Pensar cómo se relaciona el niño con Dios y Dios con él

(José Mª Martínez Beltrán, en Sinite). Hasta ahora hemos vivido de la Psi­cología evolutiva religiosa a través de la observación de los niños y de las respuestas que daban sobre el con­cepto que tenían de Dios y de lo su­perior. Y ahora nos encontramos con un tratado sobre la espiritualidad –La espirituali­dad infantil–, con enfoque teórico y práctico que se dirige al cultivo de dicha espiritua­lidad. La espiritualidad es algo difícil de explicar, es como un pájaro: si lo aprietas mucho lo ahogas; si lo tienes con suavidad se escapa; será algo así como vivir de forma plena dando ca­bida a todo en nuestros corazones. La búsqueda de Dios como respues­ta a la búsqueda que Él hace de nosotros. Incluso entre los no creyentes se habla de seres espirituales, aunque no religiosos, pero no se excluye la espiritualidad de los niños: diríamos la manera de Dios de estar con los niños y de los nlños de estar con Dios.

La observación nos dice que es una capacidad innata que aproxima a lo sagrado de las experiencias; es estar en relación con algo más que uno mismo; pero no se puede buscar dentro de la norma ni de la liturgia, sino en la espontaneidad provocada por situaciones lúdicas. Los niños ven la realidad de forma holistica, sin prejuicios, buscando la novedad, con emociones intensas, sin conoci­mientos racionales y cercanos a todo aquello que es inefable. Con estas ca­racterísticas, la propuesta inmediata es: ¿cómo hacer para cultivar esa es­piritualidad? Parece una paradoja que para que el adulto llegue a su madurez espiritual tenga que hacerse como un niño; y los niños por su parte parecen ofrecer impresiones espirituales que a veces superan a las del adulto.

La autora se pregunta sobre la im­portancia de la espiritualidad de los niños. No se trata de entretenerlos, sino de acudir a su formación es­piritual; no de adoctrinarlos ni de acercarlos a las cosas “maravillosas” que dicen los niños: su candidez, su curiosidad… hay que superar los ni­veles estéticos y comenzar a ver la espiritualidad como una capacidad de la infancia, no como algo raro o superficial. El niño no es un “vaso vacío”; es una persona en relación de la que podemos pensar cómo se relaciona con Dios y Dios con él. Dentro de la comunidad cristiana no se pueden considerar como su­jetos que juguetean, sino cuál es su papel en esa comunidad, valorando sus capacidades espirituales y re­flexionando teológicamente sobre ellas; regular sus relaciones no desde el poder y la autoridad sino desde la espiritualidad común.

La espiritualidad es esencial para la fe, lo mismo que lo es para la infancia y esencial para ser íntegros en cualquier etapa de la vida. Hay todo un reto de comprender la espiritualidad infantil y que haga reflexionar sobre la espi­ritualidad adulta. Y en la Iglesia, en todos los aspectos, hay que introducir esta pregunta: ¿es esto apropiado para la espiritualidad infantil?, ¿esta liturgia, estos ritos? Uno de los recursos para comprenderla es volver a los recuer­dos de nuestra infanda: aquel jugue­te, aquel juego, o el recuerdo de algo en un ambiente sagrado, misterioso, y como adultos interpretar aquellas experiencias infantiles. Los compor­tamientos del niño los valoramos con frecuencia en función de su expresión verbal, pero la palabra no es todo. La autora nos da expresiones verbales de los niños, unas disparatadas, otras mezcladas de espiritualidad y antropología, pero siempre con un fondo de búsqueda de lo religioso.

El papel de los adultos no es corregir ni enmendar, sino seguir la conversa­ción de los niños centrándose en sus palabras y sobre todo en sus senti­mientos y en las señales que ellos dan de su personalidad. No preocupa que los niños sepan decir algo; preferimos que expresen de cualquier manera sus sentimientos. Se trata de niños, por tanto, de sentimientos lábiles y de nociones cambiantes que enseñan a los adultos a no esperar respuestas ya hechas.

Godly Play es un método de edu­cación espiritual cristiana altamente sofisticado. Un modelo de conver­sación espiritual y animación al wondering o hacerse preguntas. Preguntas abiertas, que llevan a otras, sin dirigir hacia la idea que uno ya tiene, sino procurando que todo fluya, que el Espíritu dirija.

Hay seis criterios de base para dirigir las prácticas en apoyo de la espiri­tualidad infantil. La autora los resu­me en un acróstico: SPIRIT (Espa­cio, Proceso, Imaginación, Relación, Intimidad y Confianza) Tanto los espacios como la imaginación, la confianza, etc., son elementos que van más allá de la simple materialidad. El Espado sagrado despierta sentimientos de admiración y reco­gimiento, emociones. La espiritua­lidad es un Proceso, la liturgia, la oración, no son fines en sí mismos, sino procesos espirituales. La Ima­ginación, contraria a la mentalidad adulta que espera respuestas a pre­guntas prefabricadas. Recordemos las preguntas hechas a Jesús: ¿Qué es el Reino de los Cielos? ¿Quién es mi prójimo? Y Jesús contestaba con una parábola. Los niños eligen sus palabras, su dibujo, su expresión, todo dentro de una relación cercana con cierto grado de intimidad que provoca confianza.

La autora enumera prácticas dentro del proceso: la oración de los niños, que supone que los adultos oramos junto a ellos en momentos y lugares especiales. Los niños piden cosas a su medida, pero nosotros buscamos con ellos una relación con Dios cercana. Se les trata con delicadeza, creando un ambiente de confianza y oración. Godly Play quiere desarrollar hábitos de interacción, de respuesta, de ambiente de oración. Las narraciones bíblicas, la forma de narrarlas con calma, respeto, hechas con el corazón, con moderación de gestos –el narrador no es protagonista sino la propia historia–. Los niños reflexionan, crean, llegan a significados y, en definitiva, a Dios.

Rebecca Nye insiste en hacer que la Teología tome su papel en la reflexión sobre la espiritualidad infantil. El lenguaje religioso tiene muchas imágenes inadaptadas a los niños; la reflexión deberá buscar otras imágenes y creer que la espiritualidad infantil tiene cosas que ofrecer a la comunidad. Su pensamiento lleva a la paradoja y a la complejidad, pero lo importante es su capacidad de ser sacramental: “El que recibe a un niño en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe, recibe a Aquel que me envió”. (Lc, 9-48). Cuando se deja de lado al niño, la reflexión teológica puede ser incompleta. Para Rahner, la infancia es como una “realidad permanente”, no se nos pide madurar alejándonos de nuestra infancia, sino adentrándonos en ella.

Este libro, en su sencillez, debe ser de lectura obligada para adultos, tanto si se dedican a la educación de la fe como si cultivan su fe en el seno de la familia. Igualmente, el Godly Play les va a abrir un nuevo modelo de acercamiento de y con los niños a la fe.

José Mª Martínez Beltrán

Sinite 180 (enero-abril de 2019) 165-168.