No se es Iglesia sin contar con las mujeres, ahora y siempre

(Jorge A. Sierra, en Confer). Con ocasión del cincuentenario del Concilio Vaticano II se publicaron numerosos libros y estudios sobre la herencia de este imprescindible acontecimiento eclesial, que quizás podemos reducir a un denominador común: supuso un antes y un después, pero no podemos quedarnos ahí, pues nuestra Iglesia sigue necesitando el impulso de «aggiornamento» en muchos ámbitos.

Quizás uno de los ámbitos más necesitados sea el papel de la mujer en la Iglesia, más allá de modas o tendencias. Isabel Gómez Acebo nos ofrece una aportación aparentemente sencilla pero realmente de una enorme riqueza y profundidad a partir de la presencia –escasa, pero significativa– de un grupo de menos de dos docenas de mujeres auditoras en el Concilio de Juan y Pablo.

El libro está novelado, sin que el artificio literario suponga un obstáculo. Narra los encuentros y diálogos de una joven trabajadora, Isabel, con la abuela que le crio y que como periodista religiosa jubilada disfruta de una experiencia y memoria privilegiadas de los acontecimientos conciliares. El ritmo es fluido y los párrafos más directamente imaginados enlazan la crónica de los acontecimientos de forma ágil.

La abuela del relato comienza explicando la convocatoria del Concilio y alguno de los momentos que más se recuerdan de Juan XXIII: la elección y el «discurso de la luna». Su sucesor, Pablo VI, aparece desde muy temprano –con toda su complejidad–, como lo hacen los grandes protagonistas del Concilio: Suenens, Ottaviani, Congar, de Lubac… Pero no es en este primer momento donde el libro gana en novedad: es precisamente a partir de la elección –incomprendida por la mayoría–, a partir de la tercera sesión conciliar, de unas cuantas mujeres (religiosas, madres de familia…) como auditoras sin voz ni voto. Fueron una presencia que, leída desde nuestra realidad, no puede parecer menos que vergonzosa. Y, como aparece en varias páginas de la novela, no podemos quedarnos en «ya participarán en el Vaticano III».

Incluso para alguien con estudios de historia de la Iglesia y que ha tenido que profundizar en el Concilio Vaticano II no deja de resultar novedoso, interesante y llamativo el papel de Mary Luke Tobin (para el autor de esta recensión, todo un descubrimiento –nunca es tarde–), de la Madre Guillemin, Superiora de las Hijas de la Caridad, el matrimonio Álvarez Icaza o Rosemary Goldie. La novela va narrando sus colaboraciones y vicisitudes, con numerosas anécdotas (algunas un tanto vergonzosas, como todo lo referente a las cafeterías, o las bromas «machistas») y preguntas en boca de la nieta que, en realidad, son las que se hace el lector.

En resumen, una lectura agradable, dinámica, necesaria y que recupera una dimensión que empezó a abrirse hace más de cincuenta años y que ya no podemos soslayar: no se es Iglesia sin contar con las mujeres, ahora y siempre. El ejemplo y la intrepidez de estas «auditoras» fueron un primer y tímido paso, al que deben seguir muchos otros.

Jorge A. Sierra

Confer 224 (octubre-diciembre de 2019) 611-612.