Papa Francisco: «Los que juzgan siempre se equivocan»

El Dr. Salvo Noè nos ofrece en este libro –Antes de juzgar ¡piensa!– muchos puntos de reflexión sobre cómo el juicio puede afectar a nuestras vidas y crear un clima de desconfianza y conflicto.

Jesús les dice a sus discípulos que no juzguen. «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados» (Lc 6,37). ¿Es posible poner en práctica estas palabras del evangelio? Por otra parte, ¿no es necesario juzgar si no queremos rendirnos ante lo que está mal? Pero el reclamo de Jesús se ha grabado profundamente en los corazones.

Los apóstoles Santiago y san Pablo, tan diferentes entre sí, se refieren a los juicios casi con las mismas palabras. Santiago escribe: «Pero tú, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?» (Sant 4,12). Y san Pablo interpela: «¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno?» (Rom 14,4). Preguntas que conciernen a la vida cotidiana. Si los discípulos de Jesús eligen amar, siguen sin embargo cometiendo errores con consecuencias más o menos graves.

También su reacción espontánea se basa en juzgar a quienes –por su negligencia, debilidad u olvido– ocasionan errores o fracasos. En dos circunstancias Jesús habla del ojo «enfermo» o «malo» (Mt 6,23 y 20,15). Él define así la mirada obscura de los celos. El ojo enfermo admira, envidia y juzga a los demás al mismo tiempo. Admiramos al prójimo por sus cualidades, pero al mismo tiempo tenemos envidia de él: de este modo nuestros ojos se convierten en jueces, pues ya no ven la realidad tal como es, hasta el punto de llegar a juzgar a los demás por un mal imaginario, no por alguna cosa realmente realizada.

El apóstol san Pablo, en un pasaje decisivo, se expresa así: «Así que no nos juzguemos ya más unos a otros; al contrario, procurad no poner obstáculo o escándalo al hermano» (Rom 14,13). Dejar de juzgarse unos a otros no conduce a la pasividad, sino que es una condición para la actividad positiva y el comportamiento correcto.

Jesús no nos invita a cerrar los ojos y dejar correr los acontecimientos, porque justo antes de decir que no juzguemos, pregunta: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?» (Lc 6,39).

En el epistolario del monje ermitaño Juan de Gaza y de su hermano Barsanufio nos encontramos con un buen ejemplo de suspensión del juicio: después de culpar a un hermano por su negligencia, Juan lamenta verlo triste y tanto como él se siente herido cuando a su vez es juzgado por sus hermanos. Con el fin de encontrar la calma, decide no hacer más reproches a nadie más y en adelante ocuparse solamente de las cosas de las que él es responsable. Entonces Barsanufio le hace entender que la paz de Cristo no está en encerrarse en sí mismos y cita varias veces las palabras del apóstol san Pablo: «Insiste a tiempo y a destiempo, reprende, corrige, exhorta con toda paciencia y con preparación doctrinal» (2Tim 4,2). Barsanufio entendió que su hermano Juan, de hecho, continuaba juzgando en su corazón. Así le escribe: «No juzgues ni condenes a nadie, simplemente adviérteles como verdaderos hermanos» (Carta 21).

Renunciando a los juicios, Juan será capaz de cuidar de los demás.

Los que juzgan siempre se equivocan. Y se equivocan porque se ponen en el lugar de Dios, que es el único juez. En la práctica creen que tiene la potestad de juzgarlo todo: las personas, la vida, todo. Y con la capacidad de juzgar, creen que también tienen la capacidad de condenar.

El evangelio nos dice que juzgar a los demás fue una de las actitudes de aquellos doctores de la ley a quienes Jesús llamó «hipócritas». Se trataba de personas que lo juzgaban todo. Pero lo más grave es que, al hacerlo, ocupan el lugar de Dios, que es el único juez. Y Dios, antes de juzgar, se toma el tiempo necesario, espera. En cambio, estos hombres lo hacen inmediatamente: por eso los que juzgan se equivocan, simplemente porque se ponen en un lugar que no es el suyo.

Los que juzgan siempre acusan. En el juicio contra los demás siempre hay una acusación. Exactamente lo contrario de lo que Jesús hace ante el Padre. De hecho, Jesús nunca acusa, sino que, por el contrario, él defiende.

Por lo tanto, si queremos seguir el camino de Jesús, más que acusadores debemos ser defensores de los demás. Pero, sobre todo, no juzgues, porque si lo haces, cuando tú hagas algo malo, también serás juzgado. Esta verdad es buena recordarla en la vida cotidiana, cuando estamos dispuestos a juzgar y hablar mal de los demás hasta en el seno de las comunidades cristianas.

Pensemos, por ejemplo, cuando estamos en la parroquia, cuando las señoras de la catequesis luchan contra las de Cáritas. Y estas peleas siempre están ahí. También en la misma familia o entre los vecinos del mismo barrio. Incluso sucede lo mismo entre amigos. Y eso no genera una vida buena.

¿Quién soy yo para juzgar al otro?

Cuando viene el Espíritu y nos invita a nacer de nuevo, a una vida nueva, nos hace dóciles, caritativos. No juzgues a nadie: el único juez es el Señor. La sugerencia es: estar callados. Y si tengo que decir algo, se lo digo a él o a ella, pero no a todo el vecindario; o bien se lo digo solamente a aquella persona o a aquellas personas que pueden remediar la situación.

Esto solamente es un paso para la vida nueva, pero es un paso que debemos dar todos los días. Si, con la gracia del Espíritu, somos capaces de no hablar mal de los demás, será un gran paso adelante. Y será bueno para todos. Pedimos al Señor que nos manifieste a nosotros y al mundo la belleza y la plenitud de esta nueva vida, de este nacer del Espíritu que viene a la comunidad de los fieles y nos invita a ser mansos, a ser caritativos los unos con los otros.

Ser respetuosos. Pedimos esta gracia para todos nosotros.

Papa Francisco

Vaticano, 31 de julio de 2019 (fiesta de san Ignacio de Loyola)

[Publicado en Vida Nueva 3.158 – 20 de diciembre de 2019]