Prólogo de Cristo ha resucitado

La Resurrección de Cristo, núcleo y eje del Evangelio, siempre ha estado presente y actuante en la conciencia de los creyentes, ya que constituye el acontecimiento central de nuestra religión, así como la referencia permanente de nuestra espiritualidad, alimentando de forma definitiva la fe y la esperanza cristianas. Además confiere la razón de ser a lo que somos y un hondo sentido a cuanto hacemos en el presente, orientados hacia el futuro, ya que proporciona respuesta a las preguntas fundantes de nuestra fe. Está llamada a determinar de manera decisiva el curso permanente de nuestra existencia en el presente y en el futuro, cuando la acogemos sorprendidos, agradecidos, en actitud de alabanza, siempre de forma fiel y responsable.

En primer lugar sorprendidos. Nuestra vocación y misión es vivir la Pascua gozosamente por las maravillas que Dios obra en la Resurrección de su Hijo humanado. Lo importante para cada uno de nosotros está en que en esa bendita Resurrección se juega para todos el logro de la bienaventuranza final. Efectivamente, Jesús no resucitó solo. Como Él y con Él también nosotros resucitaremos. Nuestro destino –aquí radica la sorpresa de tan excelente noticia– consiste en vivir para siempre felices, del mismo modo que Él ya es feliz sin posibilidad de marcha atrás con el Padre en comunión con los bienaventurados. «Creer en la vida eterna» significa admirarnos ante tanta bondad como el Padre ha derrochado con nosotros en su Hijo, que nos ha preparado semejante herencia y destinado a hacerla propia.

En segundo lugar agradecidos, porque esa bondad del Padre ha sido tan grande que nos entregó a su Hijo, que se hizo uno de los nuestros y nos amó tanto que vivió, murió y resucitó por nosotros. «Muerto por nuestros pecados, resucitado para nuestra salvación». Mediante un insondable misterio de salvación nos ha conseguido el auténtico logro de la vida, que empieza ya aquí y ahora, pero que llegará a su plenitud en la consumación última. ¡Con el aliento del Espíritu Santo, derramado sobre los corazones, cuánto agradecimiento hemos de expresar al Padre bueno y al Hijo humanado, que por obra del Espíritu nos llama al amor, a la superación del mal en lo cotidiano y a la existencia colmada a pesar de las muchas flaquezas y de los pecados pequeños y grandes!

En tercer lugar en estado permanente de alabanza. Con memoria agradecida demos, demos hoy y siempre, muchas gracias al Altísimo, bendigámosle sin descanso, porque no ha querido que el hombre fuera una pasión inútil, abocado a la nada. Bien al contrario, en la Resurrección de Cristo los humanos podemos cantar victoria. Las últimas palabras son vida ¡y vida dichosa!, resurrección ¡y resurrección para siempre! Porque así lo ha querido la Trinidad Santa que nos quiere bien y vela por nuestro destino. A la Trinidad Santa no nos queda más remedio que expresarle con sinceridad el honor y la gloria.

Toda esta trayectoria vital marca, del mismo modo, una exigente fidelidad y responsabilidad para el presente. Vivir la Resurrección de Jesús tiene que llevarnos a transformar la propia existencia, viviendo como personas convertidas, y al mismo tiempo ayudarnos a cambiar la vida de los demás. ¡Así se consolida nuestra fidelidad! Cuanta mayor acogida prestemos a la gracia, para que el Resucitado nos conforme por dentro, mejor serviremos de testimonio para los demás, viviendo todos en filiación y fraternidad, en cristianía y humanidad. La Resurrección representa la plenificación de la humanización, ya que la humanidad del Resucitado está vocacionada a permanecer feliz para siempre. Solo el hombre con vocación de eternidad llega a ser verdadero hombre en fidelidad colmada.

La Iglesia actual está viviendo tiempos de incertidumbre y dispersión, que están erosionando gravemente la fe. No solo en España, en todo Occidente la descomposición de la experiencia cristiana y de los contenidos espirituales de siempre se está haciendo cada vez más alarmante, como en pocas épocas de la historia anterior. Dentro de medio siglo ¿el Hijo del Hombre encontrará fe en Europa? ¿Serán los creyentes apreciados y significativos en sus diversas sociedades? ¿Se convertirá el cristianismo en un recuerdo del pasado o una realidad viva y operante como fermento en la masa, luz de las naciones y sal del mundo? ¿Quién puede responder hoy estas acuciantes preguntas?

Solo en Cristo crucificado y resucitado el creyente encuentra al hombre nuevo, llamado a la plenitud, y la Iglesia recibe la razón fundamental de su misión. Cristo muerto y resucitado siempre será mayor que cada uno de nosotros. Pero en la configuración con su persona, en la imitación de su vida y en el proseguimiento de su causa encontraremos la fuente de la felicidad en el presente y se decidirá nuestro futuro personal y comunitario. En una época individualista estamos llamados a asumir la realidad de la Resurrección en un clima compartido. Hay que limitar el propio «yo» y avanzar en el «nosotros», que significa pertenecer a la Nueva Humanidad, que ha superado el egoísmo, la soledad, el miedo, la desilusión y sobre todo la desesperanza.

Se impone con urgencia variar el rumbo, vivir en comunión con el Resucitado como resucitados, siguiéndole como discípulos en radicalidad con la mirada puesta en el Evangelio. Nuestro Señor no espera de nosotros muchas oraciones mecánicas, tampoco grandes procesiones en su honor, aunque no tengamos nada contra ellas; lo que verdaderamente espera es que respondamos a su amor incondicional al Padre y a los hermanos con sus mismas actitudes, expresando sentimientos semejantes a los suyos. Que colaboremos en la extensión del Reino siguiendo sus pasos, empezando en Galilea y haciendo camino con los demás creyentes hacia Jerusalén, equipados con una fe fuerte e ilusionante.

En el momento de cambios dramáticos por el que pasamos, estamos convocados a vivir ya como resucitados en el presente, que caminan hacia un futuro pleno en el que no habrá llanto, sufrimiento ni muerte. Pero hasta que llegue ese momento, se exige de nosotros un compromiso fuerte para gestar un mundo mejor, compartiendo los mismos valores, por los que Jesús se desgastó y entregó su vida: por la misericordia y la compasión, por la solidaridad y la hermandad, por la igualdad y la justicia, por la ayuda a los necesitados y el servicio a los pequeños. ¡Esa es nuestra auténtica responsabilidad en el aquí y ahora de este singular tiempo de transformación epocal que estamos viviendo!

Vivir así, además de merecer la pena, significa ganarse el pasaporte que nos lleva a la inmortalidad y trabajar por una vuelta de la Iglesia no solo en mi alma sino sobre todo en la mentalidad de los ciudadanos del mundo occidental. Quien actúa de este modo no quedará en la estacada, ayudará a fructificar los frutos de fe, esperanza y amor, que en la actualidad tanto necesitamos y en su momento reinará para siempre con el Señor. Como el Espíritu resucitó a Jesús y el Padre dio un sí definitivo a sus valores compartidos, también ese mismo Espíritu nos resucitará a cada uno de nosotros y el Padre nos recompensará la generosidad volcada hacia los demás con la ayuda de su gracia.

Porque hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba pero sin dejar de obrar en el mundo como Él lo hizo, que pasó por su tiempo haciendo el bien y entregándose al servicio de los pobres, enfermos y pecadores. En este sentido os deseo que este libro os ayude en el progreso de una vida digna de Cristo y en el crecimiento mediante la puesta en práctica de lo bueno, lo bello, lo agradable a Dios que nos ha traído el Resucitado.

Luis Ángel Montes Peral

Barruelo de Santullán (Palencia)
Pascua de Resurrección del 12 de abril de 2020
(en el tiempo del coronavirus)