Prólogo de Antonio Spadaro al Diccionario Bergoglio de Francesc Torralba

Lo que le preocupaba a monseñor Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en 1999, hablando a la Asociación Cristiana de Empresarios, fue lo que llamó «un proceso de vaciamiento de las palabras –palabras sin peso propio, palabras que no se hacen carne–. Se las vacía de sus contenidos; entonces Cristo no entra como persona, como una idea. Hay una inflación de palabras. Es una cultura nominalista. La palabra ha perdido peso, es hueca. Le falta respaldo, le falta la “chispa” que la hace viva y que precisamente consiste en el silencio».

Al leer el diccionario de Francesc Torralba, han vuelto a mi mente estos pensamientos del entonces arzobispo de Buenos Aires. Y he experimentado un sentimiento de gratitud porque el presente volumen nos ayuda a percibir el peso específico de la palabra y de las expresiones del papa Francisco. No pretende ser exhaustivo, pero sí ejemplar. En él, se sondea el lenguaje de Bergoglio y nos invita a continuar el trabajo. Es de gran ayuda que el diccionario vaya acompañado de una antología que nos haga saborear el contexto ambiental en el que estas palabras tomaron forma.

Bergoglio es un gran comunicador. No lo es porque adopte estrategias específicas, sino porque se siente libre de ser y de comunicarse. Su mensaje es, pues, capaz de tocar a las personas de forma inmediata, directa e intuitiva. En particular, su capacidad comunicativa está arraigada en la experiencia pastoral y en una ejercitación del cuerpo y del habla.

Ejercitación del cuerpo: su autoridad nunca se expresa de forma escultural, sino que incluso su propia corporeidad se desequilibra frente al interlocutor. A veces incluso parece perder el equilibrio.

Ejercitación del lenguaje: al Papa le encanta usar un diccionario de verbos, pero también de imágenes y de neologismos inolvidables. Incluso el lenguaje pierde el equilibrio de la formalidad. Algunas veces, Francisco usa pronunciaciones inusuales de palabras italianas, articuladas en formas dialectales que extrae de la memoria de sus antepasados, sobre todo de su abuela. En una palabra: realiza una comunicación auténtica, desenvuelta y efectiva.

Su lenguaje es radicalmente oral porque es radicalmente pastoral. Incluso la reflexión escrita es la formalización de un texto que se ha diseñado en un diálogo. El Papa está siempre en el evento comunicativo, lo crea y lo desarrolla desde el interior: no es el actor de una parte escrita o de un discurso escrito. Así, en lugar de comunicar, el papa Francisco crea «eventos de comunicación», en los que se puede participar de forma activa.

En este sentido observamos una cosa: Francisco y Juan Pablo II son dos grandes figuras de la comunicación, pero, en un cierto sentido, lo son por razones opuestas. Juan Pablo II, un amante de la densidad de la palabra y de la palabra poética, modelaba el gesto al ritmo de la palabra. Era la palabra la que hacía florecer el gesto y el ritmo. Para Francisco es todo lo contrario: es el gesto el que libera la palabra y la plasma.

Existe, pues, una oralidad radical de la palabra de Bergoglio: la carta, la correspondencia, la palabra escrita para ser hallada, debe llevar en sí misma las raíces de la oralidad. Y esta oralidad es, con frecuencia, materna, misericordiosa. Para Francisco, el predicador es, de un modo particular, una madre, debe usar el lenguaje maternal, es decir, debe tener el sabor original de la «lengua materna», sencillo, o como se dice en latín, sine plica. La simplicidad se refiere a un lenguaje que debe ser comprensible para evitar el riesgo de caer en un hablar vacío.

¿Cómo adaptarse al lenguaje de los demás con el fin de llegar a ellos con la palabra de Dios? Dice el Papa en Evangelii gaudium: «Debes escuchar mucho, tienes que compartir la vida de las personas y de buena gana prestar atención» (EG 158). El lenguaje del Papa es muy simple, sencillo, comprensible para cualquier persona. Esta
habilidad de Francisco es fruto de su vida en constante contacto con la gente.

Francisco habla el lenguaje de la vida y de la fe, que obviamente puede ser malentendido, ya que no procede de las estrictas argumentaciones lógico-formales. No pretende dar ruedas de prensa ni dar lecciones; él quiere abrir un diálogo. Quien lo acusa de ambigüedad no ha comprendido el terreno existencial y empírico en el que se mueve su discurso. De la relación directa, auténtica y hecha de asimetrías vive la fuerza y la novedad de su transmisión del mensaje. En este sentido, es un lenguaje radicalmente pastoral.

Pero es precisamente esta pastoralidad la que le da una vibración poética. El lenguaje bergogliano es rico en metáforas, proverbios, frases hechas, neologismos y dispositivos retóricos que no proceden del culto de la palabra elegante, sino más bien de la jerga, del porteño, del habla de la calle que absorbe de la vida cotidiana o de la relación pastoral con los fieles. Francisco –como también lo fue Roland Barthes, gran estudioso del lenguaje de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio– sabía que decir «amor», incluso «amor de Dios», significa abordar el galimatías del lenguaje; entrar en esa área tan confusa donde el lenguaje es, a la vez, demasiado y poco, excesivo y pobre. Incluso el de Francisco, a su manera, son «fragmentos de un discurso amoroso». Es el lenguaje, tanto poético como popular, de los profetas del Antiguo Testamento.

Sería un trágico error creer que el lenguaje simple de Francisco es el resultado de una cierta ingenuidad. En realidad, debemos recordar aquí que el papa Francisco enseñó literatura; y no solo su historia, sino también escritura creativa. Bergoglio ha amado a muchos poetas y escritores: de Borges a Hölderlin, de Marechal a Manzoni, de Bloy a Pemán… Son autores de los cuales extrae citas ocultas que aparecen aquí y allá en sus discursos. Nunca como citas aprendidas, sino como partes espontáneas de su hablar metabolizado por un proceso interior. Pero es el sabor de la palabra primitiva, sin embargo, cultivada con sus raíces que ahondan en el terreno de lo vivido, lo que le lleva a estar atento a la palabra que surge de la experiencia y a apropiársela miméticamente.

En el fondo, aquí está el desafío al lenguaje teológico, pues este corre el riesgo de llegar a ser influenciado por el paradigma tecnocrático. Su excesivo tecnicismo también bordea lo burocrático. Mediante él, a veces, el Evangelio se predica con el lenguaje «de los curas». Nada podría estar más lejos de lo que Bergoglio desea lograr. Su objetivo es la liberación de la energía propia del lógos del Evangelio. No solo eso, el lenguaje teológico corre el riesgo de convertirse en un producto de la debilidad del logos occidental, mediante el cual la búsqueda de un lenguaje que dé razones de la razonabilidad de la fe, al final corre el riesgo de alejarse de la cuestión del futuro real de la fe y de su tarea del anuncio kerigmático. Por esta razón, traducir a Bergoglio es muy difícil, más de lo que ingenuamente se puede pensar. Más que gramática, la prosa de Bergoglio necesita de un análisis poético y lingüístico.

En el fondo, pues, la predicación bergogliana se cuestiona sobre el horizonte mismo de posibilidad de la comunicación del cristianismo. Este es su verdadero nudo crítico. Así que, ¡bienvenido sea el diccionario de palabras y de expresiones significativas y originales que Francesc Torralba pone a nuestra disposición!

Antonio Spadaro S.J.
Director de La Civiltà Cattolica