Preámbulo de Esperanza de Martí Colom

«Por un mundo sospechado / concreto y virgen detrás / por lo que no puedo ver / llevo los ojos abiertos». Estos hermosos versos de Pedro Salinas (Mirar lo invisible, en su poemario Seguro azar) describen una actitud fundamental del ser humano, tal vez nuestra actitud más propia, tal vez la más fecunda, la que puede hacernos mayor bien y cuya pérdida sería más trágica: la actitud de quien espera y sueña con una realidad que todavía no posee ni puede percibir. Es la actitud de quien, a pesar de no vislumbrar lo que anhela, se mantiene expectante, porque de algún modo sabe, o por lo menos sospecha, que su anhelo no es una quimera y que tarde o temprano se concretará y hará visible. El poeta no lleva los ojos abiertos para observar lo que tiene a su alcance y ha visto ya mil veces, y que es, además, todo lo que lo mantendría cómodamente instalado en su presente, o acaso prisionero en él. Abre los ojos precisamente para captar lo que todavía se le escapa, pero que intuye cierto, y que puede abrirle horizontes novedosos de libertad, de crecimiento y de alegría. Cerrar los ojos sería renunciar a la esperanza.

¿Y en qué consiste exactamente la esperanza? ¿Qué se le opone? ¿Dónde hunde sus raíces? ¿Qué clase de personas somos si nos guía la esperanza? ¿Qué ocurre si la perdemos, o si nunca la hemos tenido? ¿Es en verdad deseable llegar a ser personas esperanzadas? ¿Es sensato vivir en la esperanza? ¿Hay razones para renunciar a su atractivo? ¿Qué función puede llegar a desempeñar en nuestras vidas individuales y en nuestro caminar colectivo? Las siguientes páginas son una modesta tentativa de internarnos en el amplio campo que plantean estos interrogantes.

Empezaremos examinando la esperanza desde una perspectiva antropológica e histórica, argumentando que ella –y solo ella– nos hace plenamente humanos y que, por lo tanto, es un ingrediente imprescindible para el crecimiento de personas y sociedades. En el segundo capítulo propondremos una visión específicamente cristiana del tema, fundamentada en lo que llamaremos el evangelio de la esperanza. En el tercer capítulo nos preguntaremos por los desafíos concretos que nuestra época plantea a la esperanza, y en el cuarto intentaremos ver cómo los hilos presentados en los anteriores tres confluyen en el reto (individual y colectivo) de dejarnos guiar por la esperanza, de optar por ella y de asumir los riesgos que esta opción implica. Acabaremos, en el quinto capítulo, con dos ex cursus desde la fe que terminarán de subrayar –o por menos esa es la intención– la centralidad que la esperanza tiene, o debería tener, para quienes quieren vivir el evangelio de Jesús.

Avancemos algunas de las certezas de las que partimos, para mostrar desde un buen comienzo nuestras cartas y defi nir las coordenadas desde las que enfocaremos nuestra refl exión: creemos que la esperanza ha jugado, juega y puede seguir jugando un papel fundamental en la vida de toda sociedad; creemos que no es una ingenuidad (y explicaremos por qué) comprender la historia como un proceso en el que, poco a poco, la esperanza ha ido ganando terreno al miedo, su perpetuo contrincante; y eso sin caer en concepciones trasnochadas según las que, a lo largo de los siglos, el progreso humano habría sido lineal, constante, exento de dolor, de desvíos funestos o de pasos en falso.

Entendemos también, desde una postura creyente, que el cristianismo no se puede comprender sin referencia a la esperanza de Jesús que revelan los evangelios, y creemos, en concreto, que esta implica una esperanza antropológica: esperanza en el ser humano y en su capacidad para el bien. Hablaremos de una fe cristiana que busca a Dios pero que no concibe atajos religiosos hacia la trascendencia: se decanta, por el contrario, por el camino (esperanzado) de la fraternidad humana.

En definitiva, queremos plantear la importancia que tiene vivir con los ojos abiertos hacia lo que todavía no podemos ver, optando a diario por la esperanza. No vaya a ser que alguien o algo (ya sea una voz muy honda procedente de nuestro interior o potentes discursos ajenos) un mal día nos convenza de que no podemos hacer nada para vivir mejor, de que ya está todo hecho o dicho, de que el futuro está decidido de antemano, sin que nosotros podamos infl uir en él, ni trabajarlo, construirlo o madurarlo: de que nuestro único papel consiste en proteger, miedosos, lo que ya tenemos, o creemos tener.

Tal vez no habría peor tragedia que prestar oídos a estas voces y olvidar el potencial y la vigencia de la esperanza. Estamos convencidos de la importancia que hoy tiene, igual que la tuvo ayer y siempre, la actitud de mantener nuestros ojos bien abiertos hacia un mundo sospechado que hoy todavía nos elude: ojos abiertos en clave de esperanza.

Martí Colom