.

Este libro es una obra colectiva que trata de muchas cosas, de los procesos cerebrales, de la transformación de la realidad, del liderazgo de las mujeres, de la mística en la ciudad, en la sexualidad y en la liturgia. No pretende abarcar todos los campos del hacer femenino pero estos capítulos demuestran que las mujeres en la Iglesia son capaces de realizar todas las tareas que Ernst Bloch exigía para componer una comunidad perfecta. Si se nos impide realizar alguna de ellas a la Iglesia le faltará una pata necesaria para un mundo que ha visto en las mujeres una oportunidad para compartir su talento, sus cualidades y su liderazgo, dado que en toda sociedad siempre queda algo por hacer.

Y como en los grupos humanos alguien tiene que mandar, cantar, cuidar y profetizar confiamos en que estas tareas no se le nieguen a ninguna persona por su raza o género sino que se asignen a las personas más preparadas para ello. Muchas gracias.

Isabel Gómez-Acebo

Madrid, 7 de marzo de 2019