Por la fe merece la pena apostar toda la vida

(Esteban de Vega, en Sinite). Solo la fe nos alumbra es un libro sencillo, ameno, con una línea clara de reflexión que gira si­empre en torno a la fe, y con una argumentación fácil de seguir, porque se ve apoyada constantemente en anécdotas, cuentos, notas biográficas, citas de muchos autores… De todo ello se sirve para dar viveza y agilidad.

Con todo, el libro resulta repetitivo a medida que se avanza en él, como si fuera perdiendo fuerza o interés. En la introducción deja claro que hablar de la fe puede ser un tanto ambiguo, porque “la fe depende del concepto que tengamos de Dios”. Pero por encima de todo, la fe será presenta­da como algo fundamental para la vida del creyente, que llena de sen­tido toda la existencia. La fe encarna la parábola evangélica del tesoro que encuentra en el campo el buscador, por la que merece la pena apostar toda la vida.

Tiene cinco capítulos, y en cada uno de ellos va profundizando en el sentido y significado de la fe, desde cinco enfoques progresivos.
En el primer capítulo, ”La existen­cia de Dios”, ofrece una argumenta­ción un tanto filosófica acerca de las razones que nos permiten defender la existencia de Dios, algo que se hace evidente para quien apuesta por creer, pero que no acalla el peso de las dudas. Creer en Dios es una bon­dad que llena de sentido la existen­cia, a pesar de que el autor no acalla y respeta los distintos argumentos de quienes afirman que Dios no existe. La sociología nos sitúa ante la rea­lidad de la creencia y la increencia, pero las encuestas no lo dicen todo y fácilmente pecan de simplicidad cu­ando pretenden plasmar la realidad, que siempre está más allá de sus re­sultados numéricos. Intelectualmente difícilmente podríamos ponernos de acuerdo, pero no debemos olvidar que la fe tiene más que ver con el amor que con lo intelectual.

El segundo capítulo, “La fe nos sal­va”, nos ofrece una reflexión sobre la crisis de la fe. Las dudas no son la prueba de la insustancialidad de la fe, sino todo lo contrario: son sustancia­les a la fe, algo así como su motor. En medio de ellas, la fe se mantiene viva, dándonos así más bien una prueba no racional de que es la fidelidad de Dios la que nos mantiene en el segui­miento y no nuestras propias razones humanas. Ya nos pueden acosar las tentaciones o los miedos, que al final es Dios mismo quien nos mantiene en el claroscuro de la incertidumbre, dándonos razones vitales para apos­tar por una felicidad más profunda que la que nos pueda aportar el éxito en la vida o la tranquilidad que nos pueda dar el tener. La fe nos da unas raíces mucho más profundas para se­guir apostando por vivir con sentido.

En el tercer capítulo, titulado ”Yo creo”, se hace un repaso breve de los artículos fundamentales del cre­do cristiano. Pretende una purifica­ción esencial de lo que es y no es la fe en Dios, que es ante todo Padre y Madre. Creer en Jesucristo, encarna­do, muerto y resucitado… Creer en el Espíritu Santo, en la Iglesia, en el perdón de los pecados… Es un capí­tulo quizá más denso, menos ameno, más teológico.

El cuarto capítulo, “Fiarse de Dios”, goza de gran actualidad, porque en él se nos ofrece una reflexión que se apoya en el contenido de la exhorta­ción Gaudete et exsultate. El planteami­ento que hace de la santidad en este capítulo, que es el gran tema de la exhortación, nos ofrece una contem­plación de la misma muy cercana y humana, al proponernos la imagen de una santidad asequible, con la que convivimos cotidianamente sin dar­nos cuenta, porque tenemos santos hasta en la casa de al lado.

Finalmente, en el último capítulo, “Fe y compromiso”, se nos habla de la fe encarnada, hecha realidad y ex­presada en la que es la principal tarea de la vida: la conversión al amor. El contenido de este capítulo se podría resumir en la cita de Santiago: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras?”. La expresión de la fe está en el amor, y un amor efec­tivo, que cambia la vida y cambia el mundo. Y en este mismo capítulo dedica unas páginas también a hablar del compromiso de todo hombre de fe en la nueva evangelización, porque la fe requiere comunicación; a la vez que se fortalece y se cuida por medio de la oración.

El libro, por tanto, es sencillo, y la lectura se ve facilitada por la distri­bución del texto en epígrafes breves, cuyo titulo adelanta de forma clara el contenido de lo que en él se presenta. Con todo, como ya dije, el libro a ve­ces parece un tanto repetitivo y con cierto desorden en la argumentación, de modo que en ocasiones parece que nos encontramos con las mismas ideas capítulo tras capítulo. Creo que el libro ganaría si fuera más breve, sin pretender alargar hasta agotar el con­tenido de cada una de sus partes.

Esteban de Vega

Sinite 178-179 (mayo-diciembre de 2018) 563-565.