Para sentirse peregrinos

(Miguel Ángel Escribano Arráez, en Iglesia Hoy Franciscanos). «Somos peregrinos, como lo fueron nuestros padres», con estas palabras comienza Sion, este libro del cardenal Ravasi que nos viene a recordar que el Pueblo de Dios debe estar siempre en camino y ese caminar nos debe llevar a peregrinar hacia el reino definitivo.

Los cristianos, a lo largo de la historia han tenido siempre lugares excepcionales de peregrinación y el principal de ellos, Tierra Santa. Viajar allí no es sólo recordar cosas del pasado, sino situaciones que siguen vivas y cuyos hechos resuenan en el corazón de los creyentes. Cada lugar que vamos a visitar, viene presentado por una fotografía, el texto bíblico que nos habla de ese lugar, y una exposición breve del lugar, su situación en la geografía actual y aquellos elementos que se suelen visitar. Y una vez que sabemos lo que nos vamos a encontrar en cada apartado del libro, lo siguiente es ver que la obra nos lleva a los lugares propios de la vida de Jesús. Y que son aquellos sitios que se suelen visitar en toda peregrinación a Tierra Santa.

Parte de la Galilea y allí encontramos lugares que nos suenan a todos mezclados con otros pequeños y que en ocasiones las peregrinaciones oficiales no suelen visitar. Hablamos de lugares como Caná, donde se renuevan las promesas matrimoniales, el río Jordán que nos lleva a nuestro bautismo, el monte de las Bienaventuranzas donde comprendemos cómo se pudieron sentar cinco mil personas y comer todos a partir del milagro de los panes y los peces. Subir al monte Tabor y navegar en el lago de Tiberíades que, si bien la tierra ha cambiado, el lago sigue siendo el lago por donde navegó Jesús.

De allí pasamos fugazmente por Samaría, visitando el pozo de Siquén y casi sin parar llegamos a Judea. Y allí nos adentraos en territorio palestino, donde los cristianos sufren el ser una minoría en territorio ocupado y tras un muro que se abre y cierra al antojo de las autoridades. Allí tenemos Belén, lugar emblemático y tierno, y el campo de los pastores, que sea el mes del año que sea, siempre huele a Navidad. Avanzamos visitando el mar muerto y atravesando por el desierto de Qumrán, llegamos casi al final de nuestra peregrinación: Jerusalén.

Y aquí, como en los relatos de la Pasión, todos los acontecimientos se aceleran. La visita al Cenáculo, la basílica de la dormición de María, a pocos metros del Cenáculo, una inmensa iglesia con cuña de barco que nos lleva a la explanada del templo y abajo, Getsemaní (cómo no emocionarse en ese lugar de oración y de nuestra Salvación), y subimos de nuevo la cuesta, pasamos por las puertas de Jerusalén, visitamos San Pedro en Gallicantu donde Jesús estuvo preso mientras se decidía qué hacer con él y mientras el gallo cantaba.

Y llegamos a recorrer la Vía Dolorosa, rezando el santo Viacrucis para concluir en el Santo Sepulcro, lugar de oración, no definitivo, porque lo definitivo está en la Resurrección.

En definitiva, el libro es una guía espiritual para quienes viajan a Tierra Santa; pero para los que no pueden ir, es una obra muy recomendable para también sentirse peregrinos, en camino hacia el Reino definitivo.

Miguel Ángel Escribano Arráez, ofm

Iglesia Hoy Franciscanos (mayo de 2020) 32.